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LaCircaoo Vallcoilla Laoz
CCSARISMO
Pemocrátko
ESTUDIOS SOBRE LAS BASES SOCIOLÓGICAS
DE LA CONSTITUCIÓN EFECTIVA
DE VENEZUELA
EMPRESA EL COJO
CAFfACAS - 191?
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CESARISMO DEMOCRÁTICO
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Laureano V^allenilla Lanz
Cesa rismo
dem ocr a tico
ESTUDIOS SOBRE LAS BASES SOCIOLÓGICAS
DE LA CONSTITUCIÓN EFECTIVA
DE VENEZUELA
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EMPRESA EL COJO
CARACAS - 1919
I
f\ la grata memoria de mi germano
BALTASAR VALLENILLA LANZ
muerto en el vigor de la edad, cuando por su ca-
rácter y por su talento, representaba en el concepto
de cuantos le conocieron una esperanza pora
Venezuela. Fué el mejor de los hermanos, el más
franco y generoso de los amigos, el compañero
más constante de mis luchas y de mis esfuerzos
intelectuales. Si sus ojos apagados poro siennpre
en aquella ciudad, cerebro del mundo, pudieran
recorrer estas páginas, cuántos conceptos hallaría
en ellas depurados en nuestras largas conversa-
ciones sobre el pasado y ei porvenir de la Patrio.
II n'y a pas dans le monde une raison assez forte pour
empÉcher un honime de science de publiev ce qu'il croit étre
la verité
Rexax.
Al adoptar como prólogo para este libro el
artículo del señor doctor Antotiio Gómez Res-
trepo, publicado en «El Nuevo Tiempo», de
Bogotá, correspondiente al 6 de junio del pre-
sente año, hemos querido demostrar nuestra
gratitud al eminente escritor colombiano, quien
al par de otros amigos nuestros, nos ha esti-
mulado con sus espontáneos }• generosos con-
ceptos a recoger en volumen nuestros mo-
destos trabajos. Es este el primero de la serie
que nos proponemos publicar.
EN el grupo de brillantes historiado-
res que honran actualmente a la
vecina República de Venezuela, ocupa
lugar prominente don Laureano Valle-
nilla Lanz.
Reúne el señor Vallenilla dos condi-
ciones que no siempre andan unidas en
las personas que se consagran a las
investigaciones históricas: la precisión en
el método y la elegancia literana de la
exposición.
Tarea muy meritoria realizan los que
siguiendo ef rigor científico de la histo-
riografía moderna, gastan largas vigilias
II
en la taren inpniena de precisar una
fecha, de compulsa:- un texto. Sin esta
laboi de puia erudición, la historia ca-
recería de hases ciertas y seguras; y se-
guirían gozando de crédito, erroreí; pro-
palados por la ignorancia v que .ólo
se disipan ante la exhibición del dato
fehaciente, de la prueba irrefutable de
la verdad.
Pero tales trabajadores suelen conten-
tarse con el fruto de la investigación
científica y no pretenden o no pueden
pretender alcanzar además las flores de
la belleza literaria. Sus trabajos son tan
indispensables como modestos; y se re-
quiere, sin duda, una vocación"^ decidi-
da y en ocasiones heroica, para consa-
grar tal vez los mejores años de la vi-
da a la penosa tarea de revolver archi-
vos, no siempre bien ordenados; de des-
cifrar documentos casi ilegibles, de an-
dar, durante meses, a caza de ' un dato
nuevo, de una publicación no conocida.
Otros historiadores han hallado más
cómodo prescindir de este aparato eru-
dito y se han entregado a las inspira-
ciones de la fantasía o se han atenido
a datos y narraciones tradicionalmente
repetidos, y que no tienen otro funda-
mento que el haberse reproducido me-
cánicamente de año en año, sin que
nadie se haya tomado el trabajo de
comprobar su exactitud. Historiadores
III
de esta chise han sabido hacer ol)ras
que podrían nrerecer \i\ calificación de
bellas infieles que se ha aplicado a cier-
tas traducciones, y más que historiado-
res merecerían calificarse de novelistas
que haií tomado por tema asuntos his-
tóricos.
En la moderna escuela de historiado-
res franceses se advierte esa deseada
unión entre la ciencia y el arte, pues
las obras de Houssaye, de Sorel, de
Hanotaux, de Vandal y de tantos otros,
ofrecen una documentación severamente
analizada, como base de narraciones ani-
madas y artísticas, que hacen grata la
lectura de trabajos monumentales. Hasta
obras de carácter tan circunscrito como
la enorme de Masson sobre "Napoleón
y su familia" presentan, además de la
investigación más minuciosa, los primo-
res del arte de narrar.
El señor Vallenilla Lanz es, a par de
un investigador de primer orden, un
escritor distinguidísimo; sus estudios se
dejan leer con el mayor agrado por el
estilo limpio, elegante, incisivo; por la
argumentación sólida y precisa; por la
discreta ironía con que el polemista
sabe reducir a polvo las argumentacio-
nes de sus contrarios.
Nació don Laureano Vallenilla Lanz
en Barcelona de Venezuela, en el año
de 1870. Tiene antepasados notorios en
IV
la historia de su país; y esto sin duda
ha contribuido a desarrollar sus aficio-
nes de investigador, pues él que tiene
antecesores preclaros, se complace en
recordar sus hechos y en conocer las
épocas que ellos ilustraron. El señor
Vallenillá desciende en línea directa de
españoles que vinieron a la conquista y
colonización de las regiones orientales
de Venezuela, llamadas de la Nueva
Andalucía. Figuran entre sus antepasa-
dos los conquistadores Damián del Ba-
rrio y Garcí-Fernández de Zerpa. Esto
por lo que se refiere al período colo-
nial. La abuela materna de nuestro his-
toriador, doña Francisca de la Cova,
era parienta cercana del Gran Mariscal
de Ayacucho. Don Mariano de la Cova
aparece firmando el acta de declaración
de la Independencia de Venezuela, el
día 5 de julio de 1811. Y su abuelo
materno, don José Prudencio Lanz, pro-
cer también de la Independencia, fué
Secretario del Consejo de Gobierno en
Angostura en 1819, y firmó como Di-
putado por Caracas en el Congreso del
Rosario en Cúcuta, la Constitución de la
Gran Colombia en 1821.
Con tales antecedentes, se comprende
sin dificultad que para el señor Valle-
nillá Lanz el amor de la patria se con-
funda con el culto familiar; y que esos
dos afectos, lejos de debilitarse o ex-
cluirse, se fortifiquen y aviven con su
nuiluo cultivo. El descendiente es digno
de la sangre que corre por sus venas;
pues si no le ha tocado repetir las ha-
zañas heroicas de sus abuelos, ha man-
tenido el lustre de su progenie con tra-
bajos propios de la edad en que le ha
tocado vivir; no maneja la lanza del
conquistador ni el arcabuz del patriota,
sino una pluma con la cual sabe dar
brillo a las glorias legitimas de su
patria.
El señor Vallenilla Lanz pertenece a
muchas academias y corporaciones cien-
tíficas; pero su verdadera ejecutoria no
está en los varios títulos con que se
puede adornar, sino en su vasta y só-
lida ilustración histórica, que lo ha
constituido en una verdadera autoridad
en su patria y fuera de ella, y en sus
estudios de critica, que pueden citarse
como modelos de erudición y de juicio
penetrante y certero.
Véase, por ejemplo, su folleto titula-
do «Refutación a un libro argentino»,
destinado a combatir, en la persona de
don Ricardo Rojas, paladín de la «Ar-
gentinidad», la tendencia de ciertos es-
critores del Sur, empeñados en hacer de
las Provincias del Río de la Plata, el
centro principal del movimiento emanci-
pador y de don José de San Martin el
gran Libertador de América. Con cuán-
ta discreción aplaude Vallenilla el pro-
VI
pósito que anima a esos escritores de
despertar en los variados elementos que
componen el pueblo argentino, el sen-
timiento de la nacionalidad, y con cuán-
ta finura advierte que para llegar a ese
fin es camino tortuoso y equivocado el
de fundar el orgullo patrio sobre el fal-
seamiento de la verdad histórica. Con
qué delicada ironia alude a escritores
ignaros que han llegado a publicar el
retrato del Libertador, con esta invero-
símil leyenda: "Simón Bolívar, procer
argentino". El señor Vallenilla, con ele-
vado criterio filosófico, realza la impor-
tancia del movimiento emancipador, ha-
ciendo notar que en los centros colo-
niales más apartados entre si, estalló
espontáneamente y casi a un mismo
tiempo el grito de rebelión, por lo
cual no hay cómo calificar el contra-
sentido histórico de quien pretende li-
mitar a los pueblos de la región ar-
gentina el honor de ser los únicos que,
como firmantes del acta de Tucumán,
proclamaron la independencia de Amé-
rica. Y avanzando por este camino el
señor Vallenilla, como experto sociólo-
go, hace notar la diferencia que existe
entie la manera como se realizó la evo-
lución nacional en la Argentina y en
los pueblos colombianos, pues en estos
se cumplió «bajo la egida de la inde-
pendencia, con todas las glorias que
constituyen la historia más grande que
VII
pueblo alguno pueda o>tciilar en Amé-
rica, personificada en Simón Bolivar», al
paso que allá <?se realizó muchos años
más tarde, bajo el predominio de un
tirano como Rosas, sin otro ideal que
sus instintos despóticos;).
Iguales dotes de polemista y de crí-
tico histórico despliega Vallenilla para
combatir, no ya a un escritor extraño,
empeñado en engrandecer a su patria a
costa de las naciones hermanas, sino a
un histonadoi' venezolano, que llevado
por una preocupación sistenialica, llega
a cí)nclusioncs análog^is a las de los
delatores extranjeros, con mengua de la
más alta de sus glorias nacionales Don
Carlos A. Villanueva, laborioso investi-
gador, ha tenido la suerte de ser el pri-
mero en apiovechar los archivos diplo-
máticos europeos en todo cuanto se re-
laciona con la guerra de la Independen-
cia y el reconocimiento de las repú-
blicas americanas por las grandes po-
tencias. La publicación de despachos
diplomáticos hasta ahora desconocidos da
grande importancia a sus libros, los cua-
les tendrían valor mucho mayor si el
señor Villanueva no se hubiera empeña-
do en sostener y probar una tesis, a
cuyo servicio quiere poner los documen-
tos aplicándoles una interpretación las
más de las veces violenta y aun teme-
raria. El señor Villanueva porfía en
presentarnos a Bolivar como un eterno
VIII
pretendiente a la corona de Monarca de
los Andes; y aun los hechos y palabras
más inocentes adquieren tinte sospecho-
so bajo su prevenida pluma. El señor
Vallenilla reduce a la nada toda aque-
lla aparatosa demostración y sin querer
convertir a Bolívar en un ser impeca-
ble extraño a las flaquezas de la natu-
raleza humana, deja en su punto la
gloria incomparable del Libertador de
Colombia.
Es de lamentarse que el señor Valle-
nilla no haya coleccionado en volumen
las varias monografías y estudios histó-
ricos que ha publicado en breves fo-
lletos, en revistas y aun en las colum-
nas fugaces de la Prensa diaria. Reu-
nida, en forma metódica, su abundante
producción, se apreciaría mejor la rara
calidad de su erudición, la precisión de
su critica, la elegancia de su estilo; y
serian más fáciles de aprovechar los
muchos y curiosos datos con que ha
contribuido a ilustrar la historia de Ve-
nezuela. Hacemos votos por que el se-
ñor Vallenilla satisfaga pronto a esta
necesidad, para honia suya y satisfac-
ción de sus admiradores y amigos.
yinfonio S:/óme2 ^esírepo.
Bogotá: junio de 1919.
FUE UNA GUERRA CIVIL (I)
LA sola enunciación del asunto que
vamos a tratar ha despertado cierta
curiosidad temerosa en algunos espí-
ritus tan cultos como patriotas, los cuales
comprendiendo la necesidad que tienen
los pueblos de abrigar un ideal 3' de pro-
fesar una religión, temen que 3-0 venga
aquí a cometer un atentado contra las
glorias más puras de la patria, diciendo
3' comprobando que aquella guerra, a la
que debemos el bien inestimable de lla-
marnos ciudadanos de una nación y no
colonos, puede colocarse en la misma ca-
tegoría que cualquiera de nuestras fre-
(1) En el presente estudio están refundidos la con-
ferencia pronunciada en e! Instituto Nacional de RcIIhs
Artes de Caracas, la noche del 11 de octubre de IVll y
unos fragruentos publicados en la revista «Alma Vene-
zolana!.
2 LAUREANO VALLENILLA LANZ
cuentes matazones; de las cuales, sea di-
cho de paso, tampoco tenemos razón de
avergonzarnos: pues las revoluciones, co-
mo fenómenos sociales, caen bajo el do-
minio del determinismo sociológico en
que apenas toma una parte mu}' peque-
ña la flaca voluntad humana; y porque la
o-uerra, fácil sería comprobarlo, ha sido
aquí como en todos los tiempos 3' en todos
los países, uno de los factores más pode-
rosos en la evolución progresiva de la
humanidad.
Decir que la guerra de la Indepen-
dencia fué una guerra civil, no amengua
en nada la gloria de nuestros Liberta-
dores. «Toda guerra entre hombres, dijo
Mctor Hugo, es una guerra entre herma-
nos, la única distinción que puede hacer-
se es la de guerra justa y guerra injusta»;
y la humanidad hace mucho tiempo
considera como las más justas de todas
las revoluciones aquellas que llevan por
objeto la emancipación de los pueblos
y el acrecentamiento de la dignidad hu-
mana.
Nuestra guerra de Independencia tu-
vo una doble orientación, pues a tiem-
po que se rompían los lazos políticos
FUE UNA GUERRA CIVIL 3
que nos iiiiíaii con la madre patria, en
el seno del organismo colonial comen-
zaba a realizarse nna evolución libera-
dora en cuyo trabajo hemos consumi-
do toda una centuria, hasta llegar al
estado social en que nos hallamos, re-
clamando los dos grandes remedios de
todos nuestros males: población para
dejar de ser un miserable desierto 3-
hacer efectiva la democracia por la uni-
formidad de la raza, 3- educación para
elevar el nivel moral de nuestro pue-
blo 3" dejar de presentar la paradoja de
una república sin ciudadanos. No sa-
bemos, en verdad, por qué habrá de
ser menos meritoria la obra de los re-
volucionarios del lü 3' del 11 3^ de los
guerreros c{ue realizaron o consolidaron
la Independencia de Hispano-América
porque sus contendores fuesen en la
nia3^or parte americanos. Ni tampoco por
qué habrá de empequeñecerse la gloria
de Páez en la Mata de la Miel y en
el Yagual, porque el ejército realista
estuviese mandado por el Padre Torre-
lias 3' Facundo ^íirabal. Ni que los
laureles de Las Queseras ha3'an de empa-
lidecerse cuando se recuerde que el más
terrible contendor de ese día glorioso
fué el caraqueño Narciso López, en-
4 LAUREANO VALI.HNILLA LANZ
aquella carga formidable, en que Ron-
dón, llenando de asombro al mismo
Páez, contesta a los aplausos de éste
con una de las frases más épicas en
la historia militar de la América: «Cuando
vi a Rondón-dice Páez-recoger tantos lau-
reles en el campo de batalla, no pude
menos que exclamar: Bravo, bravísimo,
comandante. — Genera], — me contestó él,
aludiendo a una reprensión que 3*0 le
había hecho después de la carga que
dieron a López (al mismo Narciso) po-
cos días antes-General: así se baten
los hijos del Alto Llano» (1).
Y por qué ha de ser un baldón para
Venezuela el hecho de que los dego-
lladores capitaneados por Boves, Yañes,
Morales, Calzada, fuesen venezola-
nos? No! señores! Tan franceses fue-
ren los guillotinados como los guillo-
tinadores de la Revolución, y nadie
discute que aquella orgía de sangre
«arrojara sobre la tierra torrentes de
civilización».
Yo creo — y me baso en el estudio
circunstanciado que he hecho de nues-
tra historia — que lejos de ser una des-
honra para nuestros Libertadores el ha-
Cl). Páez.— Autobiografía, pág. 182.
FUE UNA GUKRRA CIVIL 5
ber combatido casi siempre contra los
propios hijos del país, su heroísmo y
su perseverancia cobran, por ese mismo
hecho, mayores quilates. ¿Cómo podría
explicarse la prolongación de aquella gue-
rra, la más encarnizada de Hispano-
América, si nuestros proceres hubieran
tenido que combatir únicamente contra
los quince mil soldados que España
nos envió durante todo el curso de la
guerra?
La independencia de casi todas las
Repúblicas de Sur-América fué deci-
dida en una gran batalla. En Cara-
bobo se conquistó a Caracas, p^ero la
guerra, que ya tenía diez años, conti-
nuó en el resto del país casi con la
misma intensidad. No quedaban ejér-
citos peninsulares; apenas se señalaba
uno que otro oficial expedicionario, pe-
ro poblaciones enteran continuaron pro-
clamando al Rey de España hasta 1827,
con la revolución de Agustín Bescan-
za, y el 29 con Arizábalo, en cuyos
movimientos estaban comprometidos mul-
titud de venezolanos cu\'Os apellidos
estamos pronunciando todos los días (1).
(1). O'Leary. Correspundencia del General Páez. II
págs. 102 y sigtes.
6 LAUREANO VALLEXILLA LAXZ
La actuación de las tropas peninsu-
lares en Venezuela no tuvo la enor-
me influencia que se ha creído y puede de-
cirse que nada favoreció más la causa
de la Patria como la llegada del Ejér-
cito Expedicionario de Morillo, pues se
ve claramente cómo después que pisan
tierra los españoles combatientes de
Napoleón, comienzan a brotar patriotas
de aquel suelo que parecía agostado
por el caballo de Boves.
Pero para mayor claridad vamos a
decir con números cómo fué que Es-
paña no hizo sino auxiliar tardía \^
mezquinamente a la gran mayoría de
venezolanos que sostuvieron sus ban-
deras. Así tuve ocasión de comprobarlo
en ^vladrid en 1908 a algunos de mis co-
legas en la Real Academia de la His-
toria, que criticaban la tenacidad con que
España había sostenido una lucha impo-
sible.
En ]\Iaturín, en la tremenda derrota que
sufrió ]\Ionte verde el año 13, dice
Heredia que sucumbió toda la poca
tropa española que había en Venezue-
la. Del año 13 en adelante, hasta la
llegada de Alorillo, apenas arriban a
nuestras playas alrededor de 1.500 hom-
bres; y es de hacer notar que en ese
FUE UNA GUERRA CIVIL 7
período es cuaudo Bolívar realiza su
prodigiosa campaña desde Cuenta con
las batallas de Niqnitao, Barqnisimeto,
Bárbnla, Las Trincheras y Araure; en
que José Félix Ribas combate en La
Victoria con la juventud de Caracas con
tra los puros llaneros del Guárico; en que
Campo-Elias, tan español como Boves,
combate contra éste mandando ambos
tropas venezolanas; en que Rafael Ur-
daneta sostiene el sitio de Valencia
contra esos mismos llaneros, que luego
invaden a Caracas, persiguen la emi-
gración hasta el Oriente, llenan de
sangre y de cadáveres las trescientas
leguas que separan a Caracas de Ma-
turín y de Úrica, y después de la muer-
te de Boves reciben en Carúpano, ba-
jo las órdenes de Morales, en número
de cuatro mil, al Ejército Expedicio-
nario de Morillo. En todo ese largo
período de cruentísima guerra yo no veo
otra cosa que una lucha entre herma-
nos, una guerra intestina, una contienda
civil y por más que lo busco no
encuentro el carácter internacional que
ha querido darle la leyenda (1).
(1). El total de las tropas salidas de España con des-
tino a todas las colonias insurrectas desde 1811 hasta
1819 fué de 42.167 soldados de todas las armas. De 1811
a 1815 sólo vinieron a Venezuela alrededor de 1.800
8 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Ha}' im hecho digno de tomarse en
cuenta y que no he sido 3-0 el prime-
ro en observar. Los hombres que man-
daron las montoneras delincuentes de
aquellos años, aunque isleños y penin-
sulares muchos de ellos, tenían largos
años de residencia en el país, habían
ejercido los oficios y profesiones que
los ponían más en contacto con la gen-
te del pueblo, (l) 3^ en presencia del
hombres; 1.000 traídos en 1814 por el Coronel Salo-
món y el resto enviados en pequeñas partidas por las
autoridades de Cuba y Puerto Rico. De los 10.000 que
componían la expedición de Morillo, 1.700 .'■iguieron al
Perú y 600 a Puerto Rico. [Memoria presentada a las
Cortes por el Ministro de la Guerra, Marqués de las
Amarillas, el 14 de julio de 1820]. Para este mismo
año, según los estados recibidos en el Ministerio de la
Guerra en Madrid, el Ejército realista en toda la Amé-
rica alcanzaba a 95.578 hombres de los cuales sólo eran
expedicionarios 23.400. De modo que el número de sol-
dados americanos montaba a 73.178. Kn Venezuela el
número total era de 12.016, clasificados de este modo:
Expedicionarios 5 811
Veteranos del país 6.080
Milicianos 125
Total 12.0!6
FA número de caballos alcanzaba en Venezuela a 6.426.
De estos, sólo 426 habían sido traídos de España. Debe
tomarse en cuenta respecto de Venezuela, que desde
1.816 la mayor parte de los venezolanos que componían
los ejércitos de Roves y de Yañes. se habían ido pasando a
la Patria y servían bajo las órdenes de Páez, Monagas,
Zaraza. Cedeño, Rojas, etc. Véanse: Blanco v Azpnrúa. —
Doc. Vol. VII. Págs. 190 a 192.— Reslrepo. "Hist. Tomo
II, Pág. 430, en nota. Páez. — Autobiografía, Tomo I,
Pág. 135. Passim.
(1). «El uno era un antiguo pirata, el otro un domés-
tico servil e ignorante: cual de ratero había pasado a
Jefe militar }• éste era un figonero soez.» Baralt. Hist.
I. pág. 186.
FUE UNA GUERRA CIVIL 9
Ejército Expedicionario eran tan extra-
ños como cualqniera de los llaneros
del Gnárico o de Apnre, de Barcelona
o de Barinas.
]\Iorillo hizo con mucho acierto esta
misma observación 3^ hablando del co-
ronel Sebastián de la Calzada, dice que:
«aunque valiente, sumamente práctico
en las provincias y con gran influjo
entre sus habitantes a cuj'o carácter y
costumbres ha sabido atemperarse, ha
sido más a propósito para manejar las
grandes reuniones de gente del país,
que para mandar una división de Eu-
ropeos» (1). Calzada era, pues, un ge-
neral tan criollo como cualquiera de
los que han figurado en nuestras gue-
rras civiles; y como Calzada existían
muchísimos otros que unidos al suelo
venezolano y vinculados estrechamente
con sus habitantes, luchaban en aquella
guerra por intereses v pasiones veladas
entonces con el nombre del Re}- de
España, como se han velado más tarde
con otros nombres más abstractos, los
mismos intereses y las mismas pasiones.
(1). Rodríguez Villa. — Biog. de Morillo. III, pág. ^81.
10 LAÜRFANO VALLENILLA LANZ
II
Hasta 1815, la inmensa mayoría del
pueblo de Venezuela fué realista o goda^
es decir, enemiga de los patriotas; (1)
sólo aquellos que lo hayan olvidado pue-
den haberse sorprendido del tema de
esta conferencia. El historiador Res-
trepo, que para seguir la táctica polí-
tica de declamar contra la crueldad es-
pañola, se olvida a veces hasta de sus
propias palabras, al relatar los sucesos
de aquellos años crudísimos, se pregun-
ta sorprendido: «Cuáles habían sido las
causas para que desde las márgenes
del Uñare hasta el lago de ]\Iaracaibo
y desde el Orinoco y el ]\íeta hasta
las costas del Atlántico, la mayor par-
te de los pueblos hubieran tomado las
armas y se degollaran unos a otros,
acaso el mavor número en favor de un
(1). Al capitular Maracaibo en 1823, se embarcaron pa-
ra Cuba «luás de mil habitantes que por su desafección
a la causa de la Independencia no querían sujetarse al
Gobierno de la República.). — Restrepo. — Hist. — III pág. 333.
De Coro, de Cumaná, de Caracas, las familias realistas
huían a la llegada de los patriotas como si un
ejército conquistador hubiera ocupado el territorio.
— Cuando el Libertador pasó por Coro a fines del
año 26 le dice a Urdaneta: «el resto del pueblo es tan
g'odo como antes. Ni aun por mi llegada se acercan
a verme, como que los pastores son Jefes Españoles
(realistas». — Yo creo que si los españoles se acercan a
estas costas, levantarán cuatro o cinco mil indios en
esta sola provincia^ O'Learj-. — Cartas del Libertador,
XXX, pág. 300.
FUE UNA GUERRA CIVIL 11
rey prisionero que no conocían?» (1).
«A fines del año 13 — dice más adelan-
te— ningún patriota podía habitar en los
campos ni andar solo por los caminos.
Era necesario vivir en las ciudades 3'
lugares populosos o marchar reunidos
en cuerpos armados».
El General Rafael Urdaneta, el ilustre
guerrero que fué después Presidente de
la Gran Colombia, nos ha dejado también
una pintura pavorosa del estado en que
se hallaban los pueblos en aquellos mis-
mos días: «De aquí para adelante (ha-
cia Caracas), decía desde Trujillo, son
tantos los ladrones, cuantos habitantes
tiene \^enezuela. Los pueblos se opo-
nen a su bien y el soldado republica-
no es mirado con horror; no hay un
hombre que no sea enemigo nuestro;
voluntariamente se reúnen en los cam-
pos a hacernos la guerra; nuestras tro-
pas transitan por los países más abun-
dantes y 110 encuentran qué comer; los
pueblos quedan desiertos al acercarse
nuestras tropas 3' sus habitantes se van
a los montes, nos alejan los ganados 3-
toda clase de víveres, 3^ el soldado in-
feliz que se separa de sus camaradas,
(I). Historia de la República de Colombia, II. 213
12 LAUREANO VALLENILLA LANZ
tal vez en busca de alimentos, es sa-
crificado)).
Y bien, señores: esos pueblos de que
habla el general Urdaneta no se com-
ponían de españoles; ellos eran tan ve-
nezolanos como los soldados que acom-
pañaban al heroico defensor de Valen-
cia, y por más que busco no encuen-
tro la razón de que aquella guerra no
fuese una guerra entre hermanos, es
decir, una guerra intestina (1).
El Libertador mismo, que tanto em-
peño tuvo con el decreto de Trujillo y
con sus frecuentes indultos en estable-
cer una honda separación entre vene-
zolanos 3^ españoles, y que en los do-
cumentos públicos, guiado por el inte-
rés político habló algunas veces de gue-
rra internacional, nos ha dejado la más
(1). En la Capitanía General de Venezuela, .según el
censo de 1810, existían únicamente 12.000 españoles na-
cidos en la Península y en Canarias. Revela ignoran-
cia, quien hable de viillones de españoles residentes en
Venezuela, y de cincuenta mil españoles hábiles pata
las armas. El cen.so generalmente aceptado por los
historiadores es el siguiente:
Indios de raza pura 120.000
Esclavos negros 62.000
Blancos europeos e isleños 12.000
CrioUo.s blancos Hispano - Ameri-
canos 200.000
Castas mixtas de todas razas 406.000
Total 800000
FUE UNA GUERRA CIVIL 13
evidente comprobación de lo qne estamos
diciendo.
Al participar a los pneblos de \'ene-
zuela, desde San Carlos, la victoria de
Aranre, les dice: «La bnena cansa ha
trinnfado de la maldad: la jnsticia, la
libertad y la paz empiezan a colmaros
con sns dones Tenemos qne la-
mentar, entretanto, nn mal harto sen-
sible: el de qne nnestros compatriotas se
hayan prestado a ser el instrnmento
odioso de los malvados españoles. Dis-
pnesto a tratarlos con indnlgencia a
pesar de sns crímenes, se obstinan no
obstante en sns delitos, y los unos en-
tregados al robo han establecido en los
desiertos sn residencia, y los otros hu-
yen por los montes, prefiriendo esta
suerte desesperada a volver al seno de
sus hermanos, y a acogerse a la pro-
tección del Gobierno que trabaja por su
bien. Mis sentimientos de humanidad no
han podido contemplar sin compasión el
estado deplorable a que os habéis reducido
vosotros, americanos, demasiado fáciles
en alistaros bajo las banderas de los
asesinos de vuestros conciudadanos») ( 1).
(1). O'Leary— XIII— pág. 40S.
14 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Estos erau los conceptos del Grande
Hombre, en pleno triunfo cuando reali-
zaba su gloriosa campaña de 1813. Un
año más tarde, cuando después de las
derrotas que comenzaron en La Puerta
ve vSUcumbir la Patria bajo los cascos
de los caballos llaneros, decepcionado y
violento, lanza contra aquellos mismos
pueblos, enemigos de la Independencia
esta tremenda acusación:
«Si el destino inconstante hizo al-
ternar la victoria entre los enemigos 3^
nosotros, fué sólo en favor de pueblos
americanos que una inconcebible demen-
cia hizo tomar las armas para destruir
a sus libertadores y restituir el cetro a
sus tiranos. Así parece que el cielo,
para nuestra humillación y nuestra glo-
ria, ha permitido que nuestros vence-
dores sean nuestros hermanos y que
nuestros hermanos únicamente triunfen
de nosotros.... (l). Xo os lamentéis,
pues, sino de vuestros compatriotas, que
instigados por los furores de la discor-
dia os han sumergido en ese piélago
de calamidades, cuyo aspecto sólo hace
(1). Estos hermanos, estos compatriotas de que hablaba
el Libertador, eran los defensores del rey de KIspaña co-
mandados por Boves, Vanes. Morales, etc: eran venezolanos,
a quiene.4 un patriotismo mal entendido quiere convertir en
españoles peninsulares para satisfacer necias ilusiones.
FUE UNA GUERRA CIVIL 15
estremecer a la naturaleza, y que sería
tan horroroso como imposible pintaros,
«Vuestros hermanos y no los espa-
ñoles han desgarrado vuestro seno, de-
rramado vuestra sangre, incendiado vues-
tros hogares y os han condenado a la
expatriación. X'^uestros clamores deben
dirigirse contra esos ciegos esclavos que
pretenden legaros a las cadenas que ellos
mismos arrastran. Un corto número de
sucesos por parte de nuestros contrarios
ha desplomado el edificio de nuestra
gloria, estando la masa de los pueblos
descarriada por el fanatismo religioso
y seducida por el incentivo de la anar-
quía» (1).
III
Con un velo pudoroso ha pretendido
ocultarse siempre a los ojos de la pos-
teridad este mecanismo íntimo de nues-
tra revolución, esta guerra social, sin dar-
nos cuenta de la enorme trascendencia
que tuvo esa anarquía de los elementos
propios del país, tanto en nuestro desa-
rrollo histórico como en la suerte de casi
toda la América del Sur. \^enezuela fué,
por esa causa, una escuela de guerra para
todo el continente.
( n. O'Leaiy, XIII, pág. 457 y sgtes.
16 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
Si el levantamiento contra España
hubiera sido unánime; si todos los nú-
cleos pobladores de Venezuela hubieran
levantado el estandarte revolucionario,
conservándose desde luego — como suce-
dió en Norte América aun en medio de
la guerra — la organización social de la
Colonia, muy otra habría sido la histo-
ria nacional; y el ejemplo de Chile es
bastante a comprobar nuestro aserto.
(1). España, entonces, no hubiera po-
dido sostener la guerra por largo tiem-
po y sólo en dos batallas como Chaca-
buco y ]\Iaipó, hubiéramos asegurado la
Independencia de \>nezuela y la de
Nueva Granada. Jamás nuestros caba-
llos llaneros hubieran pisado las altas
cumbres de los Andes meridionales y
nuestro Libertador tendría en la Histo-
(1). iSi la Gran Bretaña hubiera podido contar a ló-
menos con 40 o 50.000 hombres adictos a su causa en los
diferentes puntos de nuestro país y que estos hubieran
poseído la maj-or parte del capital activo y ejercido los
principales empleos públicos, habría sido infructuosa
nuestra resistencia.) Brackenridge — Hist. de la Indepen-
dencia de los Estados Unidos. — Comparando Laboulaye la
revolución norte-americana con la francesa, dice: «Agre-
gúese que esta revolución no se parecía a la nuestra, pue&
todas las clases de ciudadanos estaban acordes: el enemi-
go era un amo extranjero, que quería imponerse a la
América: no existían enemigos interiores. La resistencia
estaba por donde quiera, la anarquía en parte algunai.
— Estudios sobre la Constitución de los Estados I'nidos.
Pág. 125. — Chile está aún gobernado por una oligarquía
que procede de la clase dominante de la Colonia.
FUK UNA GUERRA CIVIL 17
ria más o menos las mismas proporcio-
nes que el General José de San IMartín.
Pero otro habría sido también nuestro
desenvolvimiento social y político. Por-
que Venezuela ganó en glorias lo que
perdió en elementos de reorganización
social, en tranquilidad futura y en pro-
greso moral y material efectivos. No-
sotros dimos a la Independencia de Amé-
rica todo lo que tuvimos de grande: la
flor de nuestra sociedad sucumbió bajo
la cuchilla de la barbarie, y de la clase
alta y noble que produjo a Simón Bo-
lívar, no quedaban después de Carabobo
sino unos despojos vivientes que vaga-
ban dispersos por las Antillas y otros
despojos mortales que cubrían ese largo
caminó de glorias desde el Avila hasta
el Potosí (1).
De manera que cuando el Libertador
regresó del Perú el año 21 era un hom-
bre exótico en \^enezuela le faltaba el
ambiente en que había vivido, en que
se había formado su alma y su cerebro.
(1). Desde el principio de la guerra han ido extinguién-
dose poco a poco los blancos y ya en los pueblos de tierra
adentro, apenas se ve alguno de ellos, siendo negros y
mulatos la mayor parte de los habitantes, hasta eti las
mismas costast. Comunicación del General Morillo al Go-
bierno de España. Rodríguez Villa. Biog. de Morillo. III,
pág. 43.^.
18 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
Nada más elociieute, nada más suges-
tivo que la célebre carta escrita desde
Cuzco a su tío D. Esteban Palacios
emigrado a Europa desde los comienzos
de la revolución, porque esas debieron
ser las propias impresiones del Liberta-
dor cuando pisó su ciudad natal después
de los desastres de 1814:
«Usted se encontrará en Caracas co-
mo un dueude que viene de la otra
vida y observará que nada es de lo
que fué.
«Usted dejó una dilatada \' hermosa
familia: ella ha sido segada por una
hoz sanguinaria; usted dejó una patria
naciente que desenvolvía los primeros
gérmenes de la creación 3' los primeros
elementos de la sociedad; y usted lo
encuentra todo en escombros, todo en
memorias.
«Los vivientes han desaparecido: las
obras de los hombres, las cosas de Dios
y hasta los campos han sentido el es-
trago formidable de la naturaleza (1).
«Usted se preguntará, asimismo ¿dón-
de están mis padres, dónde mis herma-
nos, dónde mis sobrinos?
(U. El Libertador, como cualquier sociólogo moderno,
consideraba las revoluciones como fenómenos naturales.
FUE UNA GUP:RRA CIVIL 19
«Los más felices fueron sepultados
dentro del asilo de sus mansiones do-
mésticas, (1) y los más desgraciados
han cubierto los campos de Venezuela
con sus huesos, después de haberlos
regado con su sangre. Por el solo de-
lito de haber amado la justicia ! Los
campos regados por el sudor de tres-
cientos años han sido agostados por nna
fatal combinación de los meteoros y de
los crímenes. ¿Dónde está Caracas? pre-
guntará usted.
«Caracas no existe !»
Y en verdad, aquella Caracas que
tuvo en su seno nna de las sociedades
más brillantes de Hispano - América;
aquel grupo de mujeres encantadoras
que tanto subyugaron al Conde de Se-
gur; aquellas mansiones que parecían
el asilo de la felicidad, todo había sido
arrasado, todo había sido destruido, no
por los españoles sino por el torrente in-
contenible de la democracia. La libertad
proclamada tan generosamente, tan can-
didamente por los nobles patricios que
iniciaron la revolnción, había tomado las
formas de aquella rastrera 3' horrorosa
(1). Muertos por el terreinoln del rüo 12.
20 LAÜRHANO VAtLEÑILLA tAN¿
serpiente de que nos habla Lord Macau-
lay en su hermosa perífrasis.
Ya lo tenemos escrito en otra parte !
Cuando el alma popular se siente sa-
cudida por una conmoción repentina y
violenta, lanza a lo lejos su grito o
su sollozo, como el tañido de una cam-
pana que repercute en el espacio; pero
como la liga del metal que vibra, el
sentimiento popular es siempre impuro.
Bl vaso donde se condensan los sentimien-
tos de las multitudes tiene en el fondo un
sedimento que toda sacudida puede hacer
subir a la superficie cubriendo de una
espuma de vergüenza el licor brillante
y generoso. Eso es lo que sucede en
todos los grandes trastornos de la na-
turaleza: en los ciclones, en los terre-
motos, en las revoluciones. Todos los
pueblos han sufrido esa dolorosa expe-
riencia: los hombres que permanecen en
la sombra en tanto que el orden impe-
ra, se rebelan, desde que el freno social
desaparece, con sus instintos de asesinato,
de destrucción y de rapiña.
En nuestra guerra de Independencia
la faz más interesante para el sociólogo, la
más digna de estudio es aquella en que la
anarquía de todas las clases sociales dio
FUE UNA GUERRA CIVIL 21
empuje al inoviniieiito igualitario que ha
llenado la historia de todo este siglo de
vida independiente (1).
IV
La lucha entre los patriotas y los
españoles enviados expresamente de la
Península a sostener la guerra, no llena
sino unas pocas páginas de nuestra his-
toria. Los ejércitos de Morillo no podían
de ningún modo enfrentarse, en un te-
rritorio y en un clima como los nuestros,
a aquellas montoneras heroicas, a aque-
llos formidables llaneros que atravesa-
ban a nado ríos caudalosos cuando los
europeos habían menester de puentes.
Estos pedían los alimentos a que esta-
ban habituados y las asistencias todas
de los ejércitos regulares, cuando los
venezolanos comían carne sin sal, an-
daban desnudos 3^ se curaban las heridas
con cocuiza (2).
(1). iCada día me lastima más la suerte de mi patria,
decía el Libertador, y cada día parece más irremediable.
Eti esta infausta revolución, tan infaustas son la derrota
como la victoria: siempre hemos de derramar lágrimas so-
bre nuestra suerte. Los españoles se acabarán bien pronto;
pero nosotros ¿ cuándo? Semejantes a la corza herida, lle-
vamos en nuestro seno la flecha y ella nos dará la muerte
sin remedio, porque nuestra propia sangre es nuestra pon
zona». Bolívar a Peñalver.— Chancay, 10 de noviembre de
1824.— OLeary, XXX, pág. 11.
(2). Páez. Au¿ob. — Santander, A puntaniientos Hisl.
22 LAUREANO VALLENlLLA LANZ
La correspondencia de Morillo con el
Gobierno español es un largo lamento
por el abandono en que le habían de-
jado; pero es a la vez un himno al
valor y a la constancia de nuestros Li-
bertadores.
Cuatro años después de haber llega-
do a Costa Firme aquella expedición
que parecía iba a restaurar para siem-
pre la dominación española en América,
el ejército de Morillo estaba reducido a
menos de la tercera parte.
«Varias veces he informado a V. E.
— decía al Ministro de la Guerra — de
la inclemencia de este clima y de estos
llanos para tropas europeas, cuyo rigor
se hace sentir tan duramente en la
salud del soldado Los continuos
pasos de ríos y de caños, atravesando
días enteros pantanos y lodazales, con
el agua a la cintura, unido al escaso
y miserable alimento del soldado en los
arenales ardientes del Llano, ha oca-
sionado muchos enfermos de gravedad,
y son muchos también los heridos por
las «rayas» y mordeduras de los pesca-
dos llamados «caribes» y «tembladores»,
y muchos los devorados por los caima-
nes. En medio de tantos trabajos y
lUK UNA Gl'KRKA CIVIL 23
sufrimieiitüs, de la desnudez y miseria
de algunos cuerpos y de la pobreza
general de todos, puedo asegurar a V.
E. que jamás se ha visto un ejército
con mayores privaciones, ni con mayor
ardor por sostener los sagrados derechos
de su amado soberano» (l).
"La infantería europea que vino con-
migo a Apure — dice en otra comunica-
ción a su gobierno — se ha disminuido
en muy pocos días de marcha a una
tercera parte, por las calenturas y las
llagas, quedando el resto débil y sin
fuerzas para continuar la fatiga en al-
gún tiempo, no tanto por el sufrimiento
de los ardores del sol y de marchar
constantemente por barrizales y agua
hasta la cintura, como por la falta de
alimento que nunca ha sido más que
carne, con falta de sal muchas veces,
y siempre con la de toda clase de
recursos». Y en la misma nota estable-
ce el contraste con los llaneros: «
el equipaje no les estorba, porque todos
están en cueros, 3^ las subsistencias no
(1). Don Pascual Enrile enviado a España en solicitud
de recursos, declara en junio de 1817 al Ministro de Guerra
el estado desastroso en que se hallaba el ejército: «Presente
todo lo dicho, se deduce que la fuerza principal del Gene-
ral Morillo es de la gente del país, y que en el Ejército
tiene más de la mitad de bajas». Rodríguez Villa. Ob.
cit., III, pág. 296 y sigtes.
24 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Íes dau cuidados porque viven sanos y
robustos con la carne; hacen movimien-
tos rápidos y felices que no pueden evi-
tarse por más esfuerzos que en las
marchas hagan nuestros soldados. Los
llaneros se arrojan a caballo desde la
barranca del río, con la silla en la ca-
beza y la lanza en la boca, y pasan
dos o tres mil caballos en un cuarto de
hora como si pasasen por un ancho
puente sin temor de ahogarse ni perder
el armamento ni la ropa. De esta ma-
nera fatigan las columnas que les per-
siguen en marchas las más penosas que
pueden darse, se pierde en pocos días
un gran número de soldados que enfer-
man en aquel pantanoso terreno y
cuando consideran estas bajas, y el
cansancio e inutilidad de nuestros ca-
ballos que no tiene donde repararse,
vienen a atacarnos o esperan el combate,
como sucedió el 27 de enero de este
año (1817) en la sabana de Mucuritas,
donde el Brigadier La Torre, que los
perseguía desde Casanare (sobre 150 le-
guas) apenas pudo hacer más que resistir
el ímpetu de su numerosa caballería» (1)
No obstante, el heroico soldado, sos-
tuvo tres años más acjuella tremenda
(1) Ob. cit., t. III, passim.
FUE UNA GUERRA CIVIL 25
lucha, porque todavía, durante ese lapso
de tiempo, contaba con tropas venezo-
lanas. Cuando resolvió irse a España
y echar sobre La Torre la responsabi-
lidad de la derrota final, era porque ya
la deserción de los venezolanos había
llegado a ser incontenible.
Morillo, que el año 16 creía que con
sus diez mil europeos, después de su paseo
triunfal por la Nueva Granada, podía ase-
gurar la paz de toda la América, pedía
en 1819 treinta mil hombres, sin asegurar
el éxito en \^enezuela.
Pero nada más natural, porque en la
misma fecha de la comunicación que
he leído pinta la situación de los pa-
triotas con los más hermosos colores:
«La Guayana — dice — ha sido surtida con
profusión de armas, municiones, víve-
res, vestuarios y buques de guerra.
Bolívar, después de haber vestido y ar-
mado su ejército, tiene, según los avi-
sos más ciertos, depósitos considerables
de cuanto pueda necesitar }- le llegan
socorros de todas partes». Y da un
detalle interesantísimo que no debemos
dejar pasar inadvertido: «Hemos visto
por primera vez — dice el General Mo-
rillo— las tropas rebeldes vestidas a la
26 LAUREANO VALLENILLA LANZ
inglesa completamente, y a los llane-
ros de Apure con morricnes y montu-
ras de la caballería británica» (1).
Esto nos da lugar a reivindicar la
probidad histórica de nuestro eminente
artista Don Martín Tovar y Tovar,
cuando en su hermoso cuadro de la
batalla de Carabobo, presenta al ejér-
cito patriota lujosamente uniformado.
Allí aparece el Negro Primero de dor-
mán encarnado, con polainas y sin za-
patos. Lo cual constituye una verda-
dera reconstrucción.
Bl Negro Primero, como todo hom-
bre primitivo, tenía un grande amor
por los uniformes brillantes. Cuando
el Libertador iba a encontrarse por
primera vez con el General Páez, dice
éste, que el negro «recomendaba a to-
dos mu}' vivamente que no fueran a
decirle al Libertador que él había ser-
vido en el ejército realista». Semejan-
te recomendación bastó para que a su
llegada le hablaran a Bolívar del ne-
gro con entusiasmo, refiriéndole el em-
peño que tenía en que no supiese que
él había estado al servicio del rey.
(1). Ob. cit., III, pág. 1.
FUE UNA GUKKRA CIVIL 27
Cuando Bolívar le vio por primera
vez, se le acercó con mucho afecto, y
después de congratularse con él por su
valor, le dijo:
— Pero, qiié le movió a usted a ser-
vir en las filas de nuestros enemigos?
Miró el negro a los circunstantes co-
mo si quisiera enrostrarles la indiscre-
ción que habían cometido, y dijo des-
pués:
— Señor: la codicia,
— Cómo así? — preguntó Bolívar.
— Yo había notado — continuó el ne-
gro— que todo el mundo iba a la gue-
rra sin camisa y sin una peseta y vol-
vía después vestido con un uniforme
muy bonito \' con dinero en el bolsi-
llo. Entonces yo quise ir también a
buscar fortuna }• más que nada a con-
seguir tres aperos de plata: uno para
el negro Mindola, otro para Juan Ra-
fael y otro para mí.
La primera batalla que tuvimos con
los patriotas fue la de Araure; ellos
tenían más de mil hombres, como yo
se lo decía a mi compadre José Fé-
lix; nosotros teníamos mucha más gen-
te y yo gritaba que me diesen cual-
28 LAUREANO VALLENILLA LANZ
quier arma con qué pelear, porque \'o
estaba seguro que nosotros íbamos a
vencer. Cuando creí que se había aca-
bado la pelea, me apeé de mi caballo
y fui a quitarle una casaca nnu' bo-
nita a un blanco que estaba tendido y
muerto en el suelo. En ese momen-
to vino el Comandante gritando: «A ca-
ballo!»— Cómo es eso — dije yo — pues no
se acabó esta guerra? — Acabarse, nada
de eso; venía tanta gente que parecía
una zamurada.
— Qué decía usted entonces? — dijo
Bolívar.
— Deseaba que fuésemos a tomar pa-
ces. No hubo más remedio que huir
y yo eché a correr en mi muía, pero
el maldito animal se cansó y tuve que
coger el monte a pie. El día siguien-
te yo y José Félix fuimos a un hato
a ver .si nos daban que comer; pero
su dueño cuando supo que yo era de
las tropas de Ñaña (Yañes) me miró
con tan malos ojos que me pareció me-
jor huir e irme a Apure.
— Dicen — le interrumpió Bolívar — que
allí mataba usted las vacas que no le
pertenecían.
— Por supuesto, replicó, y si no, ¿qué
I
FUE UNA GUKRRA CIVIL 29
comía? Eli fin, vino el Maj'ordomo (así
llamaban los llaneros a Páez) a Apure
y nos enseñó lo que era la Patria y
que la diablocracia no era ninguna co-
sa mala, y desde entonces esto}' sir-
viendo con los patriotas») (l).
Esta anécdota es de una gran sig-
nificación -histórica, porque revela la
mentalidad de la maj^oría de los hom-
bres que después de haber servado con
Boves 3' Yañes, cometiendo los más espan-
tosos crímenes, convirtiendo el territorio
entero de Venezuela "en un vasto campo
de carnicería" vinieron a ser con Páez,
Monagas, Cedeño, Zaraza, los heroicos
defensores de la Independencia; y ade-
más comprueba el prestigio que iba
conquistando la causa de la Patria en
el seno de las bajas clases populares,
a los esfuerzos enormes de los proce-
res. Ya la Patria podía ofrecer a los
que abandonaban las filas realistas, lo
que constituía para ellos una ilusión:
un uniforme y un apero; ^-a podía
abrirles el camino de los honores, ele-
vando hasta los esclavos, como Pedro Ca-
mejo, a las altas jerarquías militares.
(1). Páez. — Autobiografía, vol. I.
30 I^AUREANO VALLENILLA I^ANZ
V
De 1819 eu adelante el General Mo-
rillo siente cómo España va perdiendo
su antiguo prestigio. «La opinión pública
ha cambiado de una manera asombrosa —
decía — aun en los pueblos más decidi-
dos por la causa del rey». Aquel ejér-
cito «compuesto por la mayor parte de
los naturales» desertaba a millares. «Aquí
se nos presentan por puntas» decía
desde Gua3^ana el General Soublette,
empleando un término llanero.
Sin embargo el Doctor Juan Germán
Roscio, al dar parte al Libertadar de
las proposiciones de paz dirigidas por Mo-
rillo a los patriotas a mediados de 1820, le
dice: «Mientras los españoles tengan crio-
llos con qué hacernos la guerra, yo no es-
pero otro género de proposiciones de paz
que las de Morillo; mientras luchen con
nosotros a nuestra propia costa, no va-
riarán de sistema».
«Al jurarse la Constitución española
les hicieron creer que nosotros nos so-
meteríamos a ella; el resultado contra-
rio les indica que somos fuertes para
la repulsa 3^ para seguir la lucha, o
que somos ya más poderosos que Mo-
FUE UNA GUERRA CIVIL .^1
rillo 3' SUS comitentes; y la consecuen-
cia es pasarse a nosotros
«Si prosigue el abandono de su par-
tido por los criollos, la España está
obligada a hacer la paz; pero si no, nó;
porque la España en esta guerra ha
contado siempre por fuerza principal
suya la de los criollos guerreros y con-
tribuyentes. Bien sabía esto el oficial
español, que interrogado por un extran-
jero sobre el término de esta contien-
da, le respondió: «ella terminará cuan-
do nos falten los criollos que nos
ayudan».
Y cuando tiene noticia de que los realis-
tas venezolanos se estaban pasando por mi-
llares, es aún más explícito: «A este pa-
so llegaremos menos tarde al término
a que aspiramos, porque la España nos
ha hecho la guerra con hombres crio-
llos, con dinero criollo, con provisio-
nes criollas, con frailes 3^ clérigos crio-
llos, con caballos criollos \' con casi
todo I0 criollo; 3' mientras pueda con-
tinuarla del mismo modo 3^ a nuestra
costa, no hay que esperar de ella paz
con reconocimiento de nuestra indepen-
dencia». (1)
(1). O'Leary.— Memorias VIII, pág. 495 y siguientes.
32 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Sería fastidioso continuar haciendo
todas las citas que comprueban nuestra
tesis. Basta agregar que hemos tenido
el cuidado de recoger, tanto aquí como
en España, más de trescientos apelli-
dos de familias venezolanas muy distin-
guidas, cu3^os progenitores sostuvieron por
todos los medios la causa del 'Rey de Espa-
ña, o para hablar con más propiedad, lu-
charon en contra de los independientes. (1)
Por eso afirmamos, que ocultar el carác-
ter de güera civil que tuvo la revolución, no
(1). Aquellos que no conocen de nuestros anales, por
propia confesión, sino lo aprendido en los bancos de
la escuela y se erigen sin embargo en críticos (Geron-
cios de la Historia!) no se dan cuenta del empeño que
ponían Bolívar y los escritores patriotas en dar a aquella
guerra intestina el carácter de guerra internacional, con el
tin de obtener el reconocimiento de la beligerancia por
los Estados Unidos, Inglaterra, Rusia y Francia y obli-
gar a España a reconocer la Independencia. lAunque
se interpongan en favor de ésta [la Independencia] los
Estados Unidos, la Inglaterra, la Rusia y la Francia,
España les manifestará las listas y estados de su fuerza
armada en América, compuesta casi toda dk criollos:
les enseñará el censo de las provincias que le obede-
cen y que han jurado la Constitución: les mostraría el
registro de contribuciones, donativos, suplementos etc.,
desembolsados por la gente criolla La mayoría de
los auiericanos obedientes al enemigo, es el obstáculo
para el reconocimiento de nuestra independencia; sobre
lo cual insisten mucho los escritores enemigos, y ellos
mismos confiesan que sin el auxilio de 4-;sta mayoría
habría sido la más desesperada tenacidad hacernos la
guerrai. — Correspondencia del Doctor Juan Germán Ros-
cio con el Libertador en las Jít^/norias del General
O'Leary, Tomo VIII, páginas 495 y siguientes. Estas
cartas están fechadas en setiembre de 1820: diez meses
antes de la batalla de Carabobo v nueve años después
del 19 de abril.
FUE UNA GUKkRA CIVIL 33
sólo en Venezuela, sino en todo Hispano-
América, es no sólo amenguar la talla de
los Libertadores, sino establecer soluciones
de continuidad en nuestra evolución social
3' política, dejando sin explicación posible
los hechos más trascendentales de nues-
tra historia.
VI
La creencia demasiado generalizada
de que los sostenedores del antiguo
régimen surgieran únicamente de las
clases bajas de la colonia, por ignoran-
tes y fanáticas, es absolutamente errónea.
Entre los realistas de \^enezuela, como
de todo Hispano-América, figuraron mul-
titud de hombres notables que perma-
necieron en el país luchando en los
campos de batalla, en la prensa, en las
funciones públicas, en los tribunales
de justicia, cooperando con su actividad,
con su talento o con su dinero a sos-
tener la lucha; o emigraron a las
Antillas españolas y a la misma Madre
Patria demostrando a toda hora su fide-
lidad al gobierno de España.
Si militares como los Torrellas, los
Iturbe, los Ramos, los López, los Quero,
los Arcaya, Carrera 3' Colina, Armas,
34 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Meserón, Rubin, Capó (1), Olavarría,
Lizarraga, Ramos, Gorrín Llamozas,
Osío, Cárdenas, Casas, Camero, Inchaus-
pe. Baca, Izquierdo, Illas, los IMonagas
(de Valencia), }• mil combatientes más
constituyeron el formidable apo3'o con-
que contó España durante todo el cur-
so de la guerra, multitud de hom-
bres civiles entre los cuales se señalaron
los doctores José Manuel Oropeza, An-
drés Level de Goda, Felipe Fermín Paúl,
Francisco Rodríguez Tosta, Ramón Mon-
zón, José de los Reyes Piñal, Juan Anto-
nio Zárraga, Pedro de Echezuría, Tomás
José Hernández Sanabria, José María
Gragirena, Juan Mcente iVrévalo y con
ellos Juan Rodríguez del Toro, Xicolás de
Castro, Feliciano Palacios, José Alaría
Correa, Vegas y ^Mendoza, Herrera, ]\Ii-
jares, Troconis, iMichelena, Rojas, Forti-
que, Aguerrevere, Quintero, Planas,
Bescanza, Blanco y Plaza, Escorihuela,
Burgos, Elizondo, Al varado. Gallegos,
Vaamonde, Altuna, Ezpelosín, y tantos
otros cuyos nombres hemos recogido
cuidadosamente, constituían junto con
(1). Los dos hermanos, Francisco v Benito, naturales de
Malloica, residían en Barcelona desde hacía largos años
y estaban casados en aquella ciudad. Sus descendientes
figuraron después en el partido godo, como tantos otros
kijos de españoles realistas.
FUE UNA GUERRA CIVIL 35
una multitud de españoles y canarios
casados en Venezuela y con larga
residencia, comerciantes, propietarios,
procuradores y empleados en la ad-
ministración, un poderoso partido de
donde salieron los más íntimos con-
sejeros de Monteverde, de Boves, de
Morales, de Alorillo y hasta de Rósete,
quien tuvo como asesor al Doctor Tosta.
Eran estos los que formulaban aquellas
listas de proscripción y de muerte; compo-
nían las juntas de secuestros, formaban
los Ayuntamientos que protestaban a cada
paso contra la independencia; [1] clamaban
en todos los tonos por el total exterminio
de los patriotas, y muchos de ellos
llegaron a merecer, por la tremenda
exaltación de las pasiones, por la insa-
ciable ferocidad de sus odios, aun de
los mismos funcionarios españoles, el
mote de somatenes. (2)
En cambio, los españoles recién lle-
gados, o de elevada posición social,
(1) Véase, por ejemplo el Manifiesto de las Provincias
de Veneztiela a todas las naciones civilizadas de Euro-
pa, llamado generalmente manifiesto trilingüe, porque fué
publicado en español, francés e inglés, suscrito en su to-
talidad por venezolanos que componían los Cabildos el año
de 1819. Blanco y Azpurúa. — Documentos, t. VI, ps. 648 y
siguientes.
(2) Heredia. — Memorias, p. 220. — lA.sí llamaban por apo-
do a los godos exaltados.!
36 LAUREANO VALLÉNILtA LANZ
en quienes no podían existir aque-
llas pasiones, que no eran sino la ex-
plosión de resentimientos acumulados du-
rante largos años, en una sociedad como
la colonial, compuesta de elementos hete-
rogéneos y socavada por hostilidades la-
tentes o declaradas, y cuyo equilibrio se
sostenía merced al inmovilismo y al mi-
soneísmo en que España mantenía a sus
posesiones, pretendieron muchas veces
dominar aquellas facciones exaltadas,
solicitar medios de conciliación con los
que ellos llamaban insurgentes y resta-
blecer el orden por el imperio de la jus-
ticia y la equidad de los procedimientos,
distinguiéndose entre ellos, militares co-
mo Cagigal, Correa, MÍ3^ares, La Torre,
Ureña, calificados por los mismos patrio-
tas de «humanos y generosos»; y jueces
impecables como Heredia, Vilches, Ur-
celay, Castro y Gali, que tantas veces
fueron víctimas de los ultrajes y calum-
nias de \os godos venezolanos y de los
desalmados, que desconocieron su autori-
dad y en ocasiones pretendieron asesi-
narlos. Bolívar mismo estableció esa
distinción, cuando en 1821, dirigiéndo-
se a los godos caraqueños que se prepa-
raban a emigrar les dice: ''''Realistas!
Vuestro temor con respecto a las armas del
FUE UNA GUERRA CIVIL 37
rev en sus terribles reacciones, no es ya
fundado, porque los jefes españoles son
los Generales La Torre y Correa; no son
Boves ni Morales." (l)
En los inmensos crímenes atribuidos
exclusivamente a España, la maj'or
responsabilidad corresponde sin duda al-
g-una a los realistas venezolanos y a
los españoles y canarios que como Bo-
ves, Yañes, Morales, Rósete, Calzada,
estaban establecidos en el país desde
hacía largos años, ejerciendo los mis-
mos oficios de las clases bajas y par-
ticipando naturalmente de sus instintos
y de sus pasiones. (2) Pero la razón políti-
ca ha venido influyendo de tal manera en
la tradición 3' en la historia, que, es
casi general la creencia de que en aquella
lucha, se destacaron, tanto en Venezuela
como en los otros países de Hispano-
América, dos bandos perfectamente de-
finidos: de un lado los americanos «que
luchaban por independizarse de un po-
der extraño, de una nación extranjera,
usurpadora de sus más sagrados derechos»
(1) Blanco y Aspurúa t. VII, p. 610.
(2) Véase el sesudo estudio del Dr. Ángel César Rivas,
titulado La Segunda Misión a España de Don Fermín Toro.
• Rnsaj-os de Historia Política y Diplomática! ps. 256 y 257,
donde expone la influencia del elemento peninsular y
canario en la guerra de Independencia y en las guerras
civiles subsecuentes.
38 LAUREANO VAL,LKNILLA LANZ
y del otro, «los españoles, los extranje-
ros representantes de aquella horrible
tiranía, que luchaban por mantener
el ominoso yugo». Y se ha creído
siempre un deber patriótico ocultar los
verdaderos caracteres de la revolución,
que fué, sin duda alguna, la primera
de esa larga serie de contiendas civiles
que han llenado el primer siglo de vida
independiente en todas estas naciones, y
que dio en la nuestra origen a los dos
bandos políticos, que bajo diversas deno-
minaciones y proclamando los principios
abstractos del jacobinismo, perpetuaban
inconscientemente los odios engendrados
en aquella lucha sangrienta.
Boves, Morales, Yañes, Rósete, Puig,
Antoñanzas, Zuazola, excecrados por la
leyenda y por la historia, no fueron ni
más tenaces, ni más valientes, ni más
crueles, ni más perjudiciales a la causa
de la Patria que la multitud de vene-
zolanos realistas que componían sus
ejércitos y cuyos nombres ha sido nece-
sario ir descubriendo cuidadosamente,
sacarlos de entre la maraña en que los
ocultaba el interés y la costumbre, que
persistió en llamar españoles a todos los
que servían en las filas realistas; y
españoles y con el título de Don apa-
FUH UNA GUERRA CIVIL 39
recen en la historia hasta los hombres
de color.
La necesidad imponía que fuesen
a todo trance españoles y cajiaiios
los autores de aquellos espantosos aten-
tados que con brillante pluma denuncia-
ron ante el mundo Bolívar y IMuñoz Té-
bar en el aciago año de 14 ... . Pero
Caracas y Cumaná habrían aclamado a
Boves para quitarse del cuello la cuchilla
insaciable del caraqueño Nepomuceno
Quero y del cumanés Aliguel Gaspar de
Salaverría; y en razones justificadísimas
se apoyó Antoñanzas para acusar ante
la Regencia de España al Doctor Andrés
Level de Goda, cuando como Gobernador
Civil de Cumaná, cometió tales excesos
contra sus compatriotas, que «comparando
su administración con la de Antoñanzas,
parecía éste un hombre justo y sostenedor
délas leves» (1).
(1) Restrepo.— Hist. de Colombia, t. II, p. 115. «.^segu-
ran las memorias de aquel tiempo de.sgraciado de haber.se
mo.strado Quero más cruel que el mismo Boves, quieu
se dejaba iufluir por los consejos de algunos realistas de
probidad, como lo.s Joves, Navas Espíuola y José Domingo
Duarte: así fue que se tuvo como una gran desgracia su
pronta marcha de Caracast Id. id. p. 2o7. flín los días
siguientes continuó la matanza por el gobernador que
Boves nombrara, llamado Miguel Gaspar Salaverría. hijo
de Cumaná. Este fué el feroz asesino de sus compatriotas!.
Id. id. p. 26\.
40 LAUREANO VALLENILLA LANZ
VII
Los calificativos de españoles y patrio-
tas no aparecen sino en los documentos
oficiales. Godo se llamó el partido rea-
lista en Venezuela como en casi toda la
América, y godos continuaron llamándose
entre nosotros los antiguos realistas, que
merced a los constantes indultos de Bolí-
var fueron acogiéndose a las banderas de
la Patria y tomaron parte activa en la po-
lítica desde las primeras conmociones de
la Gran Colombia. Nada más natural,
nada más humano que aquellos hombres
trajeran a las luchas políticas de la patria
emancipada, los resentimientos, los odios,
las pasiones y venganzas engendrados du-
rante la cruentísima guerra de la Inde-
pendencia.
Porque fué naturalmente, sobre los rea-
listas exaltados, que se descargaron las
represalias de los patriotas en los días san-
grientos de la guerra a muerte. No sola-
mente españoles y canarios sucumbieron
al filo de la cuchilla inexorable de 1814,
a pesar de los términos precisos del de-
creto de Trujillo; junto con ellos, que en
su mayoría estaban casados en Venezuela,
cayeron muchos hijos del país.
FUK UNA GUP:KRA CIVIL 41
Cuántas familias, cuyos apellidos ñ^u-
ran en las contiendas civiles de la Repú-
blica, fueron heridas en sus afectos y en
sus intereses por las terribles represalias
de aquellos años pavorosos! Cuántas
emigraron a playas extranjeras llevando
en el alma los recuerdos inextinguibles de
aquel drama de muerte y de exterminio,
sometidas, del mismo modo que las fami-
lias patriotas, a los horrores de la miseria
a que las condenaba la confiscación y des-
trucción de sus propiedades!
Téngase en cuenta además, que en las
matanzas de 1814, según todos los histo-
riadores, «....la espada de la retribu-
ción hirió indistintamente al inocente y al
culpable y que en los inexcrutables desig-
nios de la Providencia estaba dispuesto
que al pacífico e inofensivo ciudadano,
cupiese la misma suerte que al criminal,
que bien merecía tan terrible fin)) (l).
Despertando a la vida en medio de aque-
llos grandes dolores;"educados en el horror
y el odio que debían inspirarles los autores
de aquellas medidas fatales, llevadas a
cabo en interés de una causa política,
considerada por sus progenitores como un
delito contra el rey y contra los más sa-
lí) O' Lear}-. — Narración, t. I, pag. 192.
42 l^AUREANO VALLENILLA LANZ
grados principios de la sociedad, se for-
maron muclios hombres que, al indepen-
dizarse definitivamente el territorio vene-
zolano, volverán al reclamo de sus
antiguos hogares, se acojerán a las le3'es
de indulto y a los preceptos de la consti-
tución, que acordaban «igualdad de
derechos» a todos los nativos, sin tener para
nada en cuenta las pasadas opiniones,
pero trayendo sembradas en el alma, con
todas las fuerzas de las tradiciones de fa-
milia, los odios y resentimientos que iban
a perpetuar la división y la anarquía.
Juan Vicente González precisa con su
genial talento toda la trascendencia que
necesariamente tuvieron aquellos hechos
en las conmociones que por largos años
agitaron la vida nación al: «...¿por qué — ex-
clama el grande escritora-envolver en la
proscripción, a multitud de hombres labo-
riosos 3' de honestas costumbres, que
fecundaban los campos, enlazados con los
venezolanos, padres de compatriotas nues-
tros, que iban a ser enemigos necesaria-
mente de los que inmolaban a los autores
de sus días? . . . Hijo el venezolano del
español con una madre, esposa de aquel,
¿no era terrible alternativa colocarle entre
la patria y sus padres, parricida en uno u
otro caso? Hacer de la fe de bautismo un
FUE UNA GUERRA CIVIL 43
título a la muerte, proscribir padres, tíos,
parientes ¿no era sembrar la discordia en
las familias, romper los lazos más santos,
destruir el respeto, preparar los días que
atravesamos? . .«Pura de sangre la revolu-
ción por su heroico amor a la humanidad —
dice más adelante — ella no nos habría
legado el presente» (1). Esto lo decía
González en presencia de acontecimientos
que tenían su origen en la guerra civil
de la independencia, y viendo cómo el
correr de los años, no hacía sino avivar
los odios que nacieron entonces. ¿No es-
taba observando que casi medio siglo des-
pués de [ai Guerra a Muerte figuraban
en los dos partidos contendores los mismos
apellidos de la magna lucha? De un
lado los Godos: Torrellas, Rubín, Capó,
Baca, Gorrín, Cárdenas, Unceín, Ra-
mos, Casas, Camero, Illas, Quintero,
Quintana, Alegas, Rivas, y la inmensa
mayoría de los apellidos civiles del realis-
mo; del otro los patriotas^ liberales^ fede-
rales'. Urdaneta, Briceño, Arismendi,
Monagas, Pulido, Ayala, Alcántara, Soti-
11o, toda la legión de los descendientes de
los Libertadores y de los Proceres civiles.
'1) Biografía de José Félix Ribas, págs. 59 y 61
44 LAUREANO VALLENILLA LANZ
siendo raras las excepciones, (1) en uno
y otro bando?
VIII
Fueron los realistas, militares y civiles,
y sus descendientes inmediatos, quienes
unidos a los patriotas adversarios del Li-
bertador y contrarios a la unión colombia-
na, constituyeron aquel partido poderoso
que desde 1822 se apoderó de la prensa
y de los Ayuntamientos, convirtiéndolos
como en el antiguo régimen, en intérpre-
tes y defensores de sus intereses y de sus
pasiones, comenzando por protestar con-
tra la Constitución del Rosario de Cuenta.
Bn 1825, acusa a Páez que hasta enton-
ces había permanecido más o menos so-
metido al Libertador y al Gobierno de
Bogotá, por la ejecución de la le}- de
milicias, para rodearle un año más tarde
cuando se alce contra la Constitución y
desconozca la autoridad del Yice-Presi-
dente. Mantendrá a Venezuela en un es-
tado de constante agitación proclamando
los más opuestos principios políticos, in-
terviniendo en las elecciones hasta llevar
sus representantes al Congreso, apode-
(1) En oti os estudios tratamos ampliamente este asunto,
pues creemos con Fustel de Coulanges en la enorme im-
portancia que tienen los nombres de familia para el estudio
de la evolución de las sociedades.
FUE UNA GUERRA CIVIL 45
rándose de los tribunales de justicia, de
las jefaturas políticas de las localidades; y
por último con Páez a la cabeza, promo-
verá el movimiento eminentemente popu-
lar de la disolución de la Gran República,
para fundar sobre bases absolutamente
opuestas a las ideas reaccionarias del par-
tido boliviano en los últimos días de Co-
lombia, y a las naturales tendencias de
predominio de los Libertadores, la Re-
pública centro-federal de 1830. Fué
aquella la primera Jíis/ón que se realizó
en Venezuela; una corta tregua en la
lucha de los partidos, y como consecuen-
cia inmediata la reacción violenta de los
patriotas, con las revoluciones de los años
31 y 35.
Fueron los realistas, con la cooperación
de uno que otro de sus antiguos adversa-
rios, quienes apoderados de la dirección
de la República, pretendieron revivir las
disciplinas tradicionales, las fuerzas con-
servadoras de la sociedad, casi desapare-
cidas en el movimiento tumultuoso y
oclocrático de la revolución, y establecer,
a pesar de los principios constitucionales
y llamándose /os amibos del orden^ una
especie de mandarinato, fundado prin-
cipalmente en una oligarquía caraqueña
de «tenderos enriquecidos con actitudes
46 LAUREANO VALLENILLA LANZ
de personajes», 3- llevando sus energías
y su audacia hasta cometer el error de
sustituir a Páez, el genuino exponente de
la revolución social victoriosa, con el Doc-
tor José María Vargas, quien en medio
de un pueblo militarizado, no tenía otras
credenciales que las del saber y la virtud,
y a quien con sobrados fundamentos cali-
ficaban de Godo los patriotas intransigen-
tes y engreídos.
Los historiadores que no se han dete-
nido a observar las diversas etapas de
nuestra evolución política y social, que
no han tenido en cuenta que la Revolu-
ción de la Independencia fué al mis-
mo tiempo una guerra civil, una lucha
intestina entre dos partidos compuestos
igualmente de venezolanos, surgidos de
todas las clases sociales de la colonia, no
aciertan a comprender la verdadera signi-
ficación, el origen preciso del calificativo
de Godo^ con que se designó al núcleo de
realistas e hijos de realistas que rodeó al
General Páez desde 1826 (1).
(1) En aquel mismo año escribía el General Pedro Bri-
ceño Méndez al Ubertador: iCon respecto a la opinión
publica, yo hallo que no hay de temer sino de parte de los
godos, porque efectivamente es el partido dominantei. —
ü' Leary. Correspondencia. VIII, p. 232. El General Ra-
fael Urdaneta le dice también al General Páez reprochán-
dole su rebelión contra el Gobierno de Bogotá: ■ no
lo dude, compañero, Ud. está cercado de godos y de mal-
FüK UNA GUERRA CIVIL 47
La sig-nificación política de la batalla
de Carabobo, y su influencia en la evo-
lución interna de Venezuela no han sido
apreciadas aún en toda su importancia. El
espléndido triunfo de Páez que necesa-
riamente decidió al Libertador a colocarle
en el mando supremo de la parte central
de \'ene/Aiela, como Comandante Gene-
ral del Departamento, fué una singular
fortuna para aquellos tiempos. Páez era el
único hombre capaz de contener con su au-
toridad y su prestigio, a las hordas llane-
ras, dispuestas a repetir a cada instante,
sobre las poblaciones sedentarias los mis-
mos crímenes que en 1814; y ser al mismo
vados Vuelvo a repetirle mi súplica y a llamar su aten-
ción al ultimo paso de los ¡rodos; es wn hech'i que estamos
sembrados de espías para dividirnos ¿j^ será posible que Ud.
involuntariamente concurra a hacerle.-, este servicio? Ob.
cit. VI ps. 137 y sigtes. En otros estudios pormenoriza-
remos estos hechos. Gr>do no significó nunca en nuestra
gerga política, ni Doctor, ni hacendado, ni mucho me-
nos blanco y .aristócrata, como erróneamente se ha estado
creyendo. Codo se llamó al antiguo realista y a su descen-
diente, cualesquiera que fuesen su condición social, su
posición económica, el color de su piel y sus principios
políticos; y de godos calificaron también a los antiguos
patriotas y a sus descendientes que, individualmente y
por consecuencias naturales de la política se unieron a
sus antiguos adversarios en las luchas civiles sub>iguien-
tes; del mismo modo y por iguales razones se llamaron
liherales a algunos descendientes de realistas, que indivi-
dualmente se unieron a los antiguos patriotas desde l.^vS.
Estas excepciones, de las cuales hacemos mención en otra
parte, no hacen sino confirmar la exi.stencia en plena
República de los dos mismos bandos antagónicos que
combatieron durante la guerra civil de la Independencia,
lo cual echa por tierra el falso concepto de la creación
de un partido liberal en 1840.
48 LAUREANO VALLENILLA LANZ
tiempo, por especiales circunstancias, una
especie de providencia para los numerosos
elementos realistas que hasta última hora
combatieron contra la Patria. Ya el nom-
bre del Caudillo debía de serle grato a
aquel partido por su conducta para con los
antiguos subalternos de Boves y de Yañes
que él había sabido atraer con rara sagaci-
dad a las filas de la independencia; ahora
en el mando de Venezuela se convierte en
elprotector del elemento civil, en el ampa-
ro de los somatenes^ de los emigrados, lle-
gando hasta desobedecer al propio go-
bierno de Bogotá, al oponerse a la
ejecución del Decreto de 1823 que man-
daba a expulsar del país a los desafectos
a la Independencia (1). Páez no había
(1) Urdaneta dice a Páez en la carta a que hemos hecho
referencia: • Cuando en 1823 esa misma gente (los^orfoj)
se alarmó contra el decreto de expulsión que en toda la
República tuvo efecto, menos en Venezuela, entonces consi-
guieron un gran triunfo con la oposición que U. mostró a
la ejecución de dicho decreto; U. que perseguía esa facción
era entonces el único cuerpo que gravitaba sobre ella, pero
con aquel paso formaron la idea de enseñorearse de U. 5' les
fué fácil". O" Lear}-. Correspondencia, VI, p. 140. Véase
además la Correspondencia del General Carlos Soublette y
varios folletos de la época que existen en la Biblioteca Na-
cional, donde se ve claramente el tacto y la sagacidad
política con que procedió el General Páez, pues los realistas
comprendidos en el decreto, estaban íntimamente ligados
P'ir relaciones de familia y muchos otros nexos con perso-
nas infltiyentes como el Marqués del Toro. Tomás Lander,
Pedro Pablo Díaz (tenido y habido por s^odo — dice el Gene-
ral I'rdaneta — j-, como tal, reputado por todos los patriotas)
y el mismo General Francisco Carabaño que acababa de
regresar de España, a donde fué enviado prisionero en 1812,
FUE UNA GUERRA CIVIL 49
flo;urado en las sang^rieiitas tragedias de
1814, su nombre no estaba asociado a
ninguno de aquellos hechos engendradores
de odios y de venganzas inextinguibles, y
era por tanto el más llamado a unificar
bajo su autoridad a todos aquellos núcleos
en quienes había desaparecido 3^a la espe-
ranza de ver restaurado el antiguo régi-
men, pero que necesariamente traían a la
política todas sus pasiones en contra de
los independientes; sus principios de con-
servación social y sus ambiciones de pre-
dominio, en una Patria, que si ellos no
habían creado, no por eso dejaba de perte-
necerles, ni podían dejar de amarla con la
misma intensidad que sus adversarios.
Ellos habían sido también patriotas a su
manera, y luchando a favor de España,
creyeron sinceramente que defendían una
causa justa. ¿No hay todavía quien afirme
que la revolución de la independencia fue
prematura?
Sin estudiar con criterio libre de pre-
juicios todos los antecedentes que hemos
anotado; sin aplicar a nuestra copiosa
documentación los métodos establecidos
junto con el General Miranda. Es curioso el dalo de que
entre los que debían expulsarse figurara Antonio Leocadio
Guzmán, quien después pretendió llamarse Ilustre Procer
de la Independencia, Coronel, Secretario del Libertador,
etc., etc.
50 LAUREANO VALLENILLA LANZ
por los maestros de la ciencia, haciendo
una crítica profunda de «Interpretación,
de Sinceridad y de Exactitud» es de todo
punto imposible explicar la reacción anti-
boliviana, limpiar al pueblo venezolano
de la mancha de ingratitud que han arro-
jado sobre él los historiadores superficiales,
y exponer las razones esencialmente hu-
manas de aquella explosión de odios que
se descarg-ó sobre el Padre de la Patria; y
estudiar por último, de acuerdo con el
determinismo sociológico, el origen y de-
senvolvimiento necesario y fatal de todos
los gérmenes anárquicos que brotaron
como cizañas venenosas al romperse la
disciplina social de la colonia y que de
manera tan poderosa han influido en
todos los acontecimientos de nuestra vida
nacional.
I
(
LOS INICIADORES DE LA REVOLUCIÓN
I
CUANDO se estudia la historia de nues-
tra independencia, lo primero que
salta a la vista es el fenómeno de que
las clases elevadas de la Colonia no sólo
fuesen las que iniciaran la Revolución,
sino que al mismo tiempo proclamaran los
derechos del hombre y pretendieran fun-
dar la República de 1811 sobre las bases
de la democracia y del federalismo. (1)
¿Cuál era el origen de aquellas ideas?
¿Cómo podían proclamarse tan avanzados
principios en la Capital de una oscura
y olvidada provincia, la más ignorada
de cuantas integraban los vastos dominios
de España en América?
[1] Juan Vicente González. — Diario de la Tarde, Cara-
cas: 2 de agosto de 1846. — "Es a la inteligencia a quien con-
cedió el cielo la dirección y el mando. Nace de ella todo
movimiento saludable, todo progreso, toda idea útil y pro-
vechosa. Por esto el 19 de abril fué obra de cuanto va-
le en Venezuela. Lo que llaman pueblo, no tuvo parte
en él. Preguntó el Canónigo Madariaga si querían a Em-
paran, y el pueblo respondió sí, añadiendo luego, no, a
las señales esforzadas del patriota que interrogaba».
52 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Sustraigamos el espíritu a los prejui-
cios, }• guiados siquiera por la tenden-
cia analítica de nuestra época, busque-
mos los orígenes, los antecedentes his-
tóricos de ese fenómeno, atribuido, según
las viejas teorías, a una especie de fiat
bíblico, o al accidente y al caso de los
racionalistas.
Los primeros legisladores de la Repú-
blica, los revolucionarios del 19 de abril
y los constituyentes de 1811, salidos, de
la más rancia aristocracia colonial, «crio-
llos indolentes }- engreídos», que «gozaban
para con el populacho de una considera-
ción tan elevada cual jamás la tuvieron
los grandes de España en la capital del
Rey no» proclamaron, sin embargo, el
dogma de la soberanía popular, llamando
al ejercicio de los derechos ciudadanos al
mismo pueblo por ellos despreciado. So-
bre la desigualdad social en que funda-
ban su poder, sobre la heterogeneidad
de razas que daba sustento a sus preocu-
paciones de casta, levantaron el edificio
de la República democrática.
Según estos principios, la tradición
colonial desapareció para siempre el día
mismo en que fueron proclamados los de-
rechos de los venezolanos. De modo que, ■'I
LOS INICIADORES DE LA REVOLUCIÓN 53
política y socialmeiite, los hombres de
la Independencia venían a la vida a la
edad que contaban, pues al golpe mágico
de la revolución, habían dejado entre las
ruinas del «oprobioso régimen» todo el
legado hereditario de tres siglos de co-
loniaje y de miles de años anteriores a la
Conquista.
La herencia psicológica formada por los
instintos 3' los prejuicios inconscientes,
las opiniones, los gustos, las inclinacio-
nes naturales, los sentimientos, las preo-
cupaciones religiosas y sociales, el des-
precio del blanco criollo por el hombre de
color, el odio de éste hacia el criollo,
las rivalidades e intransigencias de cada
grupo social . . . todos los móviles en fin
que determinan la cruel y eterna lucha de
la humanidad en todos los tiempos y en
todos los países, desaparecieron para
siempre a la sola enunciación de los de-
rechos ciudadanos.
Al suprimir las profundas desigualdades
que por siglos habían caracterizado el or-
ganismo social de la colonia, no quedó
más que el hombre abstracto. No ser
esclavo, haber cumplido veintiún años y
tener una vida honesta, he allí cuanto
54 LAUREANO VALLENILLA LANZ
se exigía a un hombre (2) cualquiera que
fuese el color de su piel para poder ejercer
derechos y aspirar, desde luego, a las
más elevadas dignidades de la naciente
República.
Aquellas nuevas teorías, predominantes
en el mundo civilizado e iluminadas con
el incendio de la Revolución Francesa,
habían venido introduciéndose clandesti-
namente junto con las mercaderías que
entraban de contrabando de las Antillas
vecinas, en connivencia con los infieles
agentes del gobierno español. Teorías
que los criollos adoptaban sin examen y
profesaban con entusiasmo; principios
abstractos que tenían para ellos el atrac-
tivo picante y estimulador de la prohibi-
ción, bebidos como néctar sabroso a la
luz de una bujía, en el silencio profundo
de la noche, en una ciudad colonial que
se entrega al sueño al toque de oraciones.
La aparición de esas mismas teorías
había sido en Francia el producto de un
[2] El Supremo Congreso de Venezuela ha creído
que el olvido y desprecio de los Derechos del Pueblo ha
sido hasta ahora la causa de los niales que ha sufrido por
tres siglos Deberes del hombre en Sociedad. — IV
JS^inguno será buen ciudadano si no es buen padre, bjigii
hijo, buen hermano, buen amigo y buen esposo. V.
Ninguno es hombre de bien, si no es franco, fiel y re-
ligioso observador de las I.ej'es. La práctica de las vir-
tudes privadas y domésticas es la base de las virtudes
píiblicas Documentos para la vida pública del Libertador,
etc. Tomo IH, página 125.
I.OS INICIADORES DK T.A KlAOI.fCI' X 55
laríjo trabajo de elaboración; sin embargo,
Taine encnentra que en los aristócratas,
los principios democráticos se quedaban en
el pisosnperior del espíritu, venando pro-
clamaban la igualdad en el parlamento y
acogían en sus salones a los plebeyos
esclarecidos por el talento, los prejuicios
de clase asomábanse ?1 menor razo-
namiento o estallaban indignados en la
sinceridad de la alcoba.
«Entre los dos pisos del espíritu huma-
no, eL superior es donde se elaboran los
razonamientos puros, y el inferior es
•donde se asientan las creencias activas;
la comunicación no es pronta ni com-
pleta. Hay muchos principios que no
/ salen del piso superior; permanecen en
él en estado de curiosidad; .son meca-
nismos delicados, ingeniosos, de los cua-
les se alardea con placer pero que casi nun-
ca se emplean. Si a veces el propietario
los trasporta al piso inferior, no se sirve
de ellos sino a medias; restringen su
uso, costumbres establecidas, intereses o
instintos anteriores y de mayor fuerza.
Y no obra de mala fé, .se conduce como
hombre; todos profesamos verdades que
no practicamos. Una noche, como el abo-
gado Target tomase un polvo de la caja de
la maríscala de Beauvan, ésta, cuyo salón
56 LAUREANO VALLENILLA LANZ
es un pequeño club-democrático, quedó
atónita ante una familiaridad tan mons-
truosa. Más adelante, IMirabeau. que
vuelve a su casa después de haber vo-
tado la abolición de los títulos de no-
bleza, coge a su ayuda de cámara por
las orejas y le dice con su voz tonante:
«Tú, pillastre, espero que para tí, con-
tinuaré siendo el señor conde». Esto de-
muestra hasta qué punto, en un cerebro
aristocrático, quedan admitidas las nue-
vas ideas». (1)
Allá en Francia, las ideas democráti-
cas habían ido invadiendo poco a poco
todas las clases sociales. La filosofía,
las ciencias naturales y exactas, la li-
teratura, la política, la economía polí-
tica, el conjunto armónico de todos los
ramos de la inteligencia humana, habían
tomado lentamente un nuevo rumbo e
introducídose por todos los iutersticios
del edificio social hasta invadir las altas
clases, hasta apoderarse de los cerebros
aristocráticos. Los filósofos, los literatos,
los hombres de cieucia hacía largo tiem-
po que se codeaban con la nobleza; el
saber era un título legítimo para con-
quistar las más grandes distinciones; las
[)J H. Taiiie. L'ancieii Régimen.
LOS INICIADORES DK LA REVOLUCIÓN 57
personas invadían al par que las ideas.
Sin embargo, 3a hemos visto cuánto
poder tienen las preocupaciones nobi-
liarias. ( 1 )
En la evolución de \^enezuela el proce-
so es mucho más rápido. La nobleza co-
lonial pasa de uno a otro extremo, sin pre-
paración alguna; y como son ellos, casi ex-
clusivamente, los poseedores de la ilustra-
ción, los únicos que tienen el raro privi-
legio de instruirse, la evolución toma un
carácter completamente distinto.
II
En 1796 los nobles de Caracas; (2)
aquella fuerte y poderosa oligarquía
constituida en Cabildo, acusa ante el Rey
de España a los Magistrados que venían
de la ^letrópoli, por «la abierta protec-
ción que escandalosamente prestan a los
Mulatos o Pardos y toda gente vil para
menoscobar la estimación de las familias
antiguas, distinguidas y honradas»; y
[1] 'Los salones del siglo XVIII prepararon la igualdad
de los hombres, rio sólo porque en ellos se reuniesen y con-
fundiesen los nobles con los hombres de letras, sino porque
prevaleciendo el talento por sobre todos los demás, los plebe-
yos hallaban la ocasión de compensar con la superioridad
intelectual, la inferioridad del nacimiento: en el Reino
de la Inteligencia un expósito puede ser Rey». Bouglé^.
Les Idees Egalitaires. Pág. 202.
[2] Véanse las Actas del Ajuntamiento de Caracas.
58 LAUREANO VALLENILLA LANZ
porque «dejando correr la pluma sobre pue-
riles fundamentos y la superficie de las
cosas, pintan muy distinto de lo que es
en realidad el estado de la Provincia, el
modo de pensar de las familias distingui-
das y limpias, su total separación en el
trato y comercio con los Mulatos o Pardos,
olvidando la gravedad de la injuria que
concibe una persona Blanca en que sólo
se diga que se roza con ellos o entre
en sus casas, y la imposibilidad de que
este concepto se borre aunque se inter-
ponga la ley, el privilegio o la gracia».
Aquellos Nobles Vasallos de Caracas
que hasta 1801 protestan contra las «gra-
cias» otorgadas por el Monarca a la nu-
merosa clase de pardos, quinterones, cuar-
terones y «blancos de orilla)^ que cons-
titU3^en la gran masa pobladora de las
ciudades; y que consideran como un grave
ultraje el «franquear a los Pardos y facilitar-
les por medio de la dispensación de
su baxa calidad la instrucción de que
hasta ahora han carecido y deben ca-
recer en lo adelante»; aquellos fidelí-
simos vasallos, entre quienes figuran
muchos de los que pocos años más tarde
van a ser factores o principales promo-
tores de la Revolución y apóstoles fer-
vientes de la democracia, no pueden
LOS IiNICIADORKS ÜK I. A REVOLUCIÓN 59
soportar de ningún modo que el Rey de Es-
paña, obedeciendo a los informes de sus
agentes en Caracas, eleve hasta ellos a las
«clases viles» en cambio de unos cuantos
miles de reales de vellón de qne bastante
necesitaba entonces el Real tesoro. (1)
Son ellos, o sus descendientes inmedia-
tos, quienes poseídos por nn puro idealismo
democrático, nacido al calor de los princi-
pios abstractos preconizados por los filóso-
fos franceses, van a posponer por un mo-
mento en las juntas patrióticas y en el Con-
greso sus arraigadas preocupaciones de
casta; y borrando de una plumada las «odia-
das distincionesí>, llamarán a aquellas
mismas «clases viles» a compartir con ellos
[1] Esta Cédula llamada de tGracias al Sacan fué ex-
pedida er. 17Q7; el Cabildo o Ayuntamiento de Caracas
lo mif-mo que el de Coro se negó a ponerla en vigencia. Rs
un Arancel sumamente curioso en virtud del cual, el hombre
de origen más oscuro y de más humilde cuna adquiría las pre-
rrogativas nobiliarias mediante unos cuantos miles de reales
de vellón. Cap. 18. Por legitimación a un hijo para here-
dar y gozar o hija que sus padres le hubieren siendo sol-
teros.— 5.Í00. Cap. 49. Por las legitimaciones extraordi-
narias para heredar y gozar de la nobleza de sus padres
a hijos de caballeros profesos de las órdenes militares y
casados y otros de clérigos, deberán servirse unos y otros
con 33.0(J(i Cap. .'(). Por las otras legitimaciones de la
misma clase de las anteriores a hijos habidos en mujeres
solteras siendo sus padres casados, con 23.8()0. Cap. 51.
PTÍvilegio.s de hidalguía, cada uno con 107. OWi. Cap. 63.
Por la concesión del distintivo de Don. 1.40ü Cap. 69. Por
la dispensación de calidad de pardo deberá servirse con 700.
Cap. 70. Id de la calidad de quinterón se deberá servir con
1.100, etc. Blanco y .\zpurúa. Doc. 11, pág. 44 y si-
guientes.
60 LAUREANO VALLENILLA LANZ
los honores 3' preeminencias de la soñada
República democrá tico-federativa.
Los hombres de las «clases baxas afea-
dos por toda especie de bastardías y de
torpezas» que en 1796 «tienen la avilantes
de andar por las calles vestidos contra las
leyes y con gran escándalo de las personas
distinguidas» podrán en 1810 confundirse
con éstas en virtud de una simple declara-
toria. La «terrible igualdad») decretada
por el Monarca concediendo gracias y pre-
rrogativas a la plebe y que los nobles con-
sideraron como causa segura de «un desor-
den social que vendría a convertir esta pre-
ciosa parte del universo en un conjunto
asqueroso y hediondo de pecados, deli-
tos y maldades de todo género», será al
estallar la rebelión una «reivindicación de
los fueros sagrados de la naturaleza, ul-^~~
trajados por el despotismo de España». ~^
Un decreto, un solo decreto, unos simples
rasgos de pluma de ganso, obrarán el
prodigio.
La «Junta Suprema» de Caracas de-
creta «la igualdad de todos los hombres li-
bres»; y el Congreso Constituyente «confie-
re al noble y virtuoso pueblo de Venezue-
la la digna }• honrosa investidura de ciu-
dadanos libres, el verdadero título del
^
LOS INICIADOKKS DK LA REVOLUCIÓN 61
hombre racional», y «proscribe las preo-
cupaciones insensatas, odios y persona-
lidades que tanto detestan las sabias
máximas naturales, políticas y religio-
sas». (1)
Las disposiciones de esa real cédula
de «Gracias al Sacar» que en 1796 y
en 1801 constituían en el concepto de los
nobles de Venezuela un peligro para la
sociedad, y que tan profundamente con-
mueven al Aj'untamiento de Caracas, serán
pálidas ante la amplia declaración de de-
rechos expedida por el mismo A^ainta-
miento transformado en Junta Suprema 3'
en Congreso. La amenaza de que los «Par-
dos, quinterones, mestizos, blancos de
orilla, curanderos, comerciantes, etc., dis-
pensados de su baxa calidad» pudieran
quedar habilitados para los oficios y dig-
nidades exclusivas de personas blancas, no
existirá nueve años más tarde al procla-
marse la Independencia y la República;
«la inmensa distancia que por siglos había
separado a las clases sociales de la Colo-
nia; la ventaja y superioridad de los
[1] Blanco y Azpurúa. — Op. cit.— Cnanto va entre co-
millas es extractado de la representación de los Nobles
al Rey, protestando contra la cédula citada. —Es un do-
cumento de inmenso valor histórico. Algunos otros de la
misma índole existen inéditos en el Archivo Nacional y de
ellos hacemos mención en otros estudios.
62 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Blancos y la baxeza y subordinación de
los Pardos habrán desaparecido para siem-
pre».
Una sola diferencia puede observarse
entre ambas disposiciones. El Re}- de Es-
paña elevaba a los Pardos a la dignidad de
blancos, mediante unos miles de reales;
la revolución encabezada por los nobles
nivela a todas las clases libres 3' las
confunde bajo la denominación de ciu-
dadanos, en virtud de los principios
abstractos que habían conmovido los
tronos, y que por un encadenamiento
lógico de los sucesos, pusieron en
manos de un plebex^o, consagrado por
su genio «Rey de los Reyes», los destinos
del mundo. A sus pies se arrastró como
un vasallo, y depuso cobardemente el
cetro, el propio dueño y señor de estos
dominios.
Cuando el Rey lo ordenaba, aquel
tránsito era espantoso para los blancos, ve-
cinos y naturales de América. ¿Cómo era
posible — preguntaban los nobles — que S.
M. confundiese los vasallos limpios, dis-
tinguidos y honrados con unos hom-
bres de linaje vil y detestable? Si S. J\I.,
obedeciendo a los apasionados informes
de los empleados españoles, persistiere
LOS INICIADORES DE LA REVOLUCIÓN 63
en el propósito de otorg-arles (da gracia»,
ellos, los maiitiianos, «llorosos y compun-
gidos, renunciarían a sns oficios y dexa-
rían la Sala Capitular para que la ocu-
pasen pulperos, gentes de barrios y otros
viles».
III
¿De qué modo se había realizado
aquella rápida y profunda transición en el
espíritu y la mentalidad de nuestra no-
bleza criolla?
La Revolución de «mímicas» que
derrocó a Emparan, convirtiendo a los
nobles en demócratas y republicanos,
había hecho de aquellos otros «hombres
afeados por un encadenamiento de bas-
tardías y torpezas», un pueblo virtuoso,
noble, inteligente, capaz de levantarse
a la elevada dignidad de ciudadano.
Olvidados, extinguidos para siempre
quedaban los odios, enredos y chismes,
que hasta entre los propios nobles, origi-
naban aquellos pleitos interminables sobre
limpieza de sangre, (1) que casi ocuparon
[I]. «También es verdad que haj' imichos pleitos pro-
movidos por Pardos que pretenden acreditar que son
Blancosi ibd — En el Archivo del Reg:istro Público de
Caracas existejí numerosos expedientes de estos pleitos,
de donde hemos tomado datos sumamente curiosos. Po-
seemos también un expediente original de un pleito de
64 LAUREANO VALLENILLA LANZ
por completo los tribunales durante dos-
cientos años. Ya no se emplearían en las
iglesias parroquiales los libros llamados
de «Pardos», donde se perpetiiaban las
odiosas distinciones de castas al tiempo de
recibir el párvulo el Santo Sacramento
del Bautismo, y que, como una mácula
oprobiosa, desdoraba su descendencia en
muchas generaciones. Ya no volverían
a practicarse aquellas terribles prolijas
inquisiciones genealógicas, imprescindi-
bles no solamente para contraer matri-
monio y recibir las sagradas órdenes, sino
para llegar a ocupar puestos en los Aj'un-
tamientos, en los Tribunales, en los
Cabildos eclesiásticos, en el Real Colegio
de Abogados, en el Consulado, en la
Real Universidad Pontificia, en todas
aquellas instituciones reservadas única-
mente a las clases elevadas.
«Instituímos y mandamos — dice la
Real Cédula que crea el Colegio de
Abogados de Caracas — que para ser re-
cibido cualquier abogado en nuestro Co-
legio, ha^-a de ser de buena vida y cos-
tumbres, apto para desempeñar su oficio,
esta natuialeza, promovido entre dos familias orientales,
progenitores de muchos hombres distinguidos en la po-
lítica y en la ciencia. .\ños y mucho dinero gastaron
probando su nobleza, hasta que habiendo .ipelado a Es-
paña, el Rey las declaró a ambas igualmente nobles.
(
LOS INICIADORES DK LA REVOLUCIÓN 65
hijo legítimo o natural (?) de padres
conocidos, y no bastardo ni espúreo, que
así los pretendientes como sus padres y
abuelos paternos y maternos hayan sido
cristianos viejos, limpios de toda mala
raza de negros, mulatos u otras seme-
jantes, y sin nota alguna de moros,
judíos ni recién convertidos a nuestra
Santa Fe Católica, ni otra que irrogue
infamia, y que faltando alguna de estas
circunstancias, no sea admitido. . . . )»
El pretendiente estaba obligado a
presentar «memoria de su naturaleza, la
de sus padres y abuelos, con expresión
individual de sus nombres y apellidos,
y con las tres fes de bíiutisrao que re-
conocerá con todo cuidado el Secretario
si vienen en forma, }• estándolo, dará
cuenta al Decano, para que precediendo
informe secreto de la calidad y circuns-
tancias del pretendiente, le nombre dos
informantes.,., quienes si antes supie-
ren que el pretendiente tiene alguna nota
o defecto que obste, le procurarán di-
suadir de la pretensión».
No paraba en esto el rebuscamiento
genealógico, pues aunque el pretendiente
saliera airoso de las primeras inquisicio-
nes, quedaba luego sometido a un interro-
66 LAUREANO VAU.ENILLA LANZ
gatorio, en el que había de justificar «sus
calidades cou siete testigos mayores, de
toda excepción y con las fes de bautismo
suyas y de sus padres, legalizadas en
bastante forma». De todas esas pruebas
se formaba al fin un expediente en que,
por lo regular, dadas las exageradas
preocupaciones de la época, quedaban ul-
trajados muchos hombres de superiores
facultades, que más tarde tomarán parte
a favor de la causa realista por odio a
la nobleza, y se distinguirán por sus
crueldades.... Ya lo veremos. (1)
Este colegio fué instituido en 1792,
dieciocho años antes de la Revolución, y
sus estatutos fueron redactados por los
abogados criollos y aprobados por el
Rey. (2)
[1] Otros, sinembargo, fueron patriotas. El doctor Juan
Germán Roscio, por ejemplo, que habiendo deseado per-
tenecer al Real Colegio de 1806, tuvo que pasar por mil
humillaciones, cuyo relato debemos al señor doctor P.
M. Arcaj-a, quien analizó el expediente en El Cojo Ilus-
trado de I? de julio de 1911. Roscio comprobó ser mestizo,
cuarterón, nieto de una india.
[2] Blanco y Azpurúa. — Op. cit. Tomo I, pág. 236 y
siguientes. iRl Rey — Por cuanto por parte del Colegio de
Abogados de la ciudad de Caracas se me ha representado que
en conformidad de lo que se le previno en Real Cédula de
quince de junio del año próximo pasado, acompañaba las
constituciones que para su régimen y gobierno habían for-
mado, etc». Entre los miembros del Colegio, redactores de
las constituciones, figuran, entre otros los doctores Francisco
Espejo, Miguel José Sanz, José Antonio Anzola. Bartolo-
mé Ascanio, quienes lomarán paite activa en la revo-
lución.
LOS INICIADORKS DF. LA RKVOLUCION 67
En esa corporación, como en todas
las otras, privaba el mismo espíritu ex-
clusivista; y 3' a se ve que para nada
se tomaban en cuenta las condiciones in-
telectuales, ni la virtud, ni el carácter,
ni la idoneidad, ni ninguna de esas altas
prendas morales quemas tarde han servido
de pedestal a muchos hombres prominen-
tes, honra y gloria de la República en to-
das las esferas de la actividad social. (1).
IV
Para principios del siglo XIX, las
preocupaciones aristocráticas no habían
sufrido alteración alguna, pues para ser-
vir el más humilde empleo, el de por-
tero, por ejemplo, en cualquiera de
aquellas corporaciones se requería aún
ser «hombre blanco y honrado».
En la representación del Cabildo, que
hemos analizado, los nobles solicitan del
Re}' la supresión de las milicias de Par-
dos, «pues que sólo sirven para fomen-
tar su soberbia y confundir las personas^
[1] El art. 1, Título IV de las instituciones, dice así:
Acordamos que para que el Colegio y sus individuos ten-
gan ei lustre y estimación que es debida, iio ejeiza su
oficio niiigíin abogado en la Real Audiencia, ni en los
Tribunales inferiores, sin que primero sea recibido y
matriculado en nuestro Colegio. — ibd. pág. 432.
68 LAUREANO VALLENII.LA I.ANZ
como que muchas veces adornado un
oficial de su uniforme, dragonas y es-
pada, con un poco de color en la cara
se usurpa obsequios equivocados que ele-
van sus pensamientos a otros objetos más
altos» .
Y no era únicamente Caracas el asiento
de aquella casta aristocrática, hermética
e intransigente; en cada una de las Ca-
pitales de Provincia y de las Ciudades Ca-
pitulares, como Barcelona, Barquisimeto,
Coro, San Carlos, San F'elipe, Guanare,
Mérida, Trujillo, Valencia, Carora, To-
cu3^o, etc., 3^ hasta en algunas villas im-
portantes, existían grupos de nobles con
iguales o peores exclusivismos, formando
una oligarquía opresora 3^ tiránica, siem-
pre en pugna con los agentes enviados
de España. (1) Ellos destituyen mu-
chas veces a los gobernadores 3^ Capitanes
Generales; resisten al cumplimiento de
las Reales Cédulas que podían menoscabar
[1]. Todavía en 1827 existía en Coro, que liabía
sido el asiento de una de las oligarquías municipales
más intransigentes, el mismo núcleo aristocrático, con
la diferencia de que este fué, y siguió siendo,
enemigo de los patriotas como toda la Provincia.
•Ni aun por mi llegada se acercan a verme — de-
cía el Libertador al General Urdaneta en diciembre
de 1826 — como que los pastores son Jefes españoles [rea-
listas] La nobleza de este país permanece renuente
y abstraída de todo, pero cobrando millones, y Coro no
ha valido jamás un millón». — Cartas del Libertador. — Me-
morias de O'Leary, Tomo XXX, pág. 300.
I
LOS INICIADORES DK LA REVOLUCIÓN 69
SUS prerrogativas o herir sus preocupacio-
nes de clase; se alzan contra las dispo-
siciones emanadas de las Audiencias;
forman cuerpos de milicia exclusivos
para distanciarse no sólo de los pardos
sino de los blancos mismos que no pue-
dan ostentar «un linaje limpio» o ejerzan
«oficios y profesiones innobles»; persi-
guen con insultos, chismes y calumnias
que invaden hasta lo más sagrado del
hogar, a los plebeyos que se atreven a
usar el uniforme miliciano; obtienen de
la Corte la derogación de las disposi-
ciones que un tiempo permitían el ma-
trimonio entre las personas blancas y
pardas (1) y abrían a estas la entrada
a las comunidades religiosas; velan por el
estricto cumplimiento de los reglamentos
suntuarios que prohiben a las mujeres de
color engalanarse «con oro, seda, cha-
les y diamantes» privándolas hasta del
uso de las alfombras para hincarse o
sentarse en los templos»; y por últi-
mo, ocupan los tribunales y emplean
una gran parte de su renta entablan-
do pleitos sobre limpieza de sangre con
(1) Practicaban la más completa eiidogomía. hasta opo-
neise a que las mujeres de su casta se casHiau con blHucos
europeos y déla Islas Canarias, como puede vt rse en los
numerosos volúmenes de «Juicios de Disenso» que exií-ten
en el Archivo Nacional.
70 LAUREANO VALLENILI.A LANZ
el Único fin de lustrar su linaje y ex-
cluir de su círculo sacándoles, para
solidificar su preponderancia, a relucir
antiguas y olvidadas máculas a fami-
lias esclarecidas yá por la virtud, el
trabajo y la inteligencia, y de quienes
surgirán muchos personajes notables, y
uno de ellos, Francisco de Miranda,
llenará con su nombre páginas de glo-
ria en la historia de dos continentes.
Recuérdese lo sucedido con Don Se-
bastián de jMiranda, padre del Gene-
ralísimo. Cuando en 1764 se organi-
zaron las milicias y fué nombrado Aíi-
randa Capitán de la Compañía de Blan-
cos Isleños de Caracas, se produjo un
gran escándalo entre los nobles, por el
solo hecho de que Don Sebastián, como
comerciante, «oficio baxo e impropio de
personas blancas», pudiera «ostentar en
las calles el mismo uniforme que los
hombres de superior calidad y sangre
limpia».
Calificado Miranda en las tertulias y
en la calle de mulato, encausado, aven-
turero, indigno; burlado a todas horas
por los nobles en los corrillos, se pro-
movió al fin un juicio cuyos detalles
pormenoriza Arístides Rojas eu sus «Orí-
LOS INICIADORES DR LA REVOLUCIÓN 71
genes Venezolanos». Miranda triunfó
en la causa, pues de su parte estu-
vieron las autoridades españolas, pero
no pudiendo soportar las rechiflas de
los enemigos pidió su retiro del ba-
tallón.
En todo ese proceso fué, como siem-
pre, el Cabildo el baluarte poderoso de
las preocupaciones y añagazas de la
nobleza criolla; y quien pasando por
sobre el Gobernador y los Tribunales,
prohibió a Don Sebastián de ^Miranda
«el uso del uniforme y bastón del nue-
vo batallón apercibiéndole que si volvía
a usarlos, lo pondría en la cárcel pú-
blica por dos meses, se le recogería el
bastón y el uniforme que por derecho
se vendería por piezas y sus productos
se aplicarían a los presos de la cárcel». (1)
Don José Solano, Gobernador para
entonces de la Provincia de Venezuela
y quien había inducido a Miranda a
aceptar aquel nombramiento, le apo^-ó
abiertamente, y aunque obtuvo del Rey
la reprobación de todos los actos del
Aj'untamiento, rebajando sus atribucio-
nes y otorgando además a Aliranda «con
1. Archivo Nacional. — Limpieza de Sangre de Don Se-
bastián de Miranda.
72 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
el goce de todas las preemineucias, ex-
cepciones, fueros y prerrogativas mili-
tares, el permiso de usar bastón y ves-
tir uniforme de Capitán reformado del
nuevo batallón de milicias», no pudo,
por más que el Rey ordenara «perpe-
tuo silencio sobre la indagación de su
calidad 37' origen», y apercibiendo con pro-
hibición de empleos 3' otras severas pe-
nas a cualquier militar o individuos
del Ayuntamiento que por escrito o de
palabra le moteje o le trate en los
mismos términos que acostumbraba an-
teriormente»; no pudo, decimos, acallar
"los chismes y enredos en que ardía la
ciudad" ni sofocar las calumnias que
pugnaban por ensuciarle hasta la honra
a la madre del futuro Generalísimo.
Apuntando estos hechos, tratando de
penetrar en el estado mental de aque-
llas generaciones, nos confirmamos en
la creencia de que a esas rivalidades
se debió en mucho la triste suerte que
cupo al General ]\Iiranda en Venezue-
la. Recuérdese cuando en 1806 la no-
bleza caraqueña protestó contra las ex-
pediciones de jMiranda y apoyó al Ca-
pitán General, tan decididamente como
lo había hecho en la revolución de Gual
LOS IXrCIADORKS DK LA KHVOLUCION 73
y España; (l) y cuando en 1813 la
«Suprema Junta de Venezuela», en la
«Alocución que dirig'e a los habitantes
de los Distritos comarcanos de la ciudad
de Coro», les dice: «El gobierno oye
con la última amargura, que al compa-
rar la actual conducta de algunos de los
proceres de la ciudad de Coro con la que
observaron el año de 1806, se les
atribuye la nota de haber abandonado
entonces sus hogares a un puñado de
bandidos que insultaban los derechos de
la corona. (2)
Recuérdese que esa misma Junta pro-
hibió a Miranda la entrada a \^ene-
zuela, no por temor a sus ideas radi-
cales respecto de la Independencia, pues
es bien sabida la decisión de los di-
rectores del movimiento a realizarla,
sino porque aquel hombre, a pesar de la
notoriedad que había conquistado en
Europa por sus eminentes cualidades,
continuaba siendo para los nobles de
(1). Blanco y Azpurúa. Tomo IL— El señor Carlos B.
Figueredo, que posee muy buenos documentes copiados
en los archivos de España', publicó en tEl Cojo Unstra-
do.» 1"? de Dio. de 1911, una larga lista de las personas
que en 1S07 contribuyeron para pagar la cabeza del traidor
Miranda. Es curioso observar que el único apellido noble
que no aparece en la lista es el de Bolívar.
(2). Blanco y Azpurüa. — Tomo 11, pág. 437.
74 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Caracas, el mismo plebeyo, el hijo del
isleño comerciante que vestía el uniforme
de General francés, cuando al padre se
le prohibió llevar el de Capitán de mi-
licias urbanas. De allí que a su llegada
a Caracas «fuera recibido con frialdad»
y no sea aventurado suponer que en
la rivalidad de los nobles hacia el hijo de
Don Sebastián de Miranda, esté la clave de
algunos hechos inexplicables que trajeron
como consecuencia la pérdida de la Re-
pública en 1812. (l)
Y nótese que en aquel proceso, en
donde tan exaltadas se exhibieron las
preocupaciones nobiliarias de los crio-
llos, no se trataba de excluir a un
pardo, sino a un comerciante isleño,
por todos conceptos honorable, «que
tenía arraigos con casa poblada y abier-
ta» y estaba íntimamente relacionado
con los altos empleados españoles.
(1). Esta opinión no es solamente nuestra; el Dr. Ri-
cardo Becerra, en su notable iHusa}-© Hi^tó^ico Docu-
mentado de la vida de Don Francisco de Mirandas [págs.
9, 15, 66, 103. Tomo IIJ trata con extensión este asunto
y demuestra cómo en 1S12 prevalecían aún los antiguos
rencores conrra el hijo del Capitán de Milicias. Véase
«El General Mirandaí por el Marqués de Rojas — París
1884. Carta de Patricio Padrón al General Miranda, pág.
537. fPor loque pueda importar, le hago presente que en
una conversación de aristócratas en los Capuchinos dije-
ron que todo.s estaban impuestos de su proceder de Ud.,
que sólo 'a nece.'iidad había oblieado a darle el mando
militar para que los defendiese, pero que concluido esto
se pensaría políticamente para quitárselo!.
LOS INICIADORES DE LA REVOLUCIÓN 75
V
Los reparos y distingos no se refe-
rían, como se ve, solamente a la «gen-
te de color». La ciudad con sus 18.669
habitantes, según el censo del Obispo
Martí, estaba dividida no sólo en es-
clavos, quinterones, cuarterones, mesti-
zos, sino que la misma clase de blancos .se
dividía también en grupos denomina-
dos, despreciativamente, por el barrio
en que estaban domiciliados, o bajo el
calificativo general de blancos de ori-
lla; (1) todos separados hondamente,
y «cuyas constantes disidencias traían in-
cendiada la población con chismes, en-
redos y calumnias; los jueces ocupados
en decidir sobre la calidad de las per-
sonas, viéndose así en Caracas como
en la mayor parte de las ciudades un
número considerable de hombres des-
polvorando archivos y buscando piezas
en que fundar las demandas, a tiem-
po que otros fomentaban la división
(1). Doc. cit. " hay una que otra familia de cuyo
origen se duda, o de que vulgarmente se dice que tiene
de mulato, pero la misma obscuridad, o el lapso deinuchísi-
mos años con respectivos actos posesorios, ha casi borra-
do de la memoria las especies, o hace impracticable la
averiguación de la nota y sus fundamentos; o es de aque-
llas familias que habitan las extremidades de la ciudad
sin influxo y consequencia en lo i^úblico y generali.
76 LAUREANO VALLENILLA LANZ
entre las familias. .. .verdadera polilla
de la sociedad, más perjudicial que el
hambre y que las pestes» (1).
Cuando la sociedad se conmueva,
cuando las trabas sociales y políticas que
contenían hasta cierto punto aquellos
odios desaparezcan, entonces se verá
cómo surgen los instintos despiadados y
la guerra estallará entre aquellas clases
como entre hordas salvajes.
Ante esos detalles que constituyen la
vida íntima de la colonia, desconocidos
o desdeñados por casi todos nuestros his-
toriadores, cabe preguntar: ¿quiénes eran
en Venezuela, por una ley sociológica
perfectamente definida, los verdaderos
opresores de las clases populares? ¿Serían
acaso los agentes venidos de la ^Metrópoli,
que, según la propia expresión de los no-
bles, «miraban la provincia como una po-
sada, contentándose con sufrir el mal por
el poco tiempo que habían de durar en
ella»; o aquellos que apegados al terruño,
celosos de su alta posición, dominan-
do todas las corporaciones y ejerciendo
todos los empleos por sí o por medio de
sus allegados, gobernaban los pueblos }•
los tiranizaban, siendo ellos exclusiva-
(1). Baralt.— Hist. Ant., pág.302.
LOS INICIADORES DK LA RF.VOLUCION 77
mente los llamados a ejercer las funciones
de Alcaldes, corregidores, síndicos, justi-
cias ma\'ores, tenientes de justicia, oficia-
les de milicias, recaudadores de los im-
puestos, celadores del estanco y del fisco,
etc.; y componían la tropa entera de em-
pleados municipales perpetuos y electivos
que reclamaba el complicado organismo
administrativo de la Colonia?
Al estallar la revolución, la mayor
parte de esos agentes subalternos, es-
pañoles o criollos, se acogerán al uno o
al otro bando; y cuando se organice la
República, los que se hayan salvado del
gran naufragio, volverán a ejercer sus
antiguos empleos. Es más o menos el
mismo proceso de nuestras revoluciones
civiles posteriores.
De las luchas entre españoles y crio-
llos y de las de éstos entre sí, están lle-
nos los anales de todas las ciudades
coloniales de Hispano América. Los
ilustres viajeros, Don Jorge Juan y
Don Antonio de Ulloa, quienes en
misión científica recorrieron una gran
parte de la América del Sur, nos han
dejado en sus Noticias Secretas de Amé-
rica {\) una relación circunstanciada de
(1) Concluida su misión científica, se dedicaron a es-
tudiar la situación política y social de e^tas colonias y
78 LAUREANO VALLENILLA LANZ
esa anarquía que nada fue parte a mo-
dificar, y cujeas funestas consecuencias
debían recojer las nuevas nacionalida-
des.
«Es tan general este achaque — dicen
aquellos autores — que no se libertan de
él las primeras cabezas de los pueblos,
las dignidades más respetables ni las
religiones, pues ataca las personas más
cultas, políticas y sabias. Las poblacio-
nes son el teatro público de los dos
partidos opuestos; los cabildos, donde
desfoga su ponzoña la enemistad más
irreconciliable, y las comunidades, donde
continuamente se van inflamando los
ánimos, pues pasa a ser infierno de sus
individuos, apartando de ellos entera-
mente la tranquilidad y teniéndolos en
un continuo desasosiego con las bata-
llas que suscitan las varias especies de
discordias que sirven de alimento al
fuego del aborrecimiento».
Los mismos autores hacen notar que
(das ciudades y poblaciones donde so-
bresalen más los escándalos de estas
parcialidades son las de las serranías;
lo cual proviene sin duda del ningún
escribieron su gran obra que permaneció inédita hasta
1S26 en que la dio a la estampa en Londres don Da-
vid Barry, en la imprenta de R. Taylor.
LOS INlCIAD()Ki:S DK LA RKVOLUCION 79
comercio de forasteros que hay en
ellas».
De modo que tomando en cuenta la
pobreza y aislamiento en que vivieron
durante más de dos siglos los precarios
establecimientos coloniales de Costa Fir-
me, es de calcularse hasta qué punto
subía el odio de nuestros criollos hacia
los españoles así como sus preocupaciones
aristocráticas. (1)
«Aunque las parcialidades de Europeos
y Criollos — continúan los mismos auto-
res— pueden haber originado de muchas
causas, se descubren dos que parecen
las más esenciales; éstas son la dema-
siada vanidad y presunción que reina
^ñ^ los criollos, 3' el miserable y desdi-
chado estado en que llegan regularmente
los europeos cuando pasan de España a
aquellas partes. ... Es de presumirse que
la vanidad de los criollos 3' su presunción
en punto a cabalidad se encumbra tanto,
que cavilan continuamente en la dispo-
sición y orden de sus genealogías, de
modo que les parece no tener que en-
(1) iSi se exceptúan- dice Depoiis— a los empleados que
el gobierno envía allí y quizás comprendiendo a estos
mismos empleados, puede calcularse en sólo cien per-
sonas las que anualmente pasan directamente de la me-
trópoli a la Capitanía General». — Voyage a la Tertt-
Ferme Tomo 1' pígf. 1><5.
80 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
vidiar nada en nobleza 3^ antigüedad a
las primeras casas de Kspaña; y como
están de continuo embelesados en este
punto, se hace asunto en la primera
conversación con los forasteros recién
llegados, para instruirlos en la nobleza
de las casas de cada uno; pero inves-
tigadas imparcial mente, se encuentran
a los primeros pasos tales tropiezos que
es rara la familia donde falta mezcla
de sangre, y otros obstáculos de no me-
nor consideración. Es niu}- gracioso lo
que sucede en estos casos, y es que
ellos mismos se hacen pregoneros de
sus faltas recíprocamente, porque sin
necesidad de indagar sobre el asunto,
al paso que cada uno procura dar a
entender y hacer informe de su pro-
sapia, pintando la nobleza esclarecida de
su familia, para distinguirla de las de-
más que hay en la misma ciudad y
que no se equivoque con aquellas, saca
a luz todas las flaquezas de las otras,
los borrones 3^ tachas que oscurecen su
pureza, de un modo que todo sale a luz;
ésto se repite del mismo modo por todas
las otras contra aquella, 3^ en breve
tiempo quedan todos informados del es-
tado de aquellas familias. Los mismos
europeos que toman por mujeres a aque-
LOS INICIADORES DE LA REVOLUCIÓN 81
lias señoras de la primera gerarquía, no
ig-uoraiido las iiitercadeiicias que padecen
sus familias, tienen despique cuando se
les sonroja con su anterior pobreza y
estado de infelicidad (en que llegan a
América), dándoles en rostro con los
defectos de la ponderada calidad de que
tanto blasonan, 3' ésto suministra bas-
tante materia entre unos y otros para
que nunca se pueda olvidar el senti-
miento de los vituperios que recibe del
partido contrario». (1)
Si tales cosas sucedían en las opu-
lentas colonias del Perú, que son a las
que se refieren los viajeros, donde afluían,
atraídos por la riqueza de sus minas,
multitud de españoles de toda condición,
¿hasta qué punto, repetimos, no subirían
esas disidencias, esa guerra sorda y te-
rrible en las ignoradas ciudades de la
pobre X'^enezuela, donde tanto abundaba
además, la eente de color?
(i; De nuestra arihtocracia como de la de todas las
colonias puede decirse lo que de la de Chile afirman
Amiinátegui y Vicuña Mackenna en su libro La Dicta-
dura de O'Hiffffiíis p. 1.35-36: «En Cliile con reducidas
excepciones, la que se pretendía nobleza era una nobleza
apócrifa que, por dinero, había comjirado un título al
Gabinete de Madrid, y que. a fuerza de cavilaciones, se
había acomodado una genealogía medio decente, que tal
vez no tenía más realidad que el hallarse escrita en un
libro lujosamente encuadernado y de broches de oro. Otros
no tenían títulos sino un simple mayorazgo y mu-
82 LAURKANO VALLEXILLA LANZ
IvOS datos que tenemos son por de-
más curiosos a este respecto, [l] El Li-
cenciado Sanz, que pertenecía a la no-
bleza criolla, 3" fué uno de los au-
tores de las constituciones del Coleeio
de Abogados y más tarde de los pri-
meros y más importantes iniciadores de la
revolución, nos ha dejado el testimonio de
lo que eran para entonces los prejuicios
chos aún ni siquiera eso. El tronco de esas altaneras
familias había sido quizá algún pobre polizón venido de
España sin más riqueza que su sombrero embreado y un
cbaquetón de lana, o algún honrado couiercÍRnte que ha-
bía ganado sus blasones detrás del mostrador de una
tienda. Sinembargo estos colonos ennoblecidos, olvidán-
dose de la humildad de su origen, ostentaban más arro-
gancia que un Montmorency y exigían más acatamiento
que un descendiente de los cruzado». Recuérdese lo que de
nuestros niattinanos escribió José Domingo Díaz, en sus
Recuerdos de la Rebelión de Caracas, imprecando a Bo-
lívar: • Tú y los de tu clase que formaban la nobleza de
Venezuela, y que erais conocidos con el nombre de
Mantuanos. gozabais para con el populacho una conside-
ración tan elevada, cual jamás la tuvieron los Grandes de
Eapaña en la Capital del Reino. Parecía según los actos
exteriores de humillación en éste, que erais formados de
otra masa, o pertenecientes a otra especie». Respecto al
origen de los títulos de nuestra nobleza véanse los artícu-
los que publicamos en «El Nuevo Diarioi julio de 1913:
Los Condes y Marqueses de Caracas. Casi todos esos tí-
tulos fueron pagados con cacao, de donde viene el
mote de ,s[ran cacao, aplicado todavía a aquellos que pre-
sumen de lina superioridad infundada.
(1). Algunos años después de publicado este estudio tu-
vimos ocasión de confirmar cnanto en él decimos con
multitud de datos tomados en los documentos inéditos del
.\rchivo Nacional, pudiendo reconstituir la vida social de la
Colonia, con sus hichas de castas, sus exclusivismos e
intransigencias como puede verse en nuestros estudios ti-
tulados iLa ciudad colonial", en la Reviíta iCultura Venezo-
lana! Nos. 1 V .í. Caracas - 1919.
LOS INICIADORES DE LA REVOLUCIÓN 83
aristocráticos entre la clase elevada de
\'enezuela.
Toda la generación qne proclamó la
Independencia había sido edncada en
aqnellas prácticas «propias solo para for-
mar hombres falsos e hipócritas», ca-
paces de darle a aqnel movimiento en
los primeros días todos los caracteres
de la política italiana en los tiempos
del Cnatrocento y del Siglo XVI; po-
lítica de astucias, de disimulo, de sor-
das intrigas, de procederes ambiguos,
que tenía por únicas miras la abso-
luta dominación del país, el ejercicio
de «la tiranía activa dominante» que di-
jo más tarde el Libertador.
«Bajo la forma de preceptos se le in-
culcan al niño — dice el Licenciado
Sanz — máximas de orgullo y vanidad
que más tarde le inclinan a abusar de
las prerrogativas del nacimiento o la
fortuna, cuyo objeto y fin ignora. Po-
cos niños hay en Caracas que no crez-
can imbuidos en la necia persuasión de
ser más nobles que los otros y que no
estén infatuados con la idea de tener
un abuelo alférez, un tío alcalde, un
hermano fraile o por pariente un clé-
rigo. ¿Y qué oyen en el hogar pater-
84 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
no para corregir esta odiosa educación?
Que Pedro no era de la sangre azul
como Antonio, el cual con razón podía
blasonar de niu}' noble o emparentado,
y jactarse de ser caballero; que la fa-
milia de Juan tenía tal o cual mancha,
y cjue cuando la familia de Francisco
entroncó por medio de un casamiento
desigual, con la de Diego, aquesta se
vistió de luto. Puerilidades y unserias
estas que entorpecen el alma, influ\-en
poderosamente en las costumbres, di-
viden las familias, hacen difíciles su^
alianzas, mantienen entre ellas la des-
confianza y rompen los lazos d,e la
caridad, que es a un tiempo el motivo,
la ocasión y el fundanientq de _la so-
ciedad». ~
Y nótese que esas observaciones de
Sanz se referían exclusivamente a las cla-
ses elevadas, a los descendientes más
o menos puros de los conquistadores,
quienes al estallar la guerra llevarán
a la política las divisiones nacidas y
fomentadas en el hogar, sostendrán ar-
dientemente la lucha entre patriotas y
realistas, y cuando la República se
constituN^a definitivamente, continuarán
divididos ellos y sus descendientes fo-
mentando las revoluciones intestinas,
LOS INICIADORKS DE LA REVOLUCIÓN 85
predicando los más avanzados principios
políticos, agrupándose alrededor de todas
las banderas; y ante la necesidad de vivir,
acallando los exclusivismos de clase
para rendir parias a los caudillos de
toda condición, arrancados de las capas
inferiores de la sociedad por el huracán
de las revoluciones.
Pero no nos adelantemos.
VI
Fijémonos aún en algunos otros de-
talles que pondrán más de relieve esos gér-
menes anárquicos que brotarán vigorosos
con la revolución }' nos darán la clave de al-
gunos sucesos cuyas causas profundas
permanecen todavía en la más completa
obscuridad .
No eran los españoles que llegaban
a Venezuela de clara prosapia. Los po-
cos que venían por su cuenta, huían de la
miseria que allá en la Península los ago-
biaba, y en pos de una fortuna que imagi-
naban fácil; y en cuanto a los empleados
no anduvo nunca muy escrupuloso el Go-
bierno al escogerlos. No hay más que leer
muchas de las novelas y dramas españo-
les de hasta mediados del siglo pasado,
para darse cuenta de la verdadera cali-
86 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
dad de los aventureros que en España lla-
man todavía indianos, representados regu-
larmente por personajes que volvían enri-
quecidos de América, pero sórdidos 3' bru-
tales en extremo.
Ya habían pasado los tiempos de in-
migraciones de hidalgos, segundones de
casas nobles, soldados distinguidos en
las guerras de Flandes y de Italia,
que como Damián del Barrio, García
de Paredes, Garci-González de Silva,
Fernández de Zerpa, Villegas, etc.,
realizaron los milagros de la conquista.
En la imaginación popular se había
desvanecido hacía 3^a dos siglos la le-
3^enda del Dorado y no eran los pro-
ductos de la tierra, arrancados por la
labor incesante en nuestros climas ar-
dorosos, los que pudieran despertar la
codicia española, aun en los tiempos
en que ya el sol de los Carlos y Fe-
lipes descendía al ocaso.
Solamente a los virreinatos de México,
el Perú y acaso al de la Nueva Granada,
emigraba uno que otro noble arruina-
do favorecido con la Gobernación de
una Provincia u otro empleo lucrativo
en las colonias (1). Los que llega-
[1]. Víase Memorias Secretas, etc., pág. 58 y siguientes.
LOS INICIADORES DK LA REVOLUCIÓN 87
ron a \'eiiezuela en los últimos tiem-
pos de la dominación, debían «sus
empleos a alí^ún favorito de la ya co-
rrompida corte», y como eran por lo
regular de «baxa estirpe» tenían nece-
sariamente que ver con ojeriza la em-
pingorotada nobleza criolla, pronta a
cerrarles las puertas y a discutirles su
preponderancia oficial. (1)
Loa españoles, por su parte, tenían
que apoyarse en las clases bajas y fa-
vorecerlas con sus influencias. De allí
aquellos informes enviados a la Corte
en solicitud de prerrogativas para los
blancos }• los pardos del estado llano que
tanto escándalo levantaron en el Cabildo,
y los «pleitos promovidos por pardos que
pretenden acreditar que son blancos» sen-
tenciados en última instancia a favor de
aquéllos por la Corte.
Del año de 1790 hacia adelante los par-
dos estuvieron favorecidos en Caracas por
el Oidor D. Francisco Ignacio Corti-
nes «que teniendo — dicen los nobles —
por demás particulares motivos para
(1). K!n otros estudios nieiicionanios la oposición que ha-
cían las familias nobles a los matrimonios con españoles.
V. Archivo Nacional-Juicios de Divenso.
88 LAURKANO VALLKNILLA LAN¿
abominarlos por su atrevimiento, es de-
clarado protector de ellos con tal ardor
y eficacia, que comunicó sus ideas a
Don Rafael Alcalde, Teniente de Go-
bernador de esta Provincia, que siguió
ciegamente sus pasos }- modo de pen-
sar en la materia, y seduce a los otros
r^Iinistros de la Audiencia para que así
mismo los protejan persuadiéndolos con
informes calumniosos que apadrina ba-
jo el pretexto del conocimiento que su-
pone haber adquirido en el dilatado
tiempo que sirve aquí, con que con-
sigue por una especie de desprecio de
los vecinos limpios y honrados, mani-
festar en los decretos y sentencias tal
adhesión a los Mulatos, que pública-
mente se hace burla y escarnio de
ellos por la injusticia \^ temeridad de
declarar Blancos o en posesión de tales
a personas tenidas y reputadas por Par-
dos, sin embargo de las representa-
ciones de este A\'untamiento, y de las
ciudades de la Provincia; dando ocasión
con tal descaro a que se pierda el res-
peto a la pública autoridad propalán-
dose en las plazas y calles los moti-
vos indecentes de semejante patrocinio,
y teniéndose al expresado Cortines por
autor de pretensiones tan repugnantes
LOS INICIADORKS DE I,A REVOLUCIÓN 89
y de la ruina del orden de las fami-
lias . . . . » ( 1 )
Como se ve, los empleados españoles
trabajaban indirectamente por la evolu-
ción democrática, por la igualación de
las castas; a tiempo que los nobles, los que
van a proclamar en 1810 los derechos del
hombre, clamarán contra el despotismo de
España, lucharán hasta las mismas víspe-
ras de la revolución por conservar las
hondas desigualdades sociales. Por eso
en 1796 y en 1801, «no es ya secre-
ta, sino pública, la lucha entre los ve-
cinos (nobles) }' empleados, cre3-endo
éstos todo el mal que se les pinta o
se han imaginado y persuadidos aqué-
llos de que ignorándose sus derechos
por unos jueces prevenidos, ningún bien
deben esperar» (2). Así se justifica el
hecho singular de que en el partido rea-
lista o o-odo figurara la gran ma3'oría
de los plebeyos y gentes de color.
En vano hemos solicitado datos sobre
el decantado despotismo de los emplea-
dos peninsulares en Venezuela. La Re-
[1]. Véase Blanco y Azpurúa. — Op. cit. Tomo I, págs, 294
295, 311 a 319.
(2). Id. id.
00 LAUREANO VALLENILLA LANZ
volución de Gual y España que pro-
dujo algunos patíbulos y muchas pri-
sioues 3' expulsicnes, encontró a la no-
bleza de Caracas al lado de las autoridades
españolas; y a tal punto llegó su decisión
a favor de España, que en el informe
dirigido por el Capitán General Car-
bonell al Príncipe de la Paz, se exalta
el celo de la nobleza y se piden re-
compensas al Rey, entre otros para el
Marqués del Toro, para Don Francisco
Espejo y Don Rafael Diego Mérida, en-
tonces Secretario de Cámara de la Real
Audiencia, 3^ quien suscribe las senten-
cias contra los conspiradores. Más tarde
este mismo hombre, acusado de haberse
enriquecido con los bienes de las víctimas
de la revolución de Gual 3^ España, será
IMinistro de Bolívar, patriota exaltadí-
simo 3^^ revolucionario turbulento en los
días de Colombia (1).
Y fué que en aquella revolución
no figuraron sino unos pocos sujetos de
mediana distinción social, los demás
eran comerciantes, labradores, zapate-
ros, herreros, barberos, soldados, sar-
gentos, cabos de milicia, etc., y fá-
[1]. Memorias de O' Leary.— Cartas del Libertador.— T,
XXX p. 56.
LOS IiNlCIADORKS DK LA KliVOLUClUiN 91
cil es descubrir la lenidad con que pro-
cedían las autoridades, pues sería ri-
dículo que juzgáramos con el criterio
del día, las leyes terribles que entonces
penaban a los reos de Estado. Ni Car-
bonell, ni Guevara Vasconcellos, me-
recen el calificativo de déspotas y crue-
les; y en cuanto a Eniparan, execrado
por las exaltadas declamaciones patrióti-
cas, que tuvieron su razón de ser en
aquellos tiempos, sus miramientos para
con los nobles conspiradores, antes del 19
de abril y su fácil caída, lo exhiben más
bien como un hombre débil, como un
gobernante inepto.
De manera que en todo el proceso jus-
tificativo de la Revolución no debe ver-
se sino la pugna de los nobles contraías
autoridades españolas, la lucha de los
propietarios territoriales contra el mo-
nopolio comercial, la brega por la do-
minación absoluta entablada de mucho
tiempo atrás por aquella clase social po-
derosa y absorbente, que con razón se
creía dueña exclusiva de esta tierra des-
cubierta, conquistada, colonizada, culti-
vada por sus antepasados. En todas es-
tas causas se fundaba el poder y la in-
fluencia de que gozaba, y no en la pro-
92 LAUREANO VALLENILLA LANZ
blemática limpieza de sangre, que aquí,
como en todas partes, no era más que
un prejuicio.
LOS PREJUICIOS DE CASTA
HETEROGENEIDAD Y DEMOCRACIA
•Tengamos presente que nuestro pueblo no
es el europeo ni el americano del Norte, que
más bien es un compuesto de África y América
que una emanación de la Europa, pues que has-
ta la Kspaña misma deja de ser europea por su
sangre africana, por sus instituciones y por su
carácter!.
El Libkrtador Simón Bolívar.— Zínv.vr-
so de A n ¡ros tura.
T.AN aventurado es afirmar que la
nobleza colonial de Hispano-Araé-
rica, que en Venezuela llevaba el
nombre de vianiuanismo^ no tuviera en
las venas una gran cantidad de sangre
india y negra, como pretender que los es-
pañoles mismos, aun los de más elevada
alcurnia, no estuvieran mezclados con
moros y judíos, incluyendo en la pri-
mera denominación no sólo a los ára-
bes asiáticos que implantaron su domi-
nación en casi toda la Península, sino
94 LAUREANO VALLENILLA LANZ
a los berberiscos y negros puros pro-
cedentes de África, que fueron los que
invadieron en mayor número, pues «sólo
le bastaba atravesar el Estrecho de Gi-
braltar para ir a buscar fortuna en
España».
En casi todo Hispano- América ha per-
sistido por largo tiempo el prejuicio de
considerar a los españoles como una
raza pura, sin tomar en cuenta las di-
versas mezclas que durante largos siglos
se realizaron entre las poblaciones au-
tóctonas o prestabónicas de la Penínsu-
la y los pueblos invasores.
• Después de los fenicios, los griegos, los
cartagineses y los romanos que douiinaron
a España y se mezclaron con sus pueblos
autóctonos, «los árabes se sirvieron de mu-
jeres cristianas para poblar sus harenes 3^
perpetuar su raza». Cuentan los cronistas,
que en las primeras expediciones, treinta
mil mujeres españolas fueron destinadas a
aquel servicio, y todavía existe ho}^ en el
Alcázar de Sevilla un patio llamado de
las Doncellas, cuyo nombre dimana del
tributo anual de un centenar de ellas,
que los cristianos se veían obligados a
pagar a un soberano árabe. Si se consi-
dera que estas jóvenes eran de origen
LOS PKHJUICIÜS VH CASTA 95
muy distinto y que corría por sus ve-
nas sangre ibera, latina, griega y visi-
goda, se reconocerá fácilmente que la
mezcla de cristianos, berberiscos, 3' árabes,
repetida «durante ocho siglos» (1) debía
producir una raza completamente niez-
tiza, en la cual están comprendidas todas
las clases sociales. «Pues había la cir-
cunstancia de que pudiendo los árabes
casarse con las cristianas y judías, sin que
éstas renegasen, fué muy frecuente el caso
de reyes y caudillos árabes que casaron
con señoras cristianas». Altaniira hace
la advertencia de que la oposición de
intereses políticos y la lucha constante
entre los centros cristianos peninsulares
V los invasores, no debe inducir a error
en Dunto de las relaciones ordinarias
entre ambos elementos. Fuera de los
campos de batalla, tratábanse ambos pue-
blos de manera cordial e íntima. Explí-
case que así fuera, por las exigencias
naturales del roce y de la vida próxima, y
por la manera, muy diferente de la actual,
con que se apreciaba entonces la misma
oposición de cristianos y musulmanes,
y por la comunidad de intereses o la
necesidad de mutuo auxilio que a veces
(1) GisTAVE I,E BüN. — La Civilización de ¡os Atabes.
Traducción de Luis Carreras, pág, 135.
96 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
los ligaban. No es de extrañarse, pues,
que se visitasen frecuentemente, que se
ayudasen en las guerras civiles, comer-
ciasen entre sí, y aun se enlazaran por
el matrimonio individuos de uno y otro
pueblo; y no sólo de clases bajas y menos
cultas, sino de las altas 3- poderosas. Así,
Muza, caudillo muí suman de Aragón,
casa a una hija suya con el conde Gar-
cía; Doña Sancha, hija del conde ara-
gonés i\snar Galludo, contrae matri-
nio con Mahommad Altawil, rey moro
de Huesca, engendrando un hijo, ]\Iuza,
que fué luego marido de Doña Dodilde,
hija del rey navarro Jimén Garcés; una
nieta de Iñigo Arista, llamada Doña
Onneca (Iñiga) casó en segundas nupcias
con el príncipe cordobés Abdal: siendo
ambos abuelos de Abderrahamán III; y
por último, el propio iVlmanzor toma por
mujer a Teresa, hija de Bermudo II,
y luego a otra princesa que no se sabe
si era hija del conde Sancho de Cas-
tilla o del rey de Navarra; siendo lo
más extraordinario que, a pesar de no
exigir la ley mahometana la conversión
de la mujer, se dio el caso de que se
convirtiese alguna cristiana sin escrúpulo
V con consentimiento de su familia,
como se sabe de la referida segunda
LOS PREJUICIOS Di; CASTA 97
esposa de Almaiizor. Los criizaiiiientos
debieron ser mi meros en todas las cla-
ses sociales, obligando a ellos también
la falta de mujeres en los guerreros in-
vasores, diferente en ésto de los germa-
nos, cuyas inmigraciones eran en masa
de la población entera. (1)
Pero no fueron árabes asiáticos ni
berberiscos los que únicamente se mez-
claron con la población española. Des-
de los comienzos de la dominación ro-
mana existían en la Península negros
africanos en calidad de esclavos confun-
didos con gentes de otras razas, caídos
en esclavitud como prisioneros de guerra
o extranjeros vendidos. (2) Natural es
suponer que esos esclavos se cruzaron
entre sí, sin reparo alguno, siendo de
la misma condición social.
Otro gran aporte de sangre negra pura
llevaron los portugueses, cuando, ha-
biéndose establecido en las costas occi-
dentales de África, comenzaron a hacer
el comercio de hombres. Hacia la mitad
del siglo X\'I, Damián de Goes valo-
raba en diez o doce mil el número de
(1) Altatviira. — Historia de España y de la civiliza-
ción española. T. I. págs. 249-250. Primera edición.
(2) Altamira. — Ob. cit. t. I, págs. 117.
98 LAUREANO VALLENILLA LANZ
esclavos que se trasportaban anualmente
del país de los negros a Lisboa; sin con-
tar los que procedían de Marruecos. De
Lisboa pasaban unos a Sevilla para tras-
portarlos a América, y otros al interior
de España donde encontraban una con-
dición menos dura que los primeros. (1)
Que estos negros se mezclaron inme-
diatamente con los españoles en la pro-
pia Península no puede dudarse, cono-
ciendo el poco escrúpulo de los meridio-
nales de Europa para mezclarse con razas
antropológicamente distintas (2). Acá
(1) J. ir. GoUNON hoVBE'SS.-£ssa¿s' sur V aduñnistralion
de la Castille au XVI siécle. París. 1760, pág. 92.
(2) En este sentido los españoles se diferenciaron profun-
damente de lo.»; ingleses, lo cual debía influir en el desarrollo
de las colonias fundadas por uno j- otro pueblo, así como en
la evolución social y política de las naciones que de ellas
surgieron. Los colonos ingleses de Isorte América no se
uiezclaron con los indios y mucho menos con los negros. tEn
1620, sintiendo los colonos la necesidad de población,
encargaron a Inglaterra un cargamento de mujeres, asegu-
ladas como puras y sin tacha, las cuales se vendieron a
75 libras de tabaco por persona. Debo decir, en honor de
la justicia, que el cargamento se reputó de tan buena
calidad, que los precios del artículo doblaron al siguiente
año.» E. L.ABOUL-AYK. Estudio sobit la Constitución de los
Estadis Unidos Traducción de Manuel R. García, pág. 58.
Tocqueville establece la diferencia entre los ingleses y los
franceses que colonizaron en la .América del Norte. A tiempo
que éstos se mezclaron inmediatamente con los indios, el
inglés, por el contrario, permaneciendo obstinadamente
apegado a las opiniones, usos, y menores hábitos de sus
padres, es, en medio de las soledades americanas, lo que
era en el seno de las ciudades de Europa; no ha querido,
pues, establecer ningún contacto con los salvajes que des-
preciaba, y ha evitado cuidadosamente el mezclar su san-
gre con la de los bárbaros La Democracia en América.
Traducción de E. Chao, pág. 255, en nota.
Los PKKjUICIOS DK CASTA 99
en América fueron tan poco delicados en
este sentido, que Fray Antonio de Zííñig^a,
hablando del Reino de Quito, le dice
al Rey Felipe II en una memoria del
15 de junio de 1579: «El español tiene
por querida una mestiza o negra y ésta
tiene por esclava a una india». (1)
Las negras fueron en España hasta rega-
lo de reyes; Francisco I, prisionero de Car-
los V, «uo pudo procurarse en aquel enton-
ces más que tina negra, obtenida a duras
penas por su hermana Margarita, quien
pidió noticias de ella después de su vuelta a
la Francia: «el Rey, — le escriben a la
princesa, — tiene siempre buen apetito;
vuestra negra está con él una hora toda
las mañanas.» (2)
II
Cuando la Inquisición, ejerciendo una
influencia poderosa sobre las costumbres
del pueblo español, despertó aquella fuer-
te repulsión religiosa contra los incré
dulos, todas las pequeñas sociedades que
podían darse leyes particulares, exigie-
(1) Documentos inéditos de Indias, tomo XXV'I.
(2) FokNERON. Historia de Felipe //, págr. 5.v Cham-
POLLioN. Cautividad de Francisco I.
I
100 LAUREANO VALLENILLA LANZ
ron, de aquellos que deseaban entrar
en ellas, pruebas más o menos rigurosas
de su pureza de raza, 3' rechazaban todos
los pretendientes que no podían sumi-
nistrarlas. Este fué el origen de los esta-
tutos de limpieza de sangre, que en Ve-
nezuela estuvieron tan en boga hasta
la víspera de la revolución, y aún en
la época en que Caracas volvió a caer
bajo la dominación española (1814 a
1821). Las corporaciones científicas, las
órdenes militares, algunas comunidades
religiosas, la iglesia de Toledo y algu-
nas otras a ejemplo su3'o; las cofradías,
las municipalidades, 3' una multitud de
otras corporaciones, decretaron estatutos
semejantes en virtud de los cuales se
pronunciaba una exclusión absoluta con-
tra toda persona que tuviera la desgra-
cia de que se le comprobara descen-
der de un judío, de un mahometano,
de un hereje, o de un condenado por
el Santo Oficio, cualesquiera que fuesen
su mérito, su nobleza, o la pureza de su
fé. (1) No podían las familias ser me-
tí) «Hasta los picapedreros decretaron sus estatutos, lo-
cual hizo reír al autor de los Claros l'arofies de Castilla;
pero le causó :ndÍRnación la ordenanza de las autoridades
de Guipúzcoa, que declaraba sosp>echosns de alianza con
los infieles a todos los habitantes del Mediodía, prohibien-
do por consecuencia contraer matrimonio con ellos y aún
fijarse en estas provincias.»
I,()S I'KKJUICIOS DI-: CASTA lÜl
nos escrupulosas (|ue las corporaciones;
ellas debían serlo tanto más, cuanto cual-
quier nial matrimonio era suficiente para
privar por siempre a todos sus descen-
dientes de los honores y beneficios co-
locados bajo el imperio de los estatutos;
rebajándolos a una clase tachada de in-
famia, como sucedía aquí con los mulatos.
Los matrimonios no llegaban a efectuarse
sino después de las más laboriosas investi-
gaciones, para las cuales no se vacilaba en
emprender viajes lejanos y costosos; y a
la menor duda, a la más ligera sospe-
cha de mezcla con las razas infieles o con
los condenados de la inquisición, se re-
nunciaba a los ventajosos proyectos de
matrimonio. (1)
Pero no hay que tomar las cosas de
manera tan absoluta. La humanidad no
se encierra jamás en estos moldes inflexi-
bles y estrechos. Muchas familias cris-
tianas viejas, como se decía en el len-
guaje de la época, cu3'o patrimonio se
(1) En Venezuela, donde no existían moros, ni judíos, ni
recién convertidos, los escrúpulos se redujerf)n a no tener
mezclas de negros ni de mulatos, pues la descendencia de
indígenas no se consideraba como mácula. Kn el Archi-
vo Nacional existe una gran cantidad de expedientes de
Disensos [impedimentos para contraer matrimonios], pues,
según la pragmática de Carlos III, no sólo los padres y
abuelos sino que, a falta de éstos, cualquier pariente podía
oponerse a un matrimonio que se considerase perjudicial
al honor de la familia.
102 LAUREANO VALLENILLA LANZ
había disipado en el fausto o por un
manejo desordenado, se valían de tretas
e influencias para unirse ccn moriscos
y judíos convertidos 3' restablecer así su
fortuna y conservar su rango; pues los
judíos enriquecidos por la usura, y los
moros laboriosos y económicos, habían
conservado, en convirtiéndose, sus cuali-
dades 3^ su fortuna. Precisamente era
para conservarlas, por lo que habían ab-
jurado de su fé. Los cristianos viejos,
no hacían, por otra parte, sino seguir el
ejemplo del Príncipe, quien aceptaba y
recompensaba los servicios de todos,
sin distinción de origen; y el ejemplo
de la misma iglesia, que confería sus
beneficios y sus dignidades sin exigir
otra condición que la de profesar abierta-
mente su credo. (1)
Durante el reinado de Carlos V los
estatutos de limpieza de sangre fueron
aplicados con cierta moderación; pero
bajo el rigorismo de Felipe II se llegó
a tal extremo, que el mismo Rey, aunque
(1) GouNON-LorBKNS. ob. cit. Fkrnán Pérkz de Gvz-
MÁN. Generaciones y Se)nbtanzas, c. 26. «Vida de don
Pablo, grande sabio y notable hombre.» Rste judío, des-
pués de su conversión, fué nombrado obi.spo de Cartage-
na y Burgos, y más tarde Gran Canciller de Castilla, bajo
Enrique III, quien lo colocó, además, en el número de sus
albaceas testamentarios.
LOS PRKJUICIOS DE CASTA 103
por una inclinación natural de su carác-
ter, aprobaba la aplicación estricta de los
estatutos en tanto que estuviesen violen-
tes, reconoció los grandes trastornos de
todo género que ellos producían 3-, ad-
mitiendo la oportunidad de una reforma,
nombró una junta especial que propuso
reducir el campo de información a un
espacio de cien años, para las órdenes
militares, las iglesias y los colegios.
(1) Pero bajo el reinado de Felipe II
una reforma hubiera resultado un contra-
sentido y las cosas quedaron en el mismo
estado.
En el reinado siguiente se discutió de
nuevo la necesidad de limitar por una
le}' las exclusiones pronunciadas por los
estatutos, y con este motivo se produ-
jeron multitud de escritos de un gran
interés histórico y social, entre los cua-
les se señala la obra de Fray Agustín Sa-
lucio, teólogo de la Orden de Santo Do-
mingo. (2) El fraile resume en el
libro, con tanta fuerza como moderación,
los argumentos contrarios a los esta-
(1) Ks decir, que bastaba comprobar que en cien años
atrás el interesado no había tenido entre sus ascendientes
ningún individuo reprobado por los estatutos.
(2) Discursos acerca de los estatutos de limpieza de
sangre. Semanario Entdiío, t. XV.
104 LAUREANO VALLENILLA LANZ
tutos. Con la ayuda de un cálculo su-
mamente sencillo demostraba que cada
uno de los españoles, aun el de más ilus-
tre prosapia, podía ser convencido sin
pizca de duda, de descender de un moro
o de un judío, y tener su origen en lo que
había de más vil en el mundo; afirmación
ésta que deben tener muy en cuenta
los genealogistas, que no temen en sus
investigaciones, tropezarse de repente
con el negro o el indio ancestral.
Considerando los ascendientes de cual-
quiera de sus contemporáneos hacía ver
que el número de aquellos en cada ge-
neración se acrecía, en el orden retrógrado,
según una progresión geométrica cuya
razón es 2, de modo que cualquiera de
ellos descendía de 1.048.576 personas que
habían vivido en el espacio de seis siglos
atrás. Y sería insensato pretender que
entre esa muchedumbre no se encontra-
ran algunos individuos tachados por los
estatutos. Abrazando solamente el perío-
do de cien años, cada individuo contaba
con 250 ascendientes, número suficiente
para arrojar una absoluta obscuridad sobre
el origen de las más nobles familias.
Por consecuencia, concluía el dominico,
es odioso y ridículo entregarse a estas
inquisiciones que necesariamente tienen
1
LOS PREJUICIOS DE CASTA 105
que extraviarse en la más impura pro-
miscuidad de la especie. (1)
Pero en España, el mayor número de
individuos de raza indoeuropea casi ab-
sorbió por completo los elementos asiáticos
y africanos, sobre todo en las regiones
frías, donde el clima ayudaba a la pronta
eliminación de estos últimos. (2)
En todo el Mediodía no sólo de España,
sino de toda Europa, donde el número de
elementos africanos fué mayor y dominó
por más largo tiempo, prevalecen aún,
aunque muy atenuados, sus caracteres
(1) GOUNON-LODBENS. Ob. cit. , cap. III. División des
personius. El sabio biologista francés Félix Le Dantkc; en
la introduccióu a su admiiable obra Les Infhíences Ancestra-
les^. 15 hace el mismo cálculo del Padre Salucio. iLa pro-
genie de un hombre o de un animal superior no es simple,
un hombre proviene de dos padres quienes, cada uno por
su cuenta, tenían igualmente dos padres, y así sucesiva-
mente: nuestra ascendencia es por lo tanto infinitamente
dicotómica; calculando cuatro generaciones por siglo, resul-
ta para cada uno de nosotros, ascendiendo ocho siglos,
muchos centenares de millones de antepasados directos,
cuya estudio, así como el de las generaciones intermedia-
rias, sería indispensable para establecer todas las influen-
cias ance>trales posibles.
(2) Este proceso de homogenización se ha verificado
también en la República Argentina, en el curso de esta pri-
mera centuria de su independencia, por la enorme inmi-
gración euiopea. "Aquí no ha existido — dice el doctor Aya-
rragaray — como en Norte América, la prevención contra el
negro y contra el indio; a unos y otros, felizmente nos los
hemos tragado y están ya casi digeridos y asimilados, a
punto tal, que es difícil ahora entrever en muchas gentes
refinadas y principalísimas al negro o al indio ancestral..
Socialismo Argenlitio y Legislación Obrera, pág. 22.
106 LAUREANO VALLENILLA LANZ
somáticos y parece también que sus carac-
teres morales. (1)
Bn España como eu Francia, el pre-
juicio religioso prevaleció sobre el pre-
juicio de raza; fenómeno exactamente
igual al observado en los musulmanes,
a quienes no choca la heterogeneidad
de razas, pero no pueden soportar la he-
torogeneidad de religiones: sus ejércitos
se componen de árabes, kurdos, berbe-
ricos, circasianos; pero no podrían so-
portar de cerca a un cristiano. (2)
Acá, en Venezuela, por el contrario,
la gran cantidad de elementos hetero-
géneos hizo que se fundaran las distin-
ciones sociales en el color de la piel.
Como en la India, «diferencia de castas
significó originariamente diferencia de
(1) Lombroso ha dicho que en el Sur de Italia es donde
ocurren ma3-or número de homicidios. Si en Lonibardía
ocurren 22, en Calabria 286. Y añade: fltalia debe a los ele-
mentos africanos y orientales [salvo los griegos] el origen de
sus homicidios, tan frecuentes en las Calabrias, Sicilia y
Cerdeña, mientras su frecuencia menor [en Lombardía]
es debida al predominio de las razas germánicasi. El
Delilo, sus causas y remedios, págs ^2 y 43. Depons ob-
servó que en nuestra época colonial el mayor número de
homicidios eran cometidos por andaluces y por zambos. No
tenemos a la mano ningún dato respecto de España, pero
podemos asegurar que en las provincias del Sur la crimi-
nalidad es maj-or que en las del Norte, l^oyag-e a ¡a Pat fie
Oriéntale de ía Teñe Ferme, t. 3°
(2) BoüGLE. Les idees egaliiaires.
Los rKKjmCIOS Uh CASTA 107
color (varna))) (1) y la gerarquización de
clases filé «la consagración social de la
escala etnográfica». (2)
Colocado el español y su descendiente
más o menos puro, c/ blanco^ en el
vértice de la sociedad colonial, gozando
de todos los derechos y prerrogativas, era
natural el empeño que tenían las otras
clases de comprobar la lÍ7npicza de san-
gre para alcanzar los mismos privilegios
políticos y sociales que la corona otorgó
desde los primeros tiempos a los des-
cendientes de los conquistadores y po-
bladores, quienes, al organizarse el régi-
men colonial, quedaron constituyendo la
clase elevada, el luantiianisnw.
Pero estas investigaciones de limpieza
de sangre tenían que ser aquí tan arbi-
trarias como en la misma España; y
como no fué muy grande la cantidad de
mujeres que los conquistadores y pobla-
dores trajeron de la Península, un cálculo
tan sencillo como el de Fray Agustín
Salucio, era suficiente para declarar de
mala raza a los que más se preciaban
(1) Senart. Les casles dans V Inde. Revue Des Deux
.^rondes. 1894, I, p|g. no.
-') RiSLEY. Resumen de Senart, A cit.
108 LAUREANO VALLENILLA LANZ
pureza. Y sucedía que mientras más J
igua fuera la familia, más probabilida- "
de
anti|
des había de encontrar entre sus ascendien-
tes algún elemento puro del África. (1) M
III
Ya se ha visto cómo el color de la
piel, los caracteres somáticos, mejor
dicho, después de realizada la evolución
étnica en el sentido del blanco, no po-
dían constituir una prueba, tanto menos
cuanto que cualquier qiiinicion podía ser
del mismo color y aún más blanco que
un andaluz recién llegado.
Booker Washington, el eminente negro
norteamericano, se regocija escribiendo
sobre las dificultades en que se encuen-
tran frecuentemente los Jefes de trenes
en los Estados Unidos, en aquella demo-
cracia suigéneris, en donde los prejui-
cios de raza prevalecen por sobre las
(1) El término de ¿/awfo^, más bien que indicativo de ra-
zas puramente de este color, era una calificación legal que
abarcaba, así a los individuos de casta europea, como a los
mestizos, ésto es, a las personas que tenían sangre indígena
mezclada con la blancai. "I<a mayor parte de los indivi-
duos que figuraban como blancos en los últimos censos
de la época colonial, eran en realidad niestizosi. Doctor
Pedro Manuel Arcaya en su interesante estudio titulado:
Factores iniciales de la ei'olución politiía venezolana, en
el libro: Estudios sobre personajes y lieclios de la Historia
venezolana. Págs. 253 y siguiente.
LOS PKKJUICIOS DE CASTA 109
más rudimentarias nociones de huma-
nidad. «Tal viajero, ¿es negro o no lo
es? — se preguntan, perplejos, los emplea-
dos.— En el primer caso es necesario
hacerlo entrar en los vagones destinados
a la gente de color. Pero. . . .si 7io fuese
¡icjrro^ y se le asigna un lugar conside-
rado humillante para los blancos ¡qué
responsabilidad! Los Tribunales ameri-
canos— agrega Jean Finot, de quien toma-
mos esta cita — , han tenido que juzgar
muchas veces casos en que meridionales
de Europa, «tomadas equivocadamente
\)0x mujeres de color e introducidas a la
fuerza en los vagones destinados a los
negros, han pedido y obtenido fuertes
indemnizaciones, (l)
Refiriéndose a las inquisiciones de
limpieza de sangre^ dice con toda pro-
]»iedad el doctor Gil Fortoul, que «el
color más o menos claro u oscuro déla
piel, apenas podía servir de criterio a
las indagaciones de origen, porque mu-
chos peninsulares, mezclados de sangre
arábiga, eran más prietos que los mismos
mestizos». (2)
Recordamos a este propósito, que cuan-
(1) Jean Finot. El prejuicio de razas, pág. 452.
(2) Historia Conslilucional de Venezuela, tomo I, pág. 58.
lio LAUREANO VAU-ENILLA LANZ
do por los años de 1834 se fundó en Cara-
cas la Sociedad de Amigos del País, algu-
nos individuos, pertenecientes al antiguo
maiiiuanisino que conservaban aún en
toda su fuerza los prejuicios coloniales,
no obstante el movimiento igualitario que
se realizó bajo las banderas de la Inde-
pendencia, publicaron una hoja suelta
en que proponían se excluyese a los
pardos de aquella corporación. «En Ve-
nezuela, decían, no se conseguirá que
despierte nunca el espíritu de asociación
si continuamos pretendiendo que ésta se
componga de las diversas clases que des-
graciadamente matizan nuestra República,
así como estaríamos perfectamente de
acuerdo si, girando cada una en su órbita
natural, contribuyesen todas al laudable
fin que nos proponemos». Y agregaban
en una nota: «No pretendemos agra-
viar a los dignos señores que por su
buena reputación lian sido admitidos
como socios, a pesar de no pertenecer
a la clase de los demás. Al fin son
pudientes \sic^ y ésto siempre es algo;
sin embargo nos es forzoso emitir franca-
mente nuestras ideas en asuntos de tanto
interés». (1) Pocos días después el pe-
(1) Hojas sueltas firmadas Unos aviigos del orden. Ca-
racas. Imprenta de A. Damirón. 1834. Los firmantes se
k
LOS l'klíJUICIOS DK CASTA 111
riódico titulado Hl Nacional^ redactado
por el notable escritor Domiu^o Briceño
3^ Briceño, sostuvo las mismas ideas,
a lo cual contestaron los agraviados en
otra hoja suelta firmada Unos ¡lonibrrs:
«Circula hoy entre nosotros, con escán-
dalo de los verdaderos republicanos /:7
\iuio)i(i/, número 26, encu^yo penúltimo
párrafo se pretende conservar las antiguas
clasificaciones, denominando Pardos a una
nia3-oría de venezolanos que por primera
vez, desde el 19 de Abril de 1810, se les
hace entender por la prensa que han sido
infructuosos sus sacrificios hechos en aras
de la patria. Su sangre derramada en los
combates por la Independencia: millares
de víctimas sacrificadas en los altares de la
Igualdad: sus derechos políticos afianzados
por la constitución, todo esto no vale nada,
porque así lo quieren el señor D. B. y B.,
redactor de El Nacional y algunos otros
patriólas de 7iuevo aiño. ¿Quiénes son esos
pardos que la filosofía desconoce, que Ve-
nezuela refundió en la gran masa de sus
hijos a su regeneración política, y que, en
fin, no pueden existir sino en la fantasma-
declaran partidarios de la candidatura del doctor Vargas
para la Presidencia de la República; dato que consideramos
de la mavor importancia para cuando estudiemos la evo-
lución dé nuestros partidos históricos.
112 LAUREANO VALLEXILLA LANZ
goría nobilaria o en la pobre imagina-
ción de algún aspirante visionario? Si
son pardos los hombres de cierto color
trigueño o nioraduzco, ciertamente que a
su vanguardia deberíamos poner a nues-
tro B. y B». (1)
IV
En A'enezuela se conservaron con ma-
yor fuerza los prejuicios de raza, precisa-
mente por la gran cantidad de gente de
color que resultó de la unión de los
españoles con los negros. A fines del
siglo XVIII se calculaba en 406.000
el número de ((razas mixtas o gentes de
color libres» y el inmenso número de
esclavos, sobre todo en la antigua provin-
cia de Venezuela, era una fuente ina-
gotable de mulatos que alarmaba a los
blajicos.
En 1817, ya en plena evolución
igualitaria, el Síndico Procurador Gene-
ral del Ayuntamiento de la ciudad de
Coro, don Mariano de Arcaya 3' Chi-
rinos, se manifiesta alarmado ((por los
(1 ) Hoja suelta titulada Escándalo. Imprenta, de A. Da-
mirón. Caracas, 1S.Í4. Briceño y Briceño pertenecía a una
de las familias más distinguidas y antiguas de Venezuela.
Estos patriólas de yiitei'o cufio eran los antiguos realistas y
sus descendientes; es decir, los godos.
LOS PKKJUICIOS DE CASTA 113
cuidados y sobresaltos que inquietan a
las familias nobles y blancas de esta ciu-
dad y su distrito, por la facilidad conque
se ve en estos días celebrarse los ma-
trimonios entre personas notoriamente
desiguales») y cree «que dejaría de cum-
plir su oficio si no presentase el hecho
como un mal público que ha caído so-
bre estos habitantes y les amenaza con
la confusión de clases, invirtiendo el
orden de las gerarquías civiles, base
fundamental de nuestro sistema políti-
co. .. . Este pueblo, señores, clama al-
tamente por la contención de tales abu-
sos, que lloran unos y temen todos.
Las familias de notoria nobleza y co-
nocida limpieza de sangre, viven azoradas
aguardando el momento de ver uno de
sus individuos imprevisivamente casado
con un coyote o con un zambo. ... al
paso que se camina en Coro, en breve
desaparecerán las casas de una antigua
nobleza, tanto aquí como en los lugares
de su origen, y esta calidad que ha cos-
tado a sus ascendientes el adquirirla a
punta de lanza, y a sus descendientes
muchas fatigas y trabajos el conservarla,
se borrará para siempre....» Este cu-
rioso documento, como muchos otros de
su misma especie, se halla en el Ar-
114 LAUREANO VALLENILLA LANZ
chivo Nacional. Advirtamos de paso
que el muy ilustrado doctor P. AI.
Arcay cL, uiega la existencia de aquellas
aristocracias municipales, de aquellas
oligarquías opresoras y tiránicas en las
.ciudades de Venezuela, que constituían,
no ya una clase sino una casta, con
todos los caracteres típicos de este ins-
titución. (1) La de Coro, no sólo fue
de las más intransigentes que tuvo la
Colonia, sino la más consecuente con
sus principios, porque combatió hasta
última hora la revolución de la indepen-
dencia. Ya lo veremos. (2)
Tocqueville observó que la preocupa-
ción de raza era más grande en aquellos
de los Estados Unidos que habían abo-
lido la esclavitud, que en aquellos donde
la conservaban: y en ninguna parte se
manifestaba tan intolerable como en los
Estados donde la servidumbre era des-
conocida. En donde se había abolido,
(1) "Horreur des niésalliances, crainte des contacts im-
purs, lépulsion a 1" égard de tous ceux doiit on n' est pas
parent, tels nous paiaissert etre les signes caractéristiques
de r espiíit de caste Repulsión, hierarchie. specialisa-
tion herediditaire, 1' espirit de caste reunit ees trois ten-
dances» C. Rougle. — Es sais sur le Rrgime des Gastes, p, 4.
(2) El estudio del señor doctor Arcaya, titulado:
• Apuntaciones sobres las clases sociales de la Colonial, y
en el cual refuta uno de los nuestros reproducido en este
volumen, puede leerse en su libro antes citado págs. 127
y sigtes.
LOS PREJUICIOS DK CASTA 115
la ley concedía al iiej^ro derechos elec-
torales y le abría el banco de los jura-
dos; pero de todas partes sinenibargo
era rechazado por los blancos. Las preo-
cupaciones aumentaban a proporción que
los negros dejaban de ser esclavos,
y la desigualdad se acentuaba en las
costumbres a medida que se borraba eu
las leyes. (1)
Era precisamente contra aquellos cuya
semejanza con los blancos gritaba la
injusticia de los prejuicios de raza (2)
contra los que se exasperaba más la in-
transigencia de los niautuanos porque
ya las distinciones de color no era
posible alegarlas como fundamento de
desigualdades sociales. El proceso de la
naturaleza, que venía realizándose fatal-
mente desde los primeros tiempos de la
colonia, abriendo el camino de la ascen-
sión social a los descendientes de afri-
canos que iban mejorando sus caracte-
res somáticos por los enlaces sucesivos
con los blancos hasta confundirse con
éstos, tenía que continuar imperturba-
ble a despecho de las trabas sociales.
Los que todavía, imbuidos en los viejos
(1) La Democracia en América, páprs. 264 y 265,
(2) V. JHAX FiNOT. Ob. cit., páK. 252.
116 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
prejuicios y poco al tanto de las con-
clusiones de la ciencia, sientan desagra-
do al leer estas líneas, deben consolarse
por el convencimiento de que nunca, al
menos en la época histórica, han exis-
tido razas puras en el mundo. Ivl con-
de de Gobineau, el precursor de una
ciencia en derrota que se llama la an-
troposociología, se lamentaba de la cre-
ciente promiscuidad europea, la «química
de las razas», que, según él, produciría
la completa decadencia de los pueblos
civilizados; y les gritaba a las naciones
europeas: «Mestizos, cien veces mes-
tizos». (1)
La asimilación de los grupos sociales
a las especies étnicas, «ha podido servir
a ciertos intereses o a ciertas pasiones
políticas; pero la ciencia, propiamente
dicha, parece renunciar a ello decidida-
mente». (2) Entre raza y nación no
existe ho\' ninguna relación. «Las razas
son concepciones, ha dicho Topinard».
(3) Sólo los pueblos son realidades.
La impureza étnica de las naciones
(1) Essai sur Vinégalilé des races huuiaines 2e. edit. I,
p. 219.
■ (2) Seignobo. Inírodiilion aux Eludes Hisloriques, p.
20» en nota.
(3) L' H omine dans la Nalure, págs. 37-39.
LOS PREJUICIOS DE CASTA 117
alimenta al mismo tiempo que su civi-
lización misma. (1) Por todas partes
y en todos los tiempos se han visto,
como entre nosotros, razas diferentes en
oposición. ¿Qué es la historia, según
muchos sociólogos, sino una «lucha de
razas»? Pero en todos los pueblos, aún en
aquellos que, como la India, ha sido el
país clásico del rcgiiuen de las casias^ las
más fuertes oposiciones ceden a la larga.
El amor es más poderoso que todos los
prejuicios. En las historias sangrientas,
como en las comedias, todo termina en
matrimonio. (2)
La preponderancia que en Venezuela
tuvo la nobleza criolla, repetimos, se
apoyaba sobre fundamentos más sólidos
que su problemática limpieza de sangre.
Fundamentos históricos, sociales 3' econó-
micos, que dieron a aquella casta domi-
nante el derecho de sacudir el yugo que la
mantenía en un grado humillante de in-
ferioridad política dentro de su propia pa-
tria. He allí el argumento primordial de
la independencia, o de la emancipación,
que es el término más preciso.
Pero basta pensar en todas las circuns-
tancias apuntadas, para comprender las
(1) BouGLÉ. ob. cit., pág. 152.
(2) BouGLÉ. Es sais sur le régimedts casles, pág. 123.
118 LAUREANO VALLENILLA LANZ
profundas repercuciones que necesaria-
mente debía tener la revolución en aque-
lla sociedad «afectada por una anarquía
latente» 3- cuya historia íntima no es
otra cosa que la lucha constante, el
choque diario, la pugna secular de las
castas; la repulsión por una parte 3^ el
odio profundo e implacable por la otra,
que estalló con toda su violencia cuando
el movimiento revolucionario vino a rom-
per el equilibrio, a destruir el inmovi-
lismo y el misoneísmo que mantenía la
gerarquización social. «El reposo-dice
Humboldt, hablando de nuestra sociedad
colonial, (1) ha sido el resultado del
hábito de la preponderancia de algunas
familias poderosas \' sobre todo del equi-
brio que se halla establecido entre fuer-
zas enemigas». «El inmovilísmo o miso-
neísmo, es la única le3' de conservación
en las sociedades compuestas de elemen-
tos heterogéneos 3' afectadas por hosti-
lidades latentes o declaradas; y en las
cuales toda sacudida de donde quiera
que parta constitu3'e un peligro; 3' aún
las medidas más útiles deben ser evi-
tadas, si de ellas resulta una sacudida
cualquiera». (2) Ha3^ que tomar en
(1) yiajf alas Regiones Equinoxiales, t. IV, p. 170.
(2) Palaiites. Piréis de Soeiologie, p. 88.
LOS PREJUICIOS DE CASTA llV
cuenta además, que «la idea de la igual-
dad teórica ha sido sugerida al hombre
por uua necesidad práctica. . . .Contraria-
da por móviles políticos 3- económicos,
retardada por acontecimientos tales como
la guerra, la esclavitud o la usur-
pación del suelo, la tendencia iguali-
taria, la democracia, para darle su ver-
dadero nombre, se aprovecha de todo lo
que trastorne el orden en una sociedad
de castas y de clases. Desde el instante
mismo en que un acontecimiento cual-
quiera viene a quebrantar el equilibrio
de un grupo social, a disolverlo en polvo
individual, la igualdad se extiende vio-
lentamente, como se extiende el agua en
un depósito de compartimientos cuando
éstos se rompen». (1) El carácter feroz
que asumió la revolución en \'enezuela
a.sí como nuestra rápida evolución igua-
litaria, hechos de que no hay ejemplo en
ninguno de los otros pueblos de Hispano-
América, se halla explicado en parte, por
la heterogeneidad misma de la sociedad
colonial
(1) Paul I.nconilje. De I' Histoire cvmiderie conivie
Science p. 95.
LA INSURRECCIÓN POPULAR
ES en nombre de la Enciclopedia^ en
nombre de la filosofía racionalista, en
nombre del optimismo humanitario
de Condorcet 3' de Rousseau como los re-
volucionarios de 1810 y los constitu-
yentes de 1811 surgidos en su totalidad
de las altas clases sociales, decretan la
igualdad política y civil de todos los
hombres libres.
Kn este sentido, nuestra revolución
fué también un «error de psicología».
Considerando el hombre natural como
un ser esencialmente razonable y bueno:
depravado accidentalmente por una or-
ganización social defectuosa, creyeron,
como los precursores y los teóricos de
la Revolución Francesa, que bastaba una
simple declaración de derechos para que
aquellos mismos a quienes «el bárbaro
sistema colonial tenía condenados al ab-
yecto estado de semi-hombres o semi-
bestias» se transformaran con increíble
rapidez en «un pueblo noble y virtuoso
1
LA INSURRECCIÓN POPULAR 121
consciente de su misión }• arbitro de sus
dereclios». (1)
Pero cuando el virtuosísimo pueblo
se insubordine; cuando destituida la au-
toridad y rotas las disciplinas que las
contenían, las pasiones brutales se des-
borden, la sociedad se desmigaje, y los
capataces, los contrabandistas, los pul-
peros aparezcan a la cabeza de las
montoneras sublevadas; cuando provin-
cias enteras empujadas por sus proceres
se levanten para vengar viejas rencillas;
cuando en el fondo de cada ciudad, de
cada aldea, de cada vecindario estallen
los odios 3" las rivalidades hereditarias;
cuando los esclavos se alcen contra los
amos, los peones contra los propietarios,
las plebeyos contra los nobles, los con-
trabandistas contra los agentes del fisco
y el país entero se convierta en un «vas-
to y horroroso campo de carnicería». Y
se vean surgir del fondo de nuestras 11a-
[I] Documentos de lilaiico y Azpurúa. — Tomos II y III.
Véase todo lo relativo a la Junta Suprema y al Cf)ngTeso.
— Es notable entre otros el discurso del doctor Francisco
Espejo, Presidente de la Alta Corte de Justicia en el
acto de prestar eljuianiento ante el Congreso.— Tomo III.
pág. 199.
122 IvAUREANO VALLENILLA LANZ
nuras hordas bárbaras sin sujeción a nin-
guna autoridad, ni a ninguna ley huma-
na, entonces a}"! entonces, el despertar
será espantoso! A los sonrosados sueños
de regeneración social, a la concepción
ideal del hombre abstracto, a la utópica
fe en la influencia poderosa de los prin-
cipios y de las declamaciones constitu-
cionalistas, sucederá la realidad de los
hechos, surgirá poderoso el instinto de
conservación y una ola de sangre y de
exterminio ahogará las hermosas ilu-
siones de aquellos nobles y generosos
patricios que, imbuidos en las teorías po-
líticas de la época, habían llegado a olvi-
dar hasta sus propias convicciones y a
desconocer los caracteres innatos de aque-
llos «hombres de infame 3^ torpe li-
naje, faltos de educación, fáciles de
moverse a los más horrendos excesos^
y de cuya fiereza propia de sus mis-
mos principios y de su trato, sólo
podían esperarse movimientos subversi-
vos del orden establecido por las sabias
leyes» que entonces regían la sociedad;
olvidaron en un momento de ambición y
de idealismo político el retrato que de ¡os .
plebeyos habían trazado para presentarlo
al Monarca, cuando preveíau, cinco años
antes, que bastaría concederles algunas
í
L,A INSURRECCIÓN POPULAR 123
prerrogativas para que se abriesen «paso
con la violencia a todas sns pretensio-
nes, y que para contenerlos se liarían
necesarios los castigos, lástimas y de-
sastres». (1)
No pensaron, no vieron que al al-
terar el orden, al romper el misoneísmo
colonial, al elevar a todos los hombres
libres a la dignidad de ciudadanos, des-
truían la gerarquización social, fun-
damento de su preponderancia; y ante
aquella desencadenada tempestad, unos
lanzando un grito de arrepentimiento
volvieron a reconocer la nitoridad del
(1) Representación de los nobles de Caracas al Rey de
España en 1796. Blanco y Azparüa, op. cit 1 pág. 267 y
siguientes. Ks muy típica entre otras la protesta de Don
Juan Rodríguez del Toro, que había sido nada menos
que Presidente del Congreso Constituyente de 1811, y eu
la cual no sólo jura su fidelidad al Rey, en su nombre y en el
de sus hermanos el Marqués y Don Fernando, sino que con-
dena la Independencia y el espíritu democrático de la Revo-
lución iconstituido como se hallaba él, por razones físicas
y morales, para una sociedad de mejor rangot. No obs-
tante todas aquellas enfáticas declaraciones de derechos
de los primeros dias, uno de los miembros de la Sociedad Pa-
triótica, que era luna especie de club revolucionario», pre-
viendo que fia mala inteligencia de las palabras Libertad,
Igualdad, puede introducir en nosotros la desunión y ésta la
discordia, la emulación, las pretensiones amb'ciosas de unos
sobre otros, origen de las guerras intestinas. . . . iles dice a los
ciudadanos que acababa de íT^í'ar la revolución: tConvenga-
mos en que los hombres han salido de la Naturaleza, obra del
Supremo Hacedor, de distintos colores, cuya distinción no
puede reformar la constitución civil, que ningún poder tiene
sobre aquellos accidentes; pero igualará a todos en sus dere-
chos, y abrirá a los pardos honrados el camino para que el
progreso de ciertas generaciones, que no pasatán de aque-
llas indispensables a mejorar la educación que hasta ahora
124 LAUREANO VALLF.XILLA LAXZ
Monarca, (1) otros huyeron a refugiarse
en tierras extrañas esperando el resul-
tado final de la lucha, y los más va-
lientes, los más convencidos, los más
poseídos por el ideal de una Patria libre
e independiente, dieron la cara a las
montoneras delincuentes.
La más espantosa anarquía se desen-
cadena entonces con todos los caracteres
de las grandes catástrofes de la natura-
leza, y como la consecuencia necesaria y
fatal del desequilibrio producido por la
revolución en aquella sociedad «afectada
por una lucha latente que era el efecto
de su composición heterogénea» a la vez
que de la constitución geográfica del país
que la condenaba a los peligros que trae la
han tenido, y temperar su superficie (sic; se trasladen
al círculo de ciudadanos blflncos. sin que entre tanto es-
tén privados de otra cosa, que del color distinto que le*
dio la naturaleza y que no puede alterar sino ella misma
auxiliada de las generaciones». V recordando que Em-
paran al ser destituido había previsto la guerra civil que
estallaría de pardos contra blancos, agrega: «....Y vere-
mos cumplido el fatal pronóstico que con una mirada de
indignación hicieron los déspotas al soltar la presa, y
de que hay muchos testigos en esta sociedad respetable,
la guerra intestina devorará este país y Caracas tendrá
que arrepentirse de su proceder». El ciudadano Licdo.
Pablo Garrido a la Sociedad Patriótica de Venezuela —
día 22 de Febrero, el año primero de su Libertad. Docu-
mento publicado por el General P. Arismendi Brito en
«El Tiempo» de Caracas el 30 de abril de 1910.
[1] Baralt.— Resumen de la Historia de Venezuela 1.
pág. 110.
LA INSIRUECCION POPULAR 125
vencindad de los pueblos nómades, dis-
puestos siempre a cometer sobre las po-
blaciones urbanas 3' sedentarias las más
horribles depredaciones, empujadas por
sus instintos característicos. Venezuela
presentó en aquellos años el mismo espec-
táculo que el mundo romano a la in-
vasión de los bárbaros.
Los bandidos no pueden someterse sino
a la fuerza bruta; y del seno de aque-
lla inmensa anarquía surgirá por pri-
mera vez la clase de los dominadores:
los caudillos, los caciques, los jefes de
partido.
II
Fué entonces cuando apareció a la
cabeza de diez o doce mil llaneros el
hombre que debía llenar con su figura
cruel y heroica las más sangrientas pá-
ginas de la guerra magna.
«Todavía está por resolverse — dice
el historiador O'Leary, al hablar del
terremoto del año 12 y de la guerra a
muerte — cuál de esas dos calamidades,
si la del azote de Boves o la de los
temblores produjo mayores males, o cuál
€s más horrible al recordarse». A estos
126 LAUREANO VALLENILLA LANZ
conceptos contesta la ciencia moderna,
el determinismo sociológico: ambos fue-
ron simplemente acontecimientos natu-
rales resultantes de la cooperación de
fuerzas ciegas .... «La única diferencia
entre uno y otro consiste, en que en
el acontecimiento político creemos ver
los vehículos del hecho, mientras que
en los del terremoto no los descubrimos.
Por eso al primero lo apellidan cri-
men aquellos que lo sufren; en el
segundo ven las gentes sencillas un azote
del cielo». (1)
José Tomás Rodríguez Boves no pue-
de ser considerado como español, en
el sentido de extranjero, con que ha
querido presentársele. Todos los historia-
dores están acordes en decir que llegó
a Venezuela muy joven, 3' que ya
para los días en que su figura se
destacó en el cuadro pavoroso de la
guerra a muerte^ era un hombre madu-
ro. «Por corto tiempo, afirma O'Leary,
se ocupó en el servicio doméstico; luego
pasó a ejercer el contrabando, en cuya
vil carrera propia de su carácter de aven-
turero, adquirió una subsistencia precaria
y se acostumbró a los peligros que lo
fli Gumplowic — Sociología.
LA INSURRECCIÓN POPULAR 127
prepararon para la vida azarosa que de-
bía llevar después». El ,8:eneral Briceño
Méudez dice que era iiui\- conocido
en los llanos; y otros, que llamándose
Rodríguez derivó el sobrenombre de Bo-
yes por corrupción del apellido Jove
que llevaba una antigua y acomodada
familia de Puerto Cabello, en cuya casa
había pasado sus primeros años en calidad
de sirviente. (1)
Escritores modernos han pretendido
hacerlo venezolano, mulato o zambo, im-
buidos* quizá en la falsa creencia de que
sólo participando por razones étnicas de los
caracteres psicológicos de nuestros pue-
blos, hubiera podido ser, como fué en
realidad, el primero de nuestros caudi-
los populares.
Tomás Rodríguez Boves, según los da-
tos que recogimos en España, nació en
Oviedo, Provincia de Asturias el año de
1783. (2) Su apellido Bobes, y no Bo-
ves que es una mala redacción, es muy
corriente en aquellas regiones y se apli-
ca al natural de la Bobia, término oro-
gráfico muy común en Asturias. Bobes
[1] Gil Fortoul. — Historia Constitucional de Venezuela — I
Baralt.— Op. cit.— IL— Restrepo— Op. cit. IL
[2] El mismo año que el Libertador.
128 LAUREANO VALLENILLA LANZ
se llama también una parroquia en el
Concejo de Siero, de modo que siendo
un apellido de procedencia geográfica se
le lleva siempre precedido de otro pa-
tronímico como Rodríguez-Bobes, Fer-
nández-Bobes, Alvarez-Bobes, García-
Bobes, etc., nombres éstos que llevan
muchas familias en Asturias. (1)
Hn la lista de los sesenta prime-
ros alumnos que inauguraron el día
siete de enero de 1794 el Real Insti-
tuto Asturiano, donde se dio la ense-
ñanza oficial de la carrera náutica, fi-
gura el nombre de Tomás Rodríguez
Boves; y en el libro que con tal motivo
escribió Jovellanos titulado «Noticia del
Real Instituto Asturiano)» (2) está cita-
do en la siguiente forma: «D. Tomás
Rodríguez Boves, natural de la ciudad
de Oviedo; edad, once años». En el
apéndice III de la obra del señor Lama m
y Leña titulada «Reseña Histórica del
instituto de Jovellanos de Gijó» (3)
figura ya como piloto, habiendo terminado
los estudios de la carrera náutica y se
[1]. Boves es también el nombre de iiu pueblo de 1.900
habitantes, en el Departamento de Somme, Distrito de
Aniiens — Francia.
[2] Oviedo-Díaz Pedregal— 1795— pág. 196.
[3] Gijón-San Genis— 1902.
LA INSURRECCIÓN POPULAR 129
registra así: Tomás Rodríguez Boves,
que empezó los estudios de náutica y
pilotaje en 1796 y terminó en 1798.
Fue por lo tanto piloto a los quin-
ce años, y en calidad de tal dicen los
historiadores y la tradición que vino a Ve-
nezuela. (1)
«De cabello rubio, grandes ojos par-
dos y blanca tez, más bien revelaba
un aire de humanidad. Era alto de
talla, bien proporcionado y capaz de so-
portar las fatigas más extraordinarias».
Como Bermúdez, sus instintos de cruel-
dad fueron despertados por un gran
golpe moral y lavó con sangre la in-
juria recibida. Conservando en medio
de aquellos estragos su carácter indo-
lente y fiero de marino, mataba y pasa-
ba sin detenerse a ver cómo expira-
ban sus víctimas». Careció de esa neu-
rosis de dolor y sangre cjue fué ca-
racterística en muchos de los hombres
de la época, en una y otra filas. Sol-
[l] El testimonio más autorizado es del célebre Oidor
Heredia, quien dice en .-^us Memorias. «Kste hombre a quien
hicieron memorable sus hazañas, su crueldad y su conducta
obscura tn materia política, era asturiano que vino de pi-
lotín de La Guaira, y habiendo continuado la navegación
estuvo preso y procesado en Puerto Cabello por su ma-
nejo en un buque corsario • Heredia-.l/<?wor/rtí, etc.
• ..natural de Gijón eii .Asturias, había sido pilotín de
profesión! Baralt, <*/>. cil. I.
130 LAUREANO VALLENILLA LANZ
dado a toda hora, sin otro incentivo que
el combate, «despreciando todo lo que
no fueran las armas, dejaba a la solda-
desca el infame provecho del botín. Va-
liente, impetuoso y terrible era siempre
el primero en el peligro». (1)
Su mismo valor heroico — dicen los
historiadores citados — le llevó en muchas
ocasiones a realizar actos de generosidad
y hasta de clemencia. Tan ignorante
como casi todos sus contendores patrio-
tas, «no era indócil al consejo, y por
una peculiaridad de su carácter oía con
placer y deferencia el de las gentes
honradas». De allí que no sea raro en-
contrar a individuos que fueron sus con-
sejeros y secretarios íntimos sirviendo
más tarde en las filas patriotas y de-
sempeñando funciones delicadas en el
Gobierno de la República, (2) sin que
se considerara como una mancha para
su nombre el hecho de haber servido
[1] Baralt, op. cit. I. — O'Leary — Narración I. — Restrepo
— Historia de Colombia. II
[2] El Pbro. doctor Ambrosio Llamozas, Capellán de su
Ejército, tuvo siempre la reputación de un virtuosísimo
sacerdote. — Blanco y Azpúrua. — Op. cit. Tomo V. — El Tri-
bunal de apelaciones con el cual sustituyó Boves la Real
Audiencia lo compusieron los doctores Tomás José Her-
nández de Sanabria, Juan Rojas y Francisco Rodríguez
Tosta, y tuvo como ayudantes y Secretarios a José María
Correa, Navas Spinola, Matías de Castro y algunos otros,
progenitores de familias muy conocidas en Venezuela.
1.A INSURRKCCION POPULAR 131
a las órdenes de Boves. kSii antig-ua pro-
fesión y sus desgracias le habían puesto
en relación con niuclias personas que le
sirvieron, y por las cuales conservó
siempre una profunda gratitud. Así los
Joves, y D. José Domingo Duarte, tenían
sobre él un poderoso ascendiente, que
llego ser muy útil a los habitantes de Ca-
racas, por cuanto frecuentemente 3' casi
siempre con éxito dichoso lo emplea-
ron en beneficio del común,» (1) es
decir: de los patriotas perseguidos.
Cuidaba de su prestigio, al punto
de recompensar constantemente con dá-
divas a los deudos de los oficiales y sol-
dados que morían bajo sus banderas.
«Se ha dicho que era dado a la be-
bida y que a esta causa atribuían sus
enemigos la intrepidez que desplegaba
en las batallas: pero el valor que emana
de esa fuente se evapora con la misma
facilidad con que se adquiere y Boves no
dio nunca pruebas de cobardía.» (2)
Redimió los esclavos de la servi-
dumbre y fué el primero en comenzar
la igualación de las castas elevando a
los zambos y mulatos a las altas je-
[1] Baralt— op. cit.
[2] O'Leary — Narración I.
132 LAUREANO VALLENILLA LANZ
rarquías militares. Su popularidad llegó
a ser inmensa y «por dondequiera se le
recibía con obsequios y aclamaciones».
Cuando Juan V^icente González, lo llamó
«el Primer Jefe de la Democracia venezola-
na», penetró muy hondo en las entrañas
de nuestra revolución.
Si examinamos con espíritu despre-
venido la personalidad de aquel heroico
soldado poniéndolo en paralelo con los
caudillos genuinamente nacionales, no po-
demos considerarlo sino como un hijo
legítimo del medio en que se hizo hombre
3^ en cuyo seno debía actuar como el
jefe lógico de una enorme mayoría, que
participaba hondamente de sus odios ins-
tintivos, de sus pasiones plebeyas, de
sus móviles inconscientes, de su valor
heroico, de su espíritu aventurero y de
su leyendaria ferocidad.
¿Qué importancia histórica puede tener
entonces el hecho de que Boves naciera
en España? En el alma de aquel hom-
bre, el recuerdo de la Patria, el amor
hacia aquella tierra lejana ¿qué podía
significar? Y en cuanto al respeto por
el Rey, valdría tanto a sus ojos como el
respeto hacia autoridades coloniales con
quienes vivió en constante lucha como
i
LA INSURKKCCION l'Ol'ULAR 13v3
contrabandista; y hacia sus superiores
jerárquicos durante la guerra, que no
fueron para él sino objeto de burla, de in-
subordinación y de escarnio. Luchó, no
a favor de España, sino en contra de los
insurgentes, que «lo eran en su concepto
todos los criollos blancos, y así se hizo el
ídolo de la gente de color, a la cual
adulaba con la esperanza de ver destrui-
da la casta dominante», (l)
La psicología de aquel «hombre pavo-
roso» no ha sido estudiada aún con cri-
terio libre de prejuicios, ya por el empeño
que han tenido nuestros historiadores en
adulterar el verdadero carácter de guerra
civil que tuvo la revolución, para echar
sobre España las responsabilidades de
aquellos grandes crímenes de 1814; como
porque la tradición y la leyenda enseño-
reándose de la imaginación nacional, han
venido dando a la figura del heroico
soldado relieves absolutamente capricho-
sos; y arrancándolo de la escena en
que se desarrollaron sus hazañas y del
grupo inmenso de venezolanos que com-
partió con él sus triunfos y sus críme-
nes, arrojan sobre su solo nombre y sobre
los de algunos otros de sus subordina-
[I] Heredia— Op. cit.
134 LAUREANO VALLENILLA LANZ
dos españoles y canarios «toda la execra-
ción del patriotismo herido».
III
El historiador Restrepo, después de
decirnos cómo en las filas de Boves no
hubo nunca más de 160 españoles, se olvi-
da a poco de este dato interesantísimo,
y ante los horrores cometidos en Va-
lencia en 1814 por esas mismas tropas,
exclama: «No parecía que el sitio hu-
biese sido puesto por soldados de una
nación cristiana y civilizada que hacía la
guerra a sus hermanos, sino por cua-
drillas feroces de bárbaros». Y juzgan-
do en otra parte los caracteres sangrien-
tos de la lucha, nos dice: «La justa e
imparcial posteridad decidirá de parte de
quiéu estaba la razón, si de los ameri-
canos, que se vieron obligados a ejecu-
tar actos de represalias dolorosas violen-
tando su natural sensibilidad y la dul-
zura de su carácter (sic); o de los es-.
pañoles que en este siglo de la ilus-
tración y de la filosofía han renovado en
América las sangrientas escenas de la
primera conquista». (16)
[16] Restrepo — Historia de Colombia — T. II.
LA INSURRECCIÓN POPULAR 135
Si eu tan contradictorio criterio está
basada la historia de nuestra emancipa-
ción; si escritores modernos aceptan sin
examen apreciaciones semejantes, ¿cómo
es posible estudiar a conciencia, nuestra
evolución histórica?
Juzgar como españoles, es decir, como
representantes del Gobierno Español en
\'enezuela a hombres obscuros con larga
residencia en el país, identificados por
sus oficios con la parte más baja de la
población (1); considerar como defen-
sores conscientes del régimen colonial y
del Monarca a los diez o doce mil zambos,
mulatos, indios 3' negros que constituían
los ejércitos de Boves, Yañes, Rósete, etc.,
y no establecer diferencia entre éstos y los
verdaderos representantes de España, que
fueron en general humanos, generosos,
justicieros, (2) y por esta causa vícti-
mas del odio y de las persecuciones de
aquellos mismos bandidos, «que se lla-
maban defensores de Rey», equivale a
arrebatarle a nuestra revolución sus más
típicos y peculiares caracteres.
El Brigadier Francisco Tomás Morales,
el más distiníTuido de los tenientes de Bo-
íl] Baralt— Op. cit. I. págs 185—186.
[2] Baralt— Op. cit. I págs. 107.-186-226
136 LAUREANO VALLENILLA LANZ
ves, natural de las Islas Canarias, que,
como él llegó joven al país y había sido
también sirviente, contrabandista y pul-
pero, nos ha dejado el más valioso testimo-
nio del carácter de nuestra revolución en
los primeros años. «Es necesario retroce-
der a aquellos tiempos-escribía en 1816 al
General Alorillo -poner la vista en el es-
tado de los pueblos, fijar la consideración
en quién y a quiénes se hacía la guerra.
Las provincias y los pueblos se ha-
llaban en combustión; unos publicaban
que amaban al re\', otros hacían osten-
tación de serle contrarios y aspiraban a
la independencia. Trabóse la lucha entre
los fieles }■ los rebeldes, sin tener nin-
gún partido, ni solicitar auxilio exterior
que les ayudase a sostener su opinión.
Los americanos, los criollos eran los
agentes y operantes eu las acciones: el
padre contra el hijo, el hermano contra
el hermano, \' tal vez el esposo contra
su consorte. Los jefes españoles que
podían tomar o tenían en la mano las
riendas del Gobierno, o no tenían el
conocimiento necesario de la localidad
de los pueblos e índole de sus habi-
tantes, o queriendo hacer la guerra por
lo que han leído en los libros, se veían
envueltos y enredados por la astucia y
i
LA INSURRECCIÓN POPl'LAR 137
viveza de las tropas, sin poder dar un
paso con feliz éxito, a menos que fuesen
seguidos de los mismos naturales».
«Tuvo la fortuna D. José Tomás Boves
de penetrar los sentimientos de éstos y
adquirir un predominio sobre ellos, por
aquella simpatía, o, como suele decirse,
por un no sé qué, que suele sobresalir
en las acciones de un hombre y hacerlo
dueño de sus semejantes».
«El difunto Boves dominaba con im-
perio a los llaneros, gente belicosa y
tal, que es preciso saberla manejar
para aprovecharse de su número y de su
destreza; con ellos venció en La Puerta,
en Bocachica, en Valencia, en los Llanos,
en la Capital misma y últimamente en
Úrica, donde perdió la vida. Los sol-
dados lo adoraban y lo temían, y entra-
ban en las acciones con la confianza de
que su valor y denuedo había de sacar-
los victoriosos. Comía con ellos, dormía
entre ellos y ellos eran toda su diver-
sión y entretenimiento, sabiendo que sólo
así podía tenerlos a su devoción y contar
con sus brazos para los combates, relu-
ciendo más estas verdades con el con-
traste de los ejércitos o divisiones man-
dadas por los Jefes de la provincia con
nombramiento o patente de la soberanía;
138 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
y buenos testigos son los Taguanes,
Carabobo y Araure, que vieron sucum-
bir las armas del rey a las infames
tuestes de sus enemigos».
«Diez y nueve mil hombres mandaba
Boves 3' tenía reunidos para las acciones
hasta doce mil. ¿Y podrá algún otro
hacerlo en el día? Usted lo sabe y nadie
lo ignora».
«Murió Boves amado de sus subditos
y colmado de gloria por sus venci-
mientos», (l)
Confiesa, en cambio, el Brigadier Mora-
les todo el odio que inspiraban a las mon-
toneras realistas los militares venidos de la
Península. «No fui 3-0 — dice — el que
libertó la vida al señor D. Juan Alanuel
Cagigal, cuando otros, que se precian
de españoles y que tal vez lo son en
el nombre intentaron quitársela?» Y más
[1] Rodríguez Villa— Biog. del General D. Pablo Morillo
— T. III. — Páez, que heredó entre los llaneros el prestigio
de Boves se le asemejaba en muchos rasgos sobresalientes.
«Apesar de la vanidad natural de un salvaje, Páez vive en
una igualdad perfecta con sus soldados; cuando está con
ellos, su mesa, sus juegos, sus ejercicios son los suyos;
es así como ha venido a ser todopoderoso en medio de
su tropa indisciplinada y que dóciles a un Jefe que da
el ejemplo del valor, los soldados obedezcan sus órdenes
con la sumisión de la servidumbre»— G. Mollien. — Voyagc
dans la Repiiblique de Colombia en /iS'2J.— París 1824
Vol. I;
I. A INSURRKCCION POPULAR 139
adelante agrega: «Sabía 3*0 que los sol-
dados no apreciaban al expresado señor
Cagigal, antes bien, deseaban su exter-
minio y no dejó alguno de pensar en ir
a Puerto Cabello y darle la muerte.» (1)
Y Heredia relata que cuando la huida
de Monteverde hacia Puerto Cabello,
en agosto de 1813, ante el ejército victo-
rioso de Bolívar, «los zambos, ponderados
de fidelísimos realistas, corrían borrachos
por las calles de Valencia temiéndose a
cada momento que dieran principio a
sus proezas matando blancos y saqueando
casas». Y agrega que «en la casa del
Capitán General me oí amenazar por
algunos de los pocos pardos de la guardia
de Monteverde, diciendo en alta voz que
antes de entrar los insurgentes a Valen-
cia habían de caer algunas cabezas blancas
y la mía sería la primera. Para regresar
a mi casa, que estaba en el extremo opues-
to de la ciudad, tuve que atravesar por
entre aquellas cuadrillas de furiosos, te-
miendo ser asesinado a cada paso». (2)
IV
La honda diferencia de instintos y de
móviles que existió siempre entre las
[1] Op. cit. III.
[2] Heredia. Op. cit.— [Passim].
10
140 LAUREANO VALLENILLA LAN¿
tropas acaudilladas por Boves y sus seme-
jantes, y las que llegaban directamente
de la Península comandadas por oficiales,
que por primera vez pisaban estos terri-
torios, la encontramos claramente estable-
cida en documentos suscritos por muchos
patriotas.
Bl Gobernador de Barinas, Manuel
Antonio Pulido, decía al Libertador en
octubre de 1813: «Compónese el ejército
de Yañes de americanos (venezolanos)
delincuentes y perversos enemigos nues-
tros, y de españoles agraviadísimos que,
animados del grande interés de recuperar
sus bienes, respiran además los más vivos
deseos de vengarse contra el heroísmo
de nuestras huestes que los han expul-
sado de nuestro suelo, que miran como
propio».
«(Tienen estos bárbaros dentro de nos-
otros eficaces agentes 3' espías, pues no
son otra cosa sus mujeres, sus hijos, sus
domésticos y aún sus amigos . . »
Y al referirse a los 1.200 españoles
que acababan de llegar a Puerto Cabello
bajo las órdenes del Coronel de «Gra-
nada» D. José Salomón, dice: «Esos sol-
dados que acaban de llegar de España
pelearán únicamente por ganar sus pagas,
LA INSURRECCIÓN POPULAR 141
3' no por vengarse ni defender ningún
interés propio como lo hacen los de
Yañes, a quienes es preciso respetar y
destruir inmediatamente^, pues, «este
ejército está compuesto de hombres cono-
cidos, de militares prácticos en el terre-
no, con relaciones y conocimientos de
estos pueblos donde deben hallar y ha-
llarán efectivamente un número de sol-
dados y confidentes, al instante que em-
prendan su marcha contra nosotros. Di-
nero, armas, víveres y caballerías, todo
será, al punto que nos acometa el ene-
migo, presentado a su disposición por
aquellos mismos, que a pesar de nuestros
desvelos, se apandillan en el día a
un mismo tiempo, por instintos diabólicos
para destrozar nuestros pueblos con el
nombre de Fernando Vil».
«Me horrorizo — continúa el Goberna-
dor de Barinas — al conocer la índole de
lestas facciones: casi todas obran estimu-
ladas de un mismo principio: el deseo
de acreditarse los pardos con los espa-
ñoles, para que los premien cuando
vuelvan, y los eleven sobre los criollos
blancos» (1)
Meses más tarde, el caraqueño realista
doctor José Manuel Oropeza, Asesor de
[IJ Blanco y Azpurúa— Doc. T. 4, pág. 742 y siguientes.
142 LAUREANO VALLENILLA LANZ
la Intendencia de Venezuela, escribía
a su copartidario don Dionisio Franco,
lamentándose amargamente del poco, celo
de sus compañeros, de su insubordinación
e indisciplina; decía «que los jefes se
veían obligados, porque no podían hacer
otra cosa, a autorizar el desorden, el
robo, el asesinato, el vicio, la insubor-
dinación, el escándalo }' qué se yo qué
más; los pueblos son devastados, acuchi-
llados indistintamente todos lo que tienen
algo que robarles, premiando después al
vil asesino y al infame ladrón. No hay ya
provincias — exclama — las poblaciones de
millares de almas han quedado reduci-
das, unas a centenares y otras a decenas
y de otras no quedan más que vestigios
de que allí vivieron racionales. Esto no
es exageración, es una verdad que la
he palpado con bastante dolor. Yo he
quedado sorprendido al ver los caminos
y los campos cubiertos de cadáveres inse-
pultos; abrasadas las poblaciones, fami-
lias enteras que ya no existen sino en la
memoria 3- tal vez sin más delito que ha-
ber tenido una rica fortuna de que vivir
honradamente. He visto los templos po-
lutos y llenos de sangre, y saqueados
hasta los sagrarios. No se puede decir
más, ni yo me atrevo a referir lo- más
LA INSURRECCIÓN POPULAR 143
c|ue he visto y que he llorado. El riesgo
que corremos es inmineute. Sólo la con-
>ideración de que defendemos uua causa
en que se interesa la religión, el rey y
nuestra propia tranquilidad y quietud,
pudiera darnos serenidad y valor para
\cr de cerca sin huir, un riesgo y un
]ieligro que nos va a traer una escena
más inhumana y trágica que la que su-
frimos. Está ya al presentarse a cara
descubierta, pues está ya en ejecución con
embozo: los blancos somos el objeto!». (1)
Los realistas distinguidos, españoles
y venezolanos, no creyeron jamás en
que Boves, Morales, Yañes y sus hor-
das defendiesen honradamente la causa del
Rey, y desde los primeros días-como su-
cedió al patriota gobernador de Barinas
-comprendieron los verdaderos móviles de
[uella guerra de exterminio.
«Boves ha logrado reunir — decía Mon-
talvo — como que convida con todo género
de desorden, al pié de diez o doce mil zam-
bos y negros, los cuales pelean ahora
]jor destruir a los criollos blancos, sus
amos, por el interés mutuo que ven en
ello; poco después partirán a destruir
[IJ Compárese esta relación con la de Coll y Prat,
Muñoz Tébar y Urdaneta respecto a ]& guerra a viuerte,
\ se comprobará su exactitud.
144 LAUREANO VALLENILLA LANZ
a los blancos europeos, que también son
sus amos, y de cu3'a muerte les viene el
mismo beneficio que de la de los pri-
meros», (l)
Restrepo apoya estas afirmaciones,
diciendo que «las desgracias repetidas de
los patriotas se debieron, no tanto a
los horrores y excesos que sin duda co-
metieron en medio del incendio produ-
cido por la exaltación de las pasiones
revolucionarias, sino al levantamiento
casi general de las castas contra los
criollos blancos». Ya en páginas ante-
riores había definido el carácter de nuestra
revolución, en esta forma tan gráfica co-
mo significativa: «Siendo casi todos ellos
(los soldados realista) indios, zambos,
negros y mulatos, Boves había desenca-
denado la ínfima clase de la sociedad
contra la que poseía la riqueza del país.
Las razas blanca, negra y bronceada
iban a darse un combate de destrucción
y muerte en las llanuras y en las mon-
tañas de Venezuela». (2)
Morillo aseguraba al Gobierno, que
las clases elevadas adictas a la Indepen-
[1] Informe del Capitán General don Francisco Mon-
talvo al Secretario de la Guerra. 31 de octubre de 1814.
—Restrepo. Op. cit. II
[2] Restrepo. Op. cit. II, págs. 283 y 208.
LA INSURRECCIÓN POPULAR 145
delicia «trabajabaii ciegamente en favor
de los pardos»; y en noviembre de 1816,
insiste en que se le envíen tropas de
repuesto, tanto por temor a la expedi-
ción de Bolívar, desde los Cayos, como
porque «ya era guerra de negros contra
blancos» (1) y temía, naturalmente, su-
frir una sublevación en sus propias
filas.
Véase la sugestiva pintura que el Gene-
ral español hace del estado de Venezuela
en maj^o de 1817. «La mortandad y la de-
solación que una guerra tan cruel lia oca-
sionado, va disminuyendo de un modo co-
nocido la raza de los blancos, y casi no se
ven masque gentes de color, enemigos de
aquéllos, quienes \-a han intentado aca-
bar con todos. Piar, que es mulato (2)
y el de más importancia entre las
castas, tiene relaciones muy estrechas
con Alejandro Petion, mulato rebelde
que se titula Presidente de Haití, y
ambos se proponen formar un estable-
cimiento en Guayana, que asegure su
dominación en América, donde es de
presumir quieran renovar las escenas
[1] Rodríguez Villa— Op. cit. Tomo III.
[2] véase el proceso del fusilamiento del General Piar,
donde está comprobado lo que afirma Morillo; en el
Tomo XV de las Memorias de O'Leary.
146 LAUREANO VALLENILLA LANZ
del Guarico y demás posesiones francesas
de Santo Domingo».
Tan temeroso andaba el Pacificador
del espíritu que animaba a los mulatos
que tenía en sus filas, que pocos meses más
tarde resolvió enviar preso a España y ba-
jo partida de registro, al Capitán Alejo Mi-
rabal, valiente apureño — no obstante los
grandes servicios que había hecho a la cau-
sa del rey. «Según informes que he tomado
de personas juiciosas y fidedignas — escri-
be al Secretario de la Guerra, — resulta ser
enemigo acérrimo de todos los blancos.
Es también hombre que ha mandado
gente de su color y tiene demasiado
influjo sobre ella». Cree Morillo que
«sería imprudente }• muy arriesgado el
conservar en el país un enemigo que
se ha indicado de un modo tan conocido,
que podría perturbar el orden y suscitar
alteraciones»; y opina ^'^porque nunca
vuelva aguí y que se le tenga lejos de
los puertos de mar, donde sea más re-
mota la ocasión de su fuga; sin que,
por otra parte, dejen de ser dignos de
la Real consideración los buenos servi-
cios que tiene practicados en defensa
de la justa causa.» (1)
[1] Id. id. III, pág. 464. Adviértase que en el ejercito
LA INSURRECCIÓN POPULAR 147
Pocos años más tarde, son los Je-
fes patriotas quienes se ven precisados
para evitar la guerra de colores — como
se decía entonces — a enviar a los ejér-
citos auxiliares que luchaban por la
Independencia del Sur del continente, a
todos los Jiombres peligrosos^ ya fuesen rea-
listas o patriotas. Refiriéndose Restrepo
a una de las expediciones que salieron
de \'enezuela el año 24, dice que a
ella se agregaron muchos oficiales lla-
neros que habían servido en el ejercito del
Rey. «El General Páez — agrega — co-
nocía su genio inquieto, y que eran pe-
ligrosos, tanto a causa de no tener
destino, como porque siendo de la clase
de pardos, tenían aspiraciones que po-
dían turbar el sosiego público». (1)
El mismo general Páez se lamenta, en
sus cartas de esos días al Libertador,
de que las órdenes para sacar tropas hu-
biesen sido tan festinadas; porque en-
tonces «habría podido reunir un nú-
mero más considerable de hombres, que
no siendo conveniente su presencia en
Venezuela, irían a ser útilísimos en el
español sé conservaron las distinciones de castas; y los
pardos formaban cuerpos aparte.
[IJ Op. cit. Tomo III.
148 LAUREANO VALLENILLA LANZ
teatro de las operaciones. Sin embargo,
— continúa — yo sigo trabajando en este
asunto, y como haya proporción no de-
jarán de ir a usted remesas de esta
clase de hombres que usted bien conoce
y que son los a propósito para decidir
del éxito feliz de una campaña du-
dosa». (1)
V
Ya veremos cómo aquellos hombres
se convierten de «degolladores» en «héroes
leyendarios»; y cómo al servicio de los
caudillos patriotas, desplegando las mis-
mas energías, el mismo valor, la misma
ferocidad, los mismos instintos de san-
gre y de pillaje, el mismo entusiasmo
fanático que cuando corrían a agruparse
en torno a la lanza invencible de José
Tomás Boves, contribuirán a la noble
empresa de crear naciones recorriendo
en triunfo medio continente, desde el
Orinoco hasta las margenes mismas del
Río de la Plata.
Ellos encontraron en las filas pa-
triotas el más completo olvido de sus
pasados crímenes. Los grados militares
|1] 0'I,eary. Op. cit. Tomo II. Correspondencia del
General Paez.
LA INSURRECCIÓN POPULAR 149
que alcanzaron en los días tenebrosos
de la Ollería a iiiiin (c, cometiendo aque-
llos grandes delitos que se enrostran a
los españoles solamente en las le^^endas
nacionales, eran reconocidos por los in-
dependientes. Y Bolívar, en cuyo am-
plísimo espíritu no cabía otra moral que
aquella que le condujera al éxito de la no-
ble causa que defendía, era el primero en
ofrecerles recompensas y honores. (1)
Cuántos de aquellos insignes bandidos —
valiéndonos del estilo le3'endario — osten-
taron más tarde sobre el pecho la cruz
de los Libertadores! ¿No había sido
Rondón, el héroe insigne de Las Quese-
ras y de Pantano de Vargas, uno de los
más distinguidos oficiales de Boves?
Y con este criterio no es aven-
turado afirmar que si el mismo Boves hu-
biese permanecido al servicio de la inde-
pendencia, o se hubiese pasado a sus ban-
deras, nadie con más títulos habría
alcanzado los grandes honores con que
la Patria estimuló el valor y premió
las hazañas de los Libertadores. Y nues-
tra literatura epopéyica tendría páginas
recargadas de ditirambos para exaltar
las glorias del heroico soldado, del mismo
[IJ 0'L,eary. Op. cil. Tomo XV.— Indultos. Passim.
150 LAUREANO VALLENIIXA T.ANZ
modo que tiene anatemas para execrar sus
abominables crímenes. ( 1 )
La historia, como la vida, es muy
compleja. No la historia inspirada en
el criterio simplista que sólo ve en nues-
tra gran revolución la guerra contra Es-
paña y la creación de la nacionalidad,
sino la que profundiza en las entrañas
de aquella espantosa lucha social; estudia
la psicología de nuestras masas popula-
res y analiza todo el conjunto de deseos
vagos, de anhelos imprecisos, de impul-
sos igualitarios, de confusas reivindica-
ciones económicas, que constituyen toda
la trama de la evolución social y políti-
ca de Venezuela.
[1] M. Ernest Lavisse sostiene que no hay panegi-
ristas para los malvados, y M. Fouilliée responde que no
está seguro de ello cuando se trata de malvados victo-
riosos. Cita de Ricardo Rojas. La Restauración Nacio-
nalista.
psicología de la masa
POPULAR
EX el propósito de justificar de al-
gún modo la pertinaz oposición
que la ma\'oría de los americanos
hizo a la causa de la Independencia,
los., patriotas pensadores, y en primer
término el Libertador Simón Bolívar, lo
atribuyeron casi siempre a ignorancia y
fanatismo de las masas populares. Pe-
ro a poco que examinemos esa razón,
tenida hasta hoy por valedera, nos en-
contramos con que es de todo punto
imposible establecer en ningún pueblo
conmovido por una guerra intestina como
lo fué aquella, esas grandes clasificacio-
nes: de un lado los fanáticos, los igno-
rantes, los serviles, los degradados por
el régimen tiránico de la Colonia, in-
capaces de comprender y mucho menos
de amar la Libertad; del otro lado los
más inteligentes, los más libres, los más
ilustrados, los más capaces de apreciar
152 LAUREANO VALLENILLA LANZ
los inmensos beneficios de fundar una
patria libre, una república democrá-
tica. (1)
Opongamos los hechos a las palabras.
Ellos nos dicen, que surgidos todos los
caudillos que actuaron en aquella lucha,
de un mismo medio social tan ignorante
y fanática debía de ser la mayoría de
los unos como la de los otros. ¿Qué
hondas diferencias en efecto podían exis-
tir entre la mentalidad de Boves, de Re-
migio Ramos, de Rafael López; y la de
Páez, Arismendi, Zaraza o Cedeño? (2)
[1], En nuestras luchas civiles posteriores a la de la
Independencia, se han establecido divisiones semejantes:
para los godos, el país se dividió en dos clases de
hombres: los buenos, los honrados, los amigos del or-
den, los defensores de la sociedad, los representantes
de la civilización, que eran ellos; los tramposos, los
ladrones, los malvados, los destructores de la sociedad,
los representantes de la oclocracia. etc., que eran los
liberales. Para éstos, a la inversa, la división se halla-
ba establecida entre los magnánimos, los redentores del
pueblo, los amigos de todos los progresos sociales, po-
líticos, económicos, los regeneradores morales y mate-
riales del país, etc., que eran ellos. Frente a ellos,
los -sanguinarios, los fanáticos, los aristócratas, los ene-
migos jurados de todo progreso y de toda luz, los go-
dos, los conservadores, en fin. Estos conceptos no so-
portan el más ligero análisis Ellos son buenos para las
luchas de la prensa y de la plaza pública, no para la
Historia.
[2]. La mayor parte de los genuinos caudillos patriotas
eran analfabetos. Muchos llegaron más tarde a adquirir una
cultura superior: pero podemos citar otros, que aun habiendo
t»SICOI.OGIA DE LA MASA POPULAR 15.^
La leyenda nacional cuando relata, lle-
na de espanto, las escenas horrorosas
de la guerra a muerte^ califica a los
soldados realistas de «masa fanatizada y
estúpida, gavilla de ladrones y de asesi-
nos». Y es no obstante de aquellas mon-
toneras delincuentes, de «aquellas hordas
furiosas de bárbaros» de donde surgen a
poco guerreros insignes de la Independen-
cia; que primero, en las llanuras de Apure
y del Guárico bajo las órdenes de Páez,
Monagas, Zaraza, llenarán de asombro a
las tropas expedicionarias, a «los ven-
cedores en España de Napoleón el Gran-
de»; y días más tarde, recogidos por el
mismo Páez como fieras salvajes en las
propias llanuras e incorporados de viva
fuerza en los cuerpos auxiliares que mar-
chaban a las Repúblicas del Sur a com-
plementar la Independencia de Améri-
ca, «llevarán sus armas triunfantes y
redentoras hasta los remotos campos de
Ayacucho y contribuirán a sellar la eman-
figurado mucho en la época nacional, apenas apren-
dieron a escribir su nombre. En cuanto a los realistas,
recordamos que el ilustre escritor don Benito Pérez Galdós,
en una visita que le hicimos en S?ntander en 1908, hablán-
donos del Brigadier Francisco Tomás Morales y del gran
papel que llegó a representar en Canarias después de la
Independencia, nos dijo que había muerto sin saber leer
ni escribir. El creo por credo, que tanto le critican a
Boves. era moneda corriente entre las grandes figuras
de la época. Véase lo que Heredia y Juan Vicente González,
dicen, poi ejemplo, del General Juan Bautista Arismendi.
154 LAUREANO VALLENILLA LANZ
cipación del Continente bajo la dirección
del Libertador, y a las inmediatas órde-
nes del General Antonio José de Sucre».
Es el mismo General José Antonio
Páez quien va a decirnos cómo sus bri-
llantes Centauros, eran exactamente los
mismos «degolladores y asesinos» que
comandados por Boves, Yañes, Morales,
habían asolado a Venezuela en 1814.
«Resolví, dice Páez, poner en prác-
tica la resolución que había tomado en
Mérida de irme a los llanos de Casa-
nare para ver si desde allí podía em-
prender operaciones contra Venezuela,
apoderándome del territorio de Apure
y de los mismos hombres que habían
destruido a los patriotas bajo las órde-
nes de Boves, Ceballos y Yañes. To-
dos aquellos a quienes comuniqué mi
propósito creían que era poco menos
que delirio, pues no veían posibilidad
ninguna de que los llaneros, que tan
entusiastas se habían mostrado por la
causa del Rey de España y que tanto
se habían comprometido en la lucha con-
tra los patriotas, cambiaran de opinión y
se decidieran a defender la causa de éstos».
«A consecuencia del buen tratamien-
to que di a los prisioneros — dice más
psicología ÜE la masa I'OrULAR 155
adelante — dejáudoles la libertad necesa-
ria para desertarse si cinerían y regre-
sar a sns casas, los que no mandé a
la Nneva Granada, tuve la satisfacción
de que antes de un mes volvieran a
mis filas muchos de ellos, pues casi
todos eran venezolanos y en aquella épo-
ca no cabía término medio entre ami-
go y enemigo. La noticia de mi ge-
nerosidad para con los prisioneros y
el auge que da la victoria se difundie-
ron por todos los pueblos de Barinas y
de Apure; y sus habitantes que antes
nos tenían en mala opinión a los pa-
triotas por la conducta cruel de algu-
nos de sus jefes, se persuadieron de
la justicia de nuestra causa y halaga-
dos por la lenidad de nuestra conduc-
ta con los vencidos, principiaron, aun-
que lenlajueiite^ a reunirse a mis filas
para llegar a ser más tarde el sostén
de la independencia de Colombia» (1).
[1] Otra causa mucho luás positiva, mucho luás lógica,
de menos complejidad psicológica y más en consonancia
con los impulsos pilladores característicos de los nómades
en todos los tiempos y en todas las latitudes, pro-
dujo aquella rápida transformación en que para nada en-
traron nunca ideas, sentimientos o afecciones políticas
que no caben en la basta complexión psicológica de masas
primitivas movidas siempre por apetitos materiales. La
explicación la hallamos en documentos cuya autoridad no
puede someterse a dudas.
11
156 LAUREANO VALLENILLA LANZ
«Bolívar se admiraba — continúa Páez —
no tanto de que hubiese formado aquel
ejército, sino de que hubiese logrado
conservarlo en buen estado y discipli-
na (1), pues en su mayor parte se
componía de los mismos individuos que
a las órdenes de Yañes y Boves habían
sido el azote de los patriotas. En efecto,
¿quién creyó jamás que aquellos hom-
bres, por algunos escritores calificados
de salvajes, acostumbrados a venerar el
nombre del Rey como el de una divini-
dad, pudieran jamás abandonar la causa
que llamaban santa, para seguir la de
la Patria, nombre que para ellos no
tenía significación alguna? ¿Quién creyó
entonces que fuese posible hacer com-
prender a hombres que despreciaban a
los que no podían competir con ellos
[1] Más adelante se verá lo que fué esa disciplina,
por confesión del mismo Páez. Era exactamente la misma
del ejercito de Boves. «No tienen ningún respeto por sus
oficiales superiores; para ellos todos son iguales; pero no
por e.^o dejan de obedecer sus órdenes en el campo de
batalla cuando saben que puede costarles la vida el
mirarlas con indiferencia. En esto consiste, a mi ver,
toda su disciplina; pues fuera del campo son sucios,
desordenados, ladrones, y tratan a los oficiales, que en
verdad no son mejores que ellos, con la uiisma libertad
conque se traían los unos a los (itms». Cita hecha por
el mismo Páez en .'■u Autobinfírafía— tomo 1?, páginas
14J y siguientes, de un libro titulado: Recollectinns of a
service of three years during lite icar-of-extermination
in Ihe Repúblics of Venezuela and Colombia. London
1S2S. — El General Páez califica la narración de este au-
tor, de bella y verídica.
psicología de la masa popular 157
en la fuerza bruta que había otra su-
perior a ésta a la cual debían some-
terse?» (1).
Desde luego que debemos descartar
como frases de puro adorno las afirma-
ciones de que los llaneros aprendieran en
las filas independientes y bajo las órdenes
del General Páez lo que era la Patria,
pues éste mismo, como casi todos los otros
caudillos, no lo sabía entonces (2); ni
mucho menos que adquiriesen idea de la
justicia, ni que respetasen otra autoridad
que la de la fuerza bruta.
[1] Páez — Autobiografía -Tomo I*?, páginas 57, 8? y 135.
[2] Kn 1S19 decía Don Fernando de Peñalver al Li-
bertador: «si hubiera sido posible reunir a Santander
con su división al ejército de Apure, para dar un solo
golpe y volverse después a su Casanare, tal vez estaría
decidida la campaña; pero Casanare es como Cumaná, y
Cumaná como la Margarita, y por esa dificultad de reu-
nir nuestras fuerzas cuando es necesario, está siempre
expuesta la suerte de la República. Cuánto mal nos ha-
ce la falta de espíritu nacional y el apego de nuestros
Generales y oficiales a sus provincitasli O'I^eary— 6'o/r<rí-
pondencia VIII, pág. 3-17. En 1821 el General Soublettt,
encargado del mando supremo en Venezuela, se queja
de que aleados en el .\lto Llano todos los oficiales rea-
listas que se habían presentado después de Carabobo y
asaltando las poblaciones como en sus mejores tiempos,
no hubiera quien diese impulso a las tropas «mientras
el Excmo. General en Jefe se pasea en Achaguas; si aun
yo estuviera seguro de que no volvía, me iría a Valen-
cia y desentendiéndonie de todo el mundo reduciría mi
atención al territorio de este lado del Apure, y deja-
ríamos allá a Páez con su patriecita. . . .• Ibid. (Pág. ¿6).
Kste arraigo de los caudillos de la Independencia a la
patria chica lo estudiamos extensamente en otros trabajos.
158 LAURKANO VALLENILLA LANZ
«Los llaneros que mandaban Páez,
Zaraza, Monagas y otros jefes republi-
canos— dice con mucha exactitud el his-
toriador Restrepo — eran los mismos en
gran parte y de igual raza de los que
reunieron en 1813 y 1814 Boves, Mo-
rales, Yañes y Rósete; tenían, pues,
los mismos vicios y la misma insubor-
dinación» (1).
La opinión del General Morillo, es
en esta materia de inapreciable valor
histórico, tanto porque coincide perfec-
tamente con la de los escritores pa-
triotas, como porque explica perfecta-
mente en qué consistió la adhesión de
los llaneros a la causa del Rey:
«Los rebeldes de Apure 3^ del A rau-
ca, gente feroz y perezosa que aun en
los tiempos de paz han errado en ca-
ravanas por la inmensa extensión de las
llanuras, robando y saqueando los hatos
y las poblaciones inmediatas, han en-
contrado en la guerra una ocasión muy
favorable para vivir conforme a sus de-
seos e inclinaciones. Hubo un hombre
que supo conocerlos, reunirlos, y ha-
cerlos pelear por la causa del Re}^
|1] Historia de la RepCiblica ríe Colombia. Tomo 29
Pág. 436— En ñola.
PSICUI.OIUA UK 1.A MASA I'OPULAR 159
con la esperanza del saqueo y del pi-
llaje, que es el móvil que los anima.
Este fue el difunto Coronel D. José
Tomás Boves, que, hallándose en el
Apure cuando Bolívar y demás caudi-
llos rebeldes dominaban estas provin-
cias, se puso a la cabeza de estos mis-
mos llaneros que ho}- nos hacen la
guerra y señalándoles los pueblos opu-
lentos del interior los condujo a ellos
y acabó con los traidores. Pero resta-
blecido el Gobierno legítimo, volvieron
a su país estos hombres que no pue-
den vivir sino a caballo ni en otra
parte que en sus llanos, entre las va-
cas y el ganado, y fueron poco a poco
reuniéndose en pequeñas partidas pro-
clamando la independencia, que era la
voz con que podían robar».
«Yo hice cuanto me fue posible por
destruirlos — continúa Morillo — y efecti-
vamente logré coger muchos de los más
nombrados y arrojarlos de los llanos de
San Martín y de Casauare, persiguién-
dolos en mi venida del reino hasta la
época de la batalla de Mucuritas, hato
situado en el banco que forman el
Apure y el Arauca, donde todos los lan-
ceros se habían reunido a las órdenes
del atrevido José Antonio Páez. Este
160 LAUREANO VALLENILLA LANZ
caudillo a quien no falta inteligencia
y valor, supo aprovecharse del camino
que dejó abierto el famoso Boves e
hizo lo mismo que él con los lanceros,
apoderándose de todas las caballadas,
de todos los hatos de ganado \' dejando
a sus contrarios sin medios de poderles
hacer la guerra en el desierto país don-
de formaron su residencia» (1).
El General Páez va a encargarse de
decirnos lo que fueron aquellos héroes
en las filas patriotas: «Sobre los in-
formes que se han hecho del Coronel
Nonato Pérez — dice Páez al Libertador
en 1818 — aseguro a Ud. que son una
sombra respecto a lo que yo mismo
estoy presenciando. Mujeres, ancianos,
jóvenes, todos, todos, declaman contra
sus hechos; el agente más eficaz de la
tiranía no habría puesto en ejecución
providencias tan violentas. Guasdualito
y Arauca, al paso que aún lloran sus
padecimientos, tiemblan cuando recuer-
dan a su autor; tal ha sido la con-
ducta de este Jefe. Después de tirani-
zar los pueblos con su genio déspota
y orgulloso quitó la máscara a su am-
[1] A7 Teuiinic General Don Pablo Morillo, ele., etc. —
Estudio bio<^ráfico docutnen lado.— 'Por Antonio Rodríguez
Villa— Tomo III, páginas 511 y 512.
psicología dk la masa popular 161
bición, se declaró dueño exclusivo de
todo, y cometió bajezas que no pueden
creerse, extrayendo donativos, estable-
ciendo un comercio ratero para con-
cluir con el último medio de estos ve-
cinos. ...» (1).
Al referirse el mismo Páez a las par-
tidas de caballería destinadas por él a
acosar el ejército realista en 1818, dice:
«Algunas de estas partidas, abusando
de la libertad que se les había dado
de obrar a discreción contra el enemi-
go, y sobre todo las que recorrían la
provincia de Barinas y los llanos de
San Carlos, cometieron demasías con-
tra los ciudadanos pacíficos, y por tan-
to me vi obligado a mandar que se
retiraran a Apure. Algunos que habían
sacado buen fruto de sus correrías, las
[1] O'Leaiy — Documentos. Tomo XVII — Referíanos
nuestro amigo Don Carlos Hernáiz que preguntan-
do un día a su abuelo el General Soublette por qué el
Coronel Nonato Pérez, siendo granadino, no asistió a la
))atalla de Boyacá. le respondió malicioFamente: "Diz
que le estábamos juzgando por ladrón» —Luego anadió
riéndose: "Y a nosouos. ¿quién nos juzgaba?! El General
SantíUider dice en sus «Apuntamientos Históricos» refirién-
dose a la campaña de los llanos, de 1S16 a 1818: «Los
caballos }' el ganado se tomaban donde estaban, sin cuen-
ta alguna y como bienes comunes. Rsta cita híirá son-
reír a nuestros militares, porque en un siglo las cosas no
sufrieron variación alguna; el derecho de propiedad des-
aparece al primer grito de guerra. Lo que nuestro
escritor de costumbres, Don Francisco de Sales Pérez,
sintetizó en esta frase; yiz'a ¡a Libertad! Muera el ga-
nado!
162 LAUREANO VALLENILLA LANZ
repitieron sin mi consentimiento, y me
vi en el caso de pnblicar nna orden
general que amenazaba, con pena de la
vida, a los que, sin mi permiso, pa-
saran al territorio enemigo. En cum-
plimiento de ella tuve que fusilar a
cuatro: el famoso comandante Yillasa-
na, un valentísimo capitán de la Guar-
dia, llamado Garrido, un alférez y un
sargento».
«Dividido el ejército republicano — di-
ce Restrepo — en tantas partidas y pe-
queñas divisiones, cualquier oficial pro-
cedía arbitrariamente a disponer de los
bienes de cuantos él denominaba rea-
listas, a quitar la vida a los españo-
les y canarios, y aun a los venezola-
nos enemigos del nuevo sistema» (1).
Pero nada más sugestivo que el re-
trato que del Coronel Leonardo Infan-
te nos dejó trazado el Libertador, por-
que sin duda alguna, con ligeras modi-
ficaciones, puede ser el de la mayoría
de los oficiales llaneros.
Al recibir la noticia del fusilamien-
to de Infante 3^ de la protesta que con-
tra aquel asesinato jurídico lanzó el
[1] Páez — Autobiografía. Tomo 1'.', pág. 169— Restrepo—
Hist. de Colombia. Tomo 2V, pág. 211.
psicología de i, a masa popular 163
Doctor Mioiiel Peña, Ministro de la Cor-
te de Justicia en Bogotá, le escribe a
don Fernando de Peñalver:
«Dígale U. a Peña de mi parte que
he sentido mncho su disputa sobre el
negocio de Infante; pero que ya qne al
infeliz lo han matado, no vaya él a
dar escándalos y mate a los que que-
dan vivos .... Dígale U. que nadie lo
amaba ni estimaba más que yo, pero
que tampoco nadie era más feroz qne
él: que mil veces había dicho que su
instinto universal era matar a los vi-
vientes y destruir a lo inanimado: que
si veía suspenso un cordero le daba un
lanzazo y si a una casa la quemaba:
todo a mi presencia. Tenía una anti-
patía universal, no podía ver nada pa-
rado. A Rondón que valía mil veces
más que él, lo quiso matar mil veces.
Y con esto he dicho todo» (1).
II
Bolívar había penetrado tan honda-
mente en el espíritu de aquellos hom-
bres que desde 1821, previo la impo-
sibilidad de establecer en Venezuela una
[IJ OLeary — Cartas del Libertador — Tomo XXX.
164 LAUREANO VALLENILLA LANZ
paz sólida, a menos de contener por la
fuerza a los discípulos de Boves, lo cual
era, sin embargo, sumamente peligroso.
«No pueden Uds. formarse idea exac-
ta del espíritu que anima a nuestros mili-
tares,— escribía ai Doctor Pedro Gual. —
Estos no son los que Uds. conocen
por allá (en la Nueva Granada) son
los que Uds. no conocen: hombres que
han combatido largo tiempo, se creen
muy beneméritos y se consideran hu-
millados y miserables y sin esperan-
zas de coger el fruto de las adgiii-
sicÍGues de su lanza. Son llaneros de-
terminados y que nunca se creen
iguales a los otros hombres que saben
más o aparecen mejor. Yo mismo que
siempre he estado a su cabeza, no sé
aún de lo que son capaces. Los trato
con una consideración suma y ni aun
esta misma consideración es bastante
para inspirarles la confianza 3^ la fran-
queza que debe reinar entre camaradas
y conciudadanos.. .Persuádase U. Gual
que estamos sobre un volcán pronto a
hacer explosión. Yo temo más la paz que
la guerra., y con esto doy a U. idea de todo
lo que no digo ni puede decirse. . . » (1).
(1] Ibid.-Ibid. Tomo XXIX, pág. 207
PSICOLOC.IA DP: la masa I'OITI.AK 165
De tal modo convencido se hallaba
Bolívar de los móviles qne habían impul-
sado a los llaneros a pasarse a las banderas
déla Independencia, después de la muerte
de Boves, que en 1S21, pocos días después
de la Batalla de Carabobo, escribía al
Ministro de Hacienda de la Gran Co-
lombia por órgano de su Secretario el
General Pedro Briceño Méndez: «Cuando
el señor General Páez ocupó a Apure
en 1816, viéndose aislado en medio de
un país enemigo, sin apoyo ni espe-
ranza de tenerlo por ninguna parte y
sin poder contar siquiera con la opinión
general del territorio en que obraba, se
vio obligado a ofrecer a sus tropas, que
todas las propiedades que perteneciesen
al Gobierno en el Apure (que eran las
confiscadas a los enemigos) se distri-
buirían entre ellos liberalmente. Este
entre otros fue el medio más eficaz de
comprometer a aquellos soldados y de
aumentarlos porque todos corrieron a
participar de iguales ventajas».
"Tan persuadido estaba el General
Páez — agrega el Secretario — de la im-
portancia de este paso y de los saluda-
bles efectos que había obrado, que al
someterse y reconocer la autoridad de S.
E. el Presidente, entonces Jefe Supremo,
166 LAURKANO VALLENILLA LANZ
no exigió sino la ratificación de aquella
oferta. S. E. no pudo denegarse a ella,
y creciéndola justa en su objeto, aunque
demasiado extensa e ilimitada, creyó
conveniente modificarla 3' hacerla al mismo
tiempo extensiva a todo el ejército».
El Libertador había hecho expedir una
hey de repartos en octubre de 1817,
que no fué cumplida. ]\Iás tarde el
Congreso, compuesto de hombros que
desconocían por completo el espíritu de
nuestros nómadas, adoptó el sistema de
distribuir certificaciones o vales, que los
llaneros vieron con la mayor descon-
fianza, «produciendo quejas privadas y
disgustos, porque se crej'ó que los billetes
se daban para no dar las propiedades
que debían representar». El llanero des-
confiado, suspicaz 3' para quien un simple
papel no podía tener valor alguno, vio
con desprecio 3- disgusto los billetes, y
creía con razón el Secretario Briceño
Méndez, «que crecería infinitamente ^el
descrédito de aquellos papeles si suspen-
diendo su emisión 3' su distribución, no
se hacía efectiva de otro modo la repar-
tición de los bienes, que el Libertador
había ordenado .se hiciera «en las pro-
piedades mismas».
Libertada Venezuela definitivamente en
psicología dk la masa popular 167
Carabobo, los llaneros reclamaban peren-
toriamente sus haberes. Los vales se
ofrecían al 10 /^ sin compradores y el Li-
bertador pedía que el Congreso se ocupara
con preferencia de un asunto «cuyo apla-
zamiento podía ocasionar graves trastor-
nos. . . . por lo menos con respecto a la
división de Apure y demás del Llano, es
de forzoza necesidad la distribución inme-
diata de las propiedades, si se quieren pre-
venirlos desastres que he anunciado antes.
Sin ella puede U. S. desde luego protestar
al Congreso General, que ni el Presi-
dente ni ningún Jefe subalterno pueden
ser responsables en esta parte de los
disturbios y trastornos que turben la
tranquilidad pública». El Libertador
«sentía verse obligado a hacer una ma-
nifestación semejante» — cuando todo el
mundo creía en el patriotismo sentimental
y platónico de los llaneros, como hasta
ahora lo han estado contando historia-
dores, romanceros y poetas; — pero si al
al mismo tiempo — decía el Secretario —
el Libertador ve ligada a ella, en cierto
modo la estabilidad de la República, 3-
su seguridad, ¿podría dejar de hacerla?»
Y véase por los siguientes conceptos
si el Libertador conocía profundamente
la psicología de nuestros llaneros y es-
168 LAUREANO VALl.ENILT.A LAKZ
taba persuadido de lo que eran capaces si
no se les cumplían las promesas de re-
compensarles sus servicios. «Con hom-
bres acostumbrados a alcanzarlo todo por
la fuerza — decía en la misma nota — ha-
bituados a la guerra, poco o nada sensi-
bles a los sentimientos de generosidad
y desprendimiento, y tantas veces enga-
ñados por nuestros enemigos, no pueden
adoptarse medios que no sean extremos:
ellos no pueden ser halagados ni entre-
tenidos con esperanzas, y cualesquiera que
les presentase el Congreso no las oirían
sino como pretexto para no cumplir,
mientras que ellos pueden exigirlo».
Sólo tres días antes de la fecha de
esta nota, se había dirigido el Liberta-
dor al Ministro de Hacienda en el mismo
sentido, lo que prueba que los Centauros
se hallaban impacientes y amenazadores
reclamando «el fruto de las adquisiciones
de su lanza». Bn esa comunicación de-
cía: «....Es de absoluta necesidad que
el Congreso dicte algunos medios que
hagan esperar al ejército el cumplimien-
to de las ofertas que tantas veces se
le ha repetido sobre la ley de su haber.
Sería mu}^ peligroso que por un momento
se llegase a dudar del cumplimiento de
aquellas ofertas, en que cada uno funda
?SlCOLOGIA DE LA MASA POPULAR 169
SUS esperanzas. Se acerca el día de la
paz, se acerca el momento de licenciar
;'l ejército; y si entonces, al retirarse a
sus casas, no llevan la segnridad de en-
trar en el goce de su asignación, no
será extraño que se repitan /as mismas
defecciones que siijrietou los españoles
luaudo subvHQaroii a Venezuela en 1814^
1 ojalá que no sea ésta la señal de la
desastrosa guerra civil que nos amenaza^
por la apa) ente dijerencia de nuestra
poblado n^ii (1).
Hemos subrayado exprofeso las últi-
il) O'Leary. T, XVIII, p. 394 y -100. Estos casos no son
raros en la historia. «De allí que sea conveniente examinar
las cosas de cerca para conocer el verdadero motivo de las
acciones humanas Todos hemos vivido en la creencia de
que la terrible innundación de los Árabes en el Siglo VII,
[i'is árabes eran nómades como los llaneros] era empujada
sobre todo por móviles religiosos. Los discípulos de Mahoma,
se ha dicho, lanzáronse a. \a conquista del mundo para conver-
tirlo por la espada. Pero es absolutamente incierto I,os
árabes buscaban más la riqueza que el proselitísmo. El
número de partidarios de Mahoma dice Wall [Hist. Genérale
1'-', p 452] que era Ínfima cuando él se anunciaba como un
apóstol, llegó a engrandecerse el día en que prometió a
(luienes quisieran seguirle, la guerra, f\ pillaje y el des-
jo de los infieles!. Novicow. Concience el volóle socia-
p. 261. Es perfectamente el mismo concepto de los
actores y testigos de la Revolución respecto de los móviles
cjne empujaron a las hordas llaneras a combatir en favor
lie la causa realista al principio de la guerra y a pasarse
~pués a las banderas de la P.tria, cuando el Jefe del
'rcito Expedicionario quiso someterlos a la disciplina e im-
1^ .tieiles el respeto a la propiedad. Heredia dice que «Bo-
ves se hizo el ídolo de la gente de color; de aquellas hordas
fie cosacos, que se llamaban Cuerpos de Caballería, porque
- halagaba con la esperanza de ver destruida la casta
:uinante y con la libertad del saqueo». Memorias del
i.rgente Heredia. p. 239. passiin
170 LAUREANO VAIXENILLA LANZ
mas frases, porque ellas contienen apre-
ciaciones de una inmensa significación.
Allí está diciendo el Libertador, que
así como los llaneros se hicieron ene-
migos de los españoles porque después
de haber subyugado a Venezuela éstos
no le cumplieron las promesas que les
habían hecho Boves y Yañes, ahora pro-
moverían la guerra civil contra el Go-
bierno, si éste no les satisfacía inme-
diatamente sus haberes. El Congreso
oyó las indicaciones del Libertador, pero
la ejecución de la Ley no fué tan equi-
tativa como era de esperarse. Páez y
algunos otros Proceres, secundados por
una porción de especuladores, comenza-
ron a comprar los haberes militares, sobre
todo, las de los llaneros de Apure por pre-
cios irrisorios; de tal manera que el lati-
fundio colonial pasó sin modificación algu-
na a las manos de Páez, Alonagas y otros
quienes habiendo entrado a la guerra sin
bienes algunos de fortuna, eran a poco de
constituida Venezuela los más ricos pro-
pietarios del país. A esta violación de la
Ley se siguió la reacción del partido rea-
lista, que apoderado de los consejos del
Gobierno y de los tribunales de justicia,
comenzó a anular las confiscaciones de
los bienes de los emigrados, arrebatan-
psicología de i. a masa popular 171
doselos a los guerreros de la Iiidepeu-
dencia, a quienes se les habían asigna-
do en recompensa de sus servicios, para
devolverlos a sus antiguos propietarios
y a sus descendientes que regresaban al
país. Bien entendido que esta medida
no alcanzó ni podía alcanzar al General
Páez, ni a algunos otros magnates que
continuaron aumentando su riqueza te-
rritorial.
Entonces sucedió lo que había pre-
visto el Libertador: los llaneros se die-
ron de nuevo al robo y al pillaje, como
lo venían practicando desde los tiempos
coloniales, con la diferencia de que aho-
ra podían disfrazar sus bárbaros impul-
sos proclamando principios políticos y
«reformas» constitucionales.
III
Ya se ha visto cómo la guerra, que
continuaba en el sur del Continente,
proporcionó a algunos de aquellos hom-
bres la ocasión de ir a segar laureles
con su ingénita bravura en las batallas
finales de la Independencia de la Amé-
rica. «El General Páez — dice Restrepo —
quiso llamarlos al camino de la gloria,
a unos en el Perú, a otros en el sur
12
172 LAUREANO VALLENILLA LANZ
de Colombia .... sus lanzas hicieron
temblar más de una vez a los españoles
en el suelo de los Incas». (1)
Pero no ya en el camino de la
gloria, sino en el seno de la gloria misma ^
luciendo sobre el lujoso uniforme las
insignias de sus triunfos, muchos de
aquellos hombres, en quienes la discipli-
na de los ejércitos regulares no había
tenido tieuipo de ejercer su acción edu-
cativa, coutinuaban constituyendo, por el
iudividualismo bárbaro característico de los
pueblos pastores, un gran peligro para la
tranquilidad pública. (2)
Es que el hecho de cambiar de ban-
deras no podía corresponder de ninguna
[l] Restrepo. Obra citada. Tomo 3'^
[2] Véanse algunas de las apreciaciones que encontra-
uios en los documentos respecto de oficiales llaneros en-
viados a los ejércitos del Sur. Hi General Páez, h\ darle
cuentn al Libertador de la expedición que salió de Puerto
Cabello para el Perú en 182 i, le dice: «Por fina fuerza de
trabajos he podido preparar otra nueva remesa, que aunque
corta es también compuesta de muy buena gente Entre
esta gente va un Teniente Coronel de los españoles, lla-
mado Telésforo Gutiérrez, hombre muy malo, el cual
después de haberse presentado fue aprehendido en Coro
por habérsele descubierto una facción que estaba organi-
aando Que el Coronel Mina no vuelva nunca más a
Venezuela o al Distrito del Nortei. O'Learj-. Obra ci-
tada. Tomo 2'i, pág. 57. Rl Libertador, por su parte, al
dar órdenes a Salom para devolver a Colombia los cuerpos
del ejército auxiliar del Perú, le decía: «Ningún hombre
peligroso debe volver a Colombia, pues allá lo que ne-
cesitamos son tropas que mantengan el orden y la mo-
ral.. Ihid. ibid Tomo XXX, pág. 96.
psicología de la masa popular 173
manera a uiia modificación profunda en
el organismo psicológico de nuestros lla-
neros. Al pasarse de una a otra fila no
hicieron más que cambiar de Jefe: en el
fondo oscuro de su mentalidad y de sus
afecciones, el Mayordomo Páez era el
heredero legítimo del Taita Boves.
La psicología reconoce en los indi-
viduos como en los pueblos la imposibi-
lidad de esas modificaciones bruscas y
totales. (1)
En la evolución histórica de Venezue-
la se observa claramente cómo estallaban
a cada conmoción los mismos instintos
brutales, los mismos odios, las mismas
pasiones, los mismos impulsos de asesi-
nato y de pillaje, y cómo continuaban
surgiendo del seno de nuestras masas
populares las mismas hordas de Boves
y de Yañes, dispuestas a repetir en
nombre de los principios republicanos
los mismos crímenes que en nombre
de Fernando VII, e igualmente igno-
rantes de lo que significaba el go-
bierno colonial o el gobierno propio. Y
[1] Gu-tave Le Hon — Lois Psichologiques de L' Evoltition
des Peuples — Pág. 6d — I.orsqu'oii étudie de prés tous ees
prétendus chaiigenients, on s'aperfoit bientót que les iioiiis
seuls des choses varient, tandis que les réalités qui se
cachent derriére les niots cuiitinuent a vivre et ne se trans-
forment qu'avec une extreme letiteur».
174 LAUREANO VALLENILLA LANZ
es porque a pesar de todas nuestras
ideológicas transformaciones políticas, el
fondo íntimo de nuestro pueblo continuó
por largos años siendo el mismo que du-
rante la Colonia. Las pasiones, los ins-
tintos, los móviles inconscientes, los pre-
juicios hereditarios, tenían que continuar
siendo en él elementos de destrucción y
de ruina, contenidos únicamente por los
medios coercitivos de que tan ampliamen-
te ha dispuesto el Jefe del Estado, sin
sujeción posible a las soñadas garantías
escritas en las constituciones. (1)
Ya en plena República, y habiendo
alcanzado glorias y honores en la guerra, el
[1] Juan Vicente González, que es el único de los histo-
riadores venezolanos que aun en el calor de las luchas
de partido tuvo conciencia de la continuidad histórica en lo
evolución social y política del país, decía en 1846, lleno de
pavor ante las amenazas de sublevación que venían de
los llanos: «....todo debemos temerlo de puntos donde
existen tantos elementos de guerra; donde se levantó la
facción de Farfán de donde salieron a desolar las
sanguinarias hordas de Boves.... Por todas partes los
malvados alzan la frente impune. Asonadas y motines
ponen en alarma los llanos de Calabozo que bastaron a
Boves para desolar este país; en varios puntos bullen
pro3-ectos de conspiración 3' de asesinatos....» González,
sin embargo, atribuye a la influencia del Redactor de nEl Ve-
«f^'o/rtwo» Antonio Leocadio Guznián, este e.stado de eferve-
ceiicia: «Reciba la enhorabuena el señor Guzmán,— decía— que
se llama amigo de las instituciones y las vilipendia; que se
alaba de amar la paz, y enciende la guerra másciuel de que
dará ejemplo la desgraciada América (la guerra de colores);
que se jacta de contener las masas, que sacuden a su voz to-
da especie de freno, y presencia sonriendo el pillaje y
el asesinato, obra exclusiva de su venganza sobre la so-
ciedad». Diario de la Tarde —}\\n\o de 1846.
psicología de la masa popular 175
propio General Páez, que tanto se envane-
ce de haber enseñado a los llaneros de
Apure a amar la Patria, la Libertad y la
Justicia y a hacerles respetar otro poder
que el emanado de la fuerza bruta, se
ve obligado, en presencia de los hechos
concretos, a pintarnos a sus compañeros
de glorias, como se verá más adelan-
te, con los más reales y sugestivos
colores.
IV
«Acostumbrados ( los venezolanos) des-
de muchos años atrás a vivir en los
campamentos en medio del ruido de las
armas y bajo de una disciplina que no ha-
bía podido ser de ningún modo severa,
hallábanse habituados, sobre todo en las
llanuras que riegan el Apure y sus tri-
butarios, a que los bienes fuesen co-
munes mientras duró la guerra; es
decir, el ganado vacuno y los caballos
que pueblan aquellas dilatadas sabanas.
Concluida la guerra, fueron licenciados
un gran número de llaneros, los que
regresando a sus antiguos domicilios se
encontraron sin hogar ni ocupación. No
se podían persuadir de ser prohibido coger
las vacas y novillos que pacían en aque-
176 LAURKANO VALLENIIXA LANZ
lias praderas, y querían continuar su
antiguo sistema de vida. Sabiendo que
los cueros y el sebo de los ganados te-
nían compradores en todas partes, se
formaron, especialmente los apúrenos,
en partidas de ladrones que mataban las
reses esparcidas en las sabanas, sin más
objeto que aprovecharse de los cueros y
del sebo, para venderlos a los logreros
que por su codicia los excitaban a tama-
ños excesos. Con tales incentivos los ríos
navegables se infestaron de embarcacio-
nes montadas por ladrones de ganados
que llevaban el fruto de sus latrocinios
para venderlos en las poblaciones. Las
sabanas se veían cubiertas por todas par-
tes de esqueletos de reses, y tanta des-
trucción amenazaba con un próximo ex-
terminio de los ganados del Apure, úni-
ca riqueza de aquellas extensas llanu-
ras». (1)
No bastaron entonces para conte-
nerlos las más severas medidas dicta-
das y ejecutadas en ocasiones personal-
mente por el General Páez, por Cor-
[IJ Restrepo.— Obra citada. Temo ó"— Pág. A]2. El his-
toriador colombiano no recordaba ahora que esas partidas de
ladrones existían desde los tiemjjos coloniales y existen
donde <iuiera que haya llanuras y caballos.
psicología de la masa popular 177
iielio Muñoz y por el antiguo Coronel rea-
lista Facundo Mirabal, jefes estos dos últi-
mos de los campos volantes, que aprehen-
dían y fusilaban sin fórmula de juicio a los
abigeos. Esto sucedía en 1824. Los que
no caían bajo aquella justicia expedi-
tiva eran enviados, como hemos dicho,
a los ejércitos auxiliares del Perú. «iVbría-
seles allí un teatro de glorias y se les
daba una ocupación análoga a su genio
belicoso 3' a sus antiguas habitudes».
Pero nada fué parte a reprimir el
pillaje, ni a reducir a la obediencia del
gobierno aquellas partidas de bandoleros
que se reproducían sin cesar como si
brotaran del suelo, todavía demasiado
inculto para producir otros frutos. Du-
rante largos años la situación no llegará
a modificarse. Con su fe absoluta en
la eficaz influencia de las leyes, los hom-
bres cultos pretenderán cambiar aquel es-
tado de anarquía espontánea, sin sospe-
char siquiera que él era la lógica expre-
sión de un organismo social rudimentario
en pleno trabajo de integración; el mismo
que se estaba realizando en todos los de-
más países de Hispano — América, con
manifestaciones mas bárbaras y sangrien-
tas en aquellas donde prevalece la llanura,
3' la vida pastoral .se había desarrollado
178 LAUREANO VALLENILLA LANZ
con todos SUS caracteres disgregativos,
constituyendo grupos o clanes nómades
antagónicos, sin sujeción posible a ningún
régimen regular de gobierno, uniéndose
ocasionalmente bajo la autoridad temporal
de un caudillo, «para llevar por todas
partes, a su paso, el terror y la devas-
tación». Venezuela, como Argentina y
Uruguay, sufría entonces las consecuen-
cias necesarias y fatales que emanaban
de su constitución geográfica. (1)
Los blancos habían sido siempre los
amos, los propietarios, los dominadores,
los privilegiados por las leyes y las
[1] — «Donde existen llanuras y caballos, existen bando-
leros!, asienta Helhvald. Y Schweiger, refiriéndose a lo
que hace pocos años sucedía con los nómades de la Meso-
potamia respecto a las autoridades turcas, pone a las claras
la situación de los llaneros venezolanos en la época colo-
nial y da la clave de los sucesos posteriores: «El go-
bierno otomano — dice — carece por completo de la fuerza
y de la capacidad suficieiitas para implantar una civili-
zación aceptable en el Irak - Arabi. Acosados hace ya largo
tiempo por las grandes tribus de los Chamara, los Montofik,
los Beni I<am y otras que vagan por el llano, los gober-
nadores turcos se ven obligados a pensar únicamente en
el modo de conservar la estabilidad de las condiciones
existentes; de suerte que la historia de estos últimos de-
cenios se reduce a una lucha incesante, en la cual más
de una vez han salido vencedores los adversaiios del go-
biertio. Si las tribus árabes de las llanuras niesopotámicas
pudieran ponerse de acuerdo, el gobierno se vería en gra-
ve aprieto enfrente de aquellas hordas podero>as que
con frecuencia pueden reunir de 10 a 20.ÜUÜ combatientes.»
Cita de Heliwald. La Tierra y el Hovtbre. V. Demo-
lins — Coniineul la roule cree le type social, t, I. Ya insis-
tiremos sobre estos puntos cuando estudiemos la influencia
del medio en nuestra evolución histórica.
psicología dk la masa popular 179
costumbres. Ejecutores de la justicia y
administradores perpetuos de los bienes
del coniiín, una ambición muy le^^ítima
les había llevado a declarar la inde-
pendencia, a desconocer al Rey de Es-
paña con el único objeto— según la opi-
nión de los realistas — de sustituirse al
Monarca para establecer lo que Bolívar
llamará «la tiranía doméstica activa y do-
minante». Pues contra esa casta debían
desatarse, naturalmente, los odios de las
clases populares. Contra su vida y contra
sus intereses. Blanco, propietario y patrio-
ta, era todo uno para los soldados de Bo-
ves y de Yañes; blanco, propietario 3' ^■¿'¿yí?
fué después la bandera que euarbolaron
los mismos beduinos^ cuando Morillo,
obligado a restaurar el antiguo régimen
y a someter las tropas venezolanas a la
misma rigurosa disciplina del ejército
peninsular, se vio abandonado por ellos,
para pasarse a las filas de la indepen-
dencia.
^Morillo desprestigió entonces al Go-
bierno de España, por las mismas cau-
sas que produjeron desde 1827 la impopu-
laridad absoluta del Libertador y más tar-
de la del mismo General Páez. Fundada
ya la segunda República, en cuya cons-
titución entró como elemento princi-
180 1.AUREANO VALLENILLA LANZ
pal del proceso justificativo (da reacción
contra las le^^es draconianas del General
Bolívar que tan odioso le habían hecho
para el pueblo»), es el propio Páez quien
se ve precisado a reprimir del modo más
cruento a sus antiguos tenientes, alzados
a cada instante para derrocar las autori-
dades ejecutoras de las mismas le3'^es
draconianas que tanto habían echado en
cara al Libertador.
Alarmado el Congreso de 1836 con
la continuación de los robos de ganado,
y las constantes sublevaciones; y no
obstante los hermosos principios san-
cionados en la nueva Constitución, dicta
la terrible le}' de hurtos, por la cual «los
capitanes o cabezas de gavillas que in-
festen ciudades o caminos sufrirán la pena
de último suplicio, 3' los demás cómpli-
ces la de ciento cincuenta azotes distribui-
dos en tres porciones de quince en quince
días, y diez años de presidio». Para los
hurtos de cien a quinientos pesos se im-
ponían al reo cincuenta azotes de dolor y
dos años de trabajo en las obras públicas
del cantón o de la provincia respectiva.
Excediendo de quinientos sin pasar de
mil, el reo sufría el mismo número de
azotes y cuatro años de trabajos; y de mil
pesos en adelante los azotes de dolor su-
psicología de la masa popular 181
bían a setenta y cinco, con seis años de
presidio». (1)
Esta ley venía a reformar la de Co-
lombia de 3 de mayo de 1826, cuyo con-
siderando retrata perfectamente la impe-
riosa necesidad que la dictó (2). Pero
como el principal elemento de toda revo-
lución era precisamente aquel contra
el que debía descargarse el peso de la ley,
caj'ó ésta en desuetud, cuando los ad-
versarios de Colombia y de Bolívar ne-
cesitaron halagar las pasiones populares
y establecer la impunidad como sistema,
del mismo modo que lo hicieron primero
Boves, después los patriotas y en el curso
de nuestra agitada vida nacional, cuantos
obedeciendo a los mismos instintos y a
las mismas pasiones, que constituyen la
trama inconsciente de nuestra evolución
social, continuaron arrastrados por el to-
rrente de odios y de pasiones cuyos diques
rompieron, sin darse cuenta de sus conse-
[1] Cuerpo de leyes de Venezuela — Tomo 1? — 270 y si-
guientes. Ley de 23 de mayo de 1836.
[2] iConsiderando: que por una consecuencia de la di-
latada guerra que ha sufrido la República cierta clase de
hombres se ha desmoralizado basta el extremo de atacar
frecuentemente del modo más escandaloso la propiedad y
la seguridad individual del pacífico ciudadano, etc., etc.,
etc. — Cuerpo de leyes de la República de Colombia. Edi-
ción de Espinal — 1840 — Ley de 3 de mayo de 1826.
182 LAUREANO VALLENILLA LANZ
cuencias, los ingenuos patricios del 19 de
abril.
En cumplimiento de la ley de hurtos,
((un juez de la parroquia Urbana, en la
provincia de Guaj^ana, hizo fijar un bo-
talón— dice un periódico de la época —
para dar azotes a los ladrones: algunos
vecinos quitaron el botalón; el juez va-
liéndose de su autoridad, trató de re-
ponerlo, y los amotinados lo asesinaron
a él V a dos más. Después de cometido
este crimen, trataron de convertirse y
se convirtieron en efecto en una facción
política contra el gobierno proclamando
reformas y otras cosas». (1)
Juan Pablo y Francisco Farfán, los
Jefes de aquella facción, que conmovió
hondamente a la República, fueron dos
de aquellos valentísimos oficiales llaneros,
que después de haber sido furiosos rea-
listas con Yañes, se convirtieron en héroes
legendarios bajo las banderas de la In-
dependencia (2). Y quienes a pesar de
haber sido de los pocos favorecidos
[1] El Liberal— Q.AX2.Q^s: l'^ de marzo de 1837.— N? 46.
En la Biblioteca Nacional.
[2] Francisco figrura como Teniente Coronel entre los
Ciento Cincuenta Héroes de las Queseras del Medio; y
Juan Pablo fué el audacísimo llanero que en la batalla
de Semen hirió en el vientre de un lanzazo al General
Pablo Morillo. Aut. de Páez. 1» paga. 161-185.
l'SICOLOGIA DE LA MASA POPULAR 183
en la distribución que entre los ofi-
ciales se hizo de los hatos de Apure,
continuaron en su vida de bandidos, con-
firmando las justas apreciaciones del Li-
bertador.
Eran los Farfán — dice Páez — «de
aquellos que en más de una ocasión me
habían ayudado poderosamente a dar
cima a mis temerarias empresas. Ver-
dadero tipo del llanero beduino: hombres
de estatura gigantesca, de atlética mus-
culatura, de valor rayante en ferocidad
y sólo obedientes a la fuerza bruta. Ha-
bían servido en las filas del realista
Yañes; pero cuando 3^0 ofrecí nombrar
capitán a todo llanero que me trajera
cuarenta hombres, se me presentaron con
algunos secuaces, y desde entonces mi-
litaron conmigo en el Apure (1). Si
yo hubiera sido muy severo con mis tro-
pas habría tenido que castigar riguro-
samente a los Farfanes, pues a menudo
desertaban con su escuadrón, 3^ después
de cometer tropelías se me presentaban
de nuevo, tratando de disculpar su
[1] Por aquellos misinos días el General en Jefe del Ejér-
cito Expedicionario cometía la imprudencia de arrebatar
a los llaneros los despachos de oficiales que habían alcan-
zado con Boves. Yañes y Morales, y los destinaba a ser-
vir como soldados. Rodríguez Villa — Obra citada Tomo
III. Pág. 336.
184 LAUREANO VALLENILLA LANZ
ausencia con algún pretexto inadmisible.
La tolerancia — agrega el General Páez,
contradiciendo lo que afirma en otras pági-
nas de sus Memorias, — era en aquellos
tiempos virtud que recomendaba la pru-
dencia, y exigía la necesidad de contar
con los valientes». (1)
«Poco antes de la batalla de Mucuritas
— continúa — me hicieron los Farfanes
una de las suyas, y los despedí ame-
nazándolos con matarlos a lanzazos si lue-
go a luego no se retiraban de mi presencia
con toda su gente; y por esto no asistieron
a aquella tan gloriosa función de armas.
Más adelante volví a admitirlos, 3' ya se
ha visto lo útiles que me fueron en la
toma de Puerto Cabello el año 23)).
Logró Páez someterlos por entonces
«con sólo sus consejos.» juraron ellos «en
falso, como buenos llaneros», y en el
año siguiente tornaron a levantarse pro-
clamando cualquier cosa, lo primero que
les vino en mientes a algún tinterillo
que les servía: la resurrección de la Gran
Colombia, la reforma de la Constitución,
[1] Restrepo— Obra citada. 2u pág., 436— El Ejército
de Apure que mandaba el General Páez, era un conjunto
de llaneros valientes, pero sin di.sciplina, y aco.stutnbrados
en general a cometer cualesquiera crímenes que no siem-
pre se podían castigar».
psicología DH la masa I'OPULAR 185
el restableciiiiiento del fuero militar y
eclesiástico, el juicio por jurados, etc.,
asuntos de los cuales estaban ellos tan
bien enterados, como Cisneros, el gue-
rrillero realista de los X^alles del Tuy,
cuando el año 29 proclamaba juntamente
al Rey de España y al General Santan-
der y «mueran los blancos» (1). Buscaban
ellos en realidad lo que más les impor-
taba: la absoluta impunidad para sus
crímenes y la abolición de los impuestos
que, bajo distinta denominación, eran los
mismos que tan odioso habían hecho el
antiguo régimen.
Páez había faltado realmente a su
palabra. Porque no sólo fué bajo la
promesa que él les hiciera, después de
la muerte de Boves, de dividir entre ellos
las propiedades de Apure, sino de que li-
bre Venezuela se les libraría de toda espe-
cie de contribuciones, como los llaneros se
resolvieron a convenir en que la Indepen-
dencia o la dinblocracia — según ellos de-
cían— «no era ninguna cosa mala» y que lo
mismo daba matar y robar gritando viva
Fernando W\^ o viva la Patria.
Pero el Mayordomo Páez no era ya
1) Gacela de l'eiiezueta — 30 de mayo de 1830.
186 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
el Jeque árabe, el Kan de tártaros de que
nos hablan los que le conocieron en tiem-
pos anteriores; o el señor absoluto descrito
por él propio al General Santander, ni
el sucesor de Boves, como le titula IMo-
rillo, ni el jefe de bandoleros de que ha-
blaban los realistas, obligado a ejercer
«la tolerancia de todos los delitos como
virtud que recomendaba la prudencia».
Páez era para 1837 el Fundador del
Poder Civil ^ el Ciudadano Esclarecido
de Ve7iezuela^ el Restaurador de la Cons-
titución, el Jefe de la Oligarquía Con-
servadora. Sus gloriosos servicios que le
habían elevado al primer puesto de la
República, le habían convertido también
en el más rico propietario. Instintiva-
mente inclinado a la vida civilizada, había
comenzado su educación imitando a
los ingleses que llegaron a Apure el
año 18 y en roce constante desde
entonces con los hombres más notables de
la época, había adquirido ya todas las
ideas y todos los hábitos del hombre de
gobierno, demostrando la enorme capaci-
dad de adaptación que caracteriza a los
caudillos venezolanos.
Procedió entonces Páez de acuerdo con
su nueva situación }' con su carácter de
«representante de la sociedad»; con sus
psicología de I.A masa I'OrULAR 187
altas funciones de Gendarme Necesario,
que el alejaban por completo de sus anti-
guos tenientes. Habiéndose hecho nom-
brar Jefe Supremo del Ejército por el En-
cargado de la Presidencia de la Repú-
blica, el General Carlos Soublette, cayó
violentamente sobre la facción criminal
de los Farfanes y en un hecho de armas
que le valió el nombre de «León de Pa-
yara», pasó a cuchillo a sus antiguos
compañeros de glorias y de afanes. De
entonces comenzó el declinar de su popu-
laridad; de entonces comenzó a sufrir la
misma ley que ha conducido al pueblo
en toda época de anarquía a quebrar sus
ídolos, cuando éstos, guiados por otros
sentimientos y otros intereses más eleva-
dos y más nobles, dejan de halagar las pa-
siones innobles de la turba, convirtién-^
ípse de encubridores o cómplices de^us
delitos en defensores del orden social
_y en ejecutores de la justicia.
EL GENDARME NECESARIO
SI en todos los países 3^ en todos
los tiempos — aun en estos mo-
dernísimos de que tanto nos ufa-
namos haber conquistado para la ra-
zón humana una vasta porción del
terreno en que antes imperaban en ab-
soluto los instintos — se ha comprobado
que por encima de cuantos mecanismos
institucionales se hallan ho}- establecidos,
existe siempre, como una necesidad fatal
«el gendarme electivo o hereditario de ojo
avizor, de mano dura, que por las vías de
hecho inspira el temor y que por el temor
mantiene la paz», (1) es evidente, que en
muchas de estas naciones de Hispa-
no América, condenadas por causas com-
plejas a una vida turbulenta, el Caudillo
ha representado una necesidad social,
realizándose aún el fenómeno que los
(1) Taine. Les Origines, t, I, pag. 341.
EL GENDARME NECESARIO 189
hombres de ciencia señalan en las etapas de
integración de las sociedades: los jefes
no se elioen sino se imponen. La elección
y la herencia, ann en la forma irregular
en que comienzan, constituyen un proceso
posterior. ( 1 )
Es el carácter típico del estado gue-
rrero, en que la preservación de la vi-
da social contra las agresiones incesan-
tes exige la subordinación obligatoria a
un Jefe. (2)
Cualquiera que con espíritu despre-
venido lea la historia de Venezuela, en-
cuentra que aun después de asegurada la
independencia, la preservación social no
podía de ninguna manera encomendarse
a las leyes sino a los caudillos prestigiosos
y más temibles, del modo como había suce-
dido en los campamentos. «En el estado
guerrero el ejército es la sociedad movi-
lizada, y la sociedad, es el ejército en
reposo».
Nada más lógico que Páez, Bermú-
dez, Monagas, fuesen los gendarmes ar-
mados contra las montoneras salvajes,
(1) Mariano Cornejo. — Socioloffia General. — t. II. — p. 501.
(2) Spencer. — Principes de Sociologie. — Bourdeau. — Les-
ntailre de la pensée conleuiporaine.
190 LAUREANO VALLENILLA LANZ
dispuestas a cada instante y con cualquier
pretexto, a repetir los crímenes horrendos
que destruyeron en 1814, según la elo-
cuente frase de Bolívar, «tres siglos de
cultura, de ilustración y de industria».
Don Fernando de Peñalver escribía en
1823: (1)
«Ks una verdad que nadie podría ne-
gar, que la tranquilidad de que ha dis-
frutado Venezuela desde que la ocu-
paron nuestras armas, se ha debido al
General Páez, y también lo es, que
si él se alejase de su suelo, quedaría
expuesto a que se hiciese la explosión,
pues sólo falta, para que suceda esta
desgracia, que se apliquen las mechas
a la mina».
El señor Peñalver fué de los prime-
ros en comprender la importantísima
función que Páez ejercía en Venezuela,
sin embargo de que, como había dicho en
1821, sólo existía «un pueblo compuesto
de distintas castas y colores, acostumbrado
al despotismo 3^ a la superstición, suma-
mente ignorante, pobre, y lleno al mis-
mo tiempo de los vicios del Gobierno
español, y de los que habían nacido en
Ll] O'I.eary — Correspoiid. — VIH. páp. 397
EL GENDARME NECESARIO 191
los diez años de revolución»; y creía el
fiel amigo de Bolívar, que la República
«necesitaba por mucho tiempo de un
conductor virtuoso, cuyo ejemplo sirvie-
se de modelo, particularmente a los que
habían hecho servicios importantes y que
por esta razón se consideraban con de-
rechos que no tenían, ni podían pertene-
cer a ninguna persona». (1)
Pero al estallar la revolución del 26,
provocada por los que creían en la pa-
nacea de las constituciones escritas (2)
sin sospechar siquiera la existencia de las
constituciones efectivas surgidas del estado
social y que son las que gobiernan las na-
ciones, estampa este consejo seguido tan
fielmente por el Libertador, cuya conducta
fué censurada con grande acritud, princi-
palmente por Santander, «el hombre de las
Leyes», despechado por la política con que
trató a Páez, alzado contra la Constitución
y contra el Gobierno de la Gran Colom-
bia.
«Creo que este General (Páez) — decía
D. Fernando — debe ser tratado con mu-
(1) Op. cit. VIII pág. 370.
(2) El partido civilista de Caracas acusó a Páez ante
el Congreso, por violación de las garantías constitucio-
nales y fueron hombres civiles, entre los que se contaban
antiguos realistas, quienes dieron curso a la acusación.
13
192 LAUREANO VALLENILLA LANZ
cha lenidad por ti y por el Gobierno,
pues si se quiere emplear en él el ri-
gor de las le3'es y no la política, pue-
den muy bien resultar las más funes-
tas consecuencias. Tú conoces más que
nadie los elementos de que se compo-
ne nuestro país, cu3^os combustibles, in-
flamados por una persona como el Ge-
neral Páez, harían los más horribles
estiagos». (1)
Briceño jNIéndez, que pensaba también
muy hondo, critica las medidas tomadas
por Santander, con la pretensión de co-
honestar la influencia de Páez y «contener
el progreso de la revolución con pe-
queñas intrigas».
«Quizás el General Santander — decía —
no conoce el peligro, pero Soublette que
ha visto el país y que debe tener pe-
netrado al corifeo de la gente colorada^
no puede ser dispensado. Yo voy a
ver si alcanzo que me oigan, aunque
teme mucho que los partidos sofoquen
mi voz, si no me condenasen desde an-
tes de oirme». (2)
(1) O'Leary.— Op. cit.
(2) Op. cit. VIII— pág. 212,
KL GENDARME NECESARIO 193
Si el Libertador, inspirándose en
Santander 3' en los constitiicionalistas,
hubiese declarado a Páez «fuera de la
Le}' » ; §i_pQx__sostene r Jos preceptos a bs -
tractos de nn Código, que no era otra
cosa que iui~pTagio, una servil imitación
de las instituciones democráticas de la
Francia revolucionaria antes de la reac-
ción tlií'yviidoriana\ si prescindiendo de
sus propias convicciones, se deja guiar
por los ideólogos, los escasos restos de
cultura salvados de la Guerra j\Iagna ha-
brían desaparecido en una lucha se-
mejante a la de lo? años 13 y 14.
Los historiadores que se contentan con
las fuentes oficiales, prescinden del es-
tudio pormenorizado de aquellos años,
en que la ma37or parte de la población
de Venezuela vivía en los montes como
las tribus aborígenes; en que los lla-
neros realistas, mulatos 3' zambos reti-
rados de Carabobo en número de cuatro
mil, andaban en partidas robando 3^ ase-
sinando; 3' los patriotas envalentonados
con sus laureles, se creían con derechos
aún ma3'0res, al punto que Aramendi —
por ejemplo — llegó a convertirse en un
azote de las poblaciones del llano y
hubieron de cazarle como a un tigre;
en que las sublevaciones de la gente de
194 LAUREANO V ALMENILLA LANZ
color se sucedían a diario en todo el país;
y en Cumaná, Barcelona, Guayana, Ba-
rinas y aun en las cercanías del mismo
Caracas, se repetía el grito pavoroso de
1814: ! Viva el 7-ey\ \M21eran los blaiicos\
(1). ¿Cuál era el papel que, en un medio
social semejante, podían representar la
Constitución y las leyes?
Las sublevaciones no se contenían si-
no con los fusilamientos en masa. Páez,
Bermúdez, Monagas, Urdaneta, tenían
que cumplir el deber supremo de am-
parar, con la fuerza inflexible de su
brazo, el renaciente orden social contra
aquellas bandas que asolaban los campos,
saqueaban e incendiaban las poblaciones,
vejaban a las autoridades, y asesinaban a
los blancos.
Los detalles, los hechos menudos,
les petits faiis^ que tanto desdeñan los his-
toriadores retardados, constituyen la
trama de multitud de sucesos que hasta
hoy no han podido explicársenos.
(1) Restrepo — //■/'j/or/a de Colombia— T. III -Capítulo
VIII. — Páez. Auicbiografía, y su Correspondencia, en
O'Leary. T. II. — De 1821 a 1830 se contaron más de cincuen-
ta sublevaciones de negros, reprimidas sin fórmula de
juicio. El Sr. F. González Guiñan, en su voluminosa
Historia Conleotpotánea de Venezuela (T. I, pág. 79),
asegura, sin embargo, que no existió jamás en Venezuela «la
cuestión de castasi.
EL GENDAKMK NECESARIO 195
Cuando se examina la situación de
\'enezuela después de la guerra; cuan-
do se ve que la gran riqueza acumulada;
sobre todo, en los últimos setenta años
de la Colonia, había desaparecido; que
la clase elevada, los poseedores de la
ilustración, de la cultura 3' de la ri-
queza habían sucumbido o emigrado,
}• que el pueblo, la masa de esclavos, de
gentes de color y de indígenas, se hallaban
en plena evolución regresiva por catorce
años de aquella guerra asoladora, es fácil
explicarse la supremacía, el encumbra-
miento de los más valientes y de los más
temidos. «Entregado a sí mismo, retro-
traído súbitamente al estado natural, el
rebaño humano — dice Taine — no sabría
más que agitarse, pelear, hasta que
la fuerza bruta llegara al fin a dominar
como en los tiempos bárbaros, y hasta
que del fragor de la lucha surgiera un
Caudillo militar, el cual, generalmente,
es un verdugo», fl)
Páez no lo fué nunca; y allí estala faz
más noble y sorprendente de su desco-
llante figura.
(.1) Üp. cil. I. p. 345.
196 LAUREANO VALLENILLA LANZ
II
Otras causas contribuían a mantener
aquel estado de anarquía espontánea.
Del año 21 al año 30, la miseria fué
espantosa. Bolívar, que todo lo poe-
tizaba, decía a Sucre desde Caracas
el 10 de febrero de 1827: «Es verdad
que hemos ahogado, en su nacimiento
la guerra civil; mas la miseria nos
espanta, pues no puede usted imagi-
narse la pobreza que aflige a este país.
Caracas llena de gloria, perece por su
misma gloria, }' representa mu}' a lo
vivo lo que se piensa de la Libertad,
que se ve sentada sobre ruinas. Ve-
nezuela toda ofrece ese hermoso pero
triste espectáculo. . . . Cumaná está tran-
quila, pero como el resto de Venezuela,
gime en la más espantosa miseria». (3)
«El comercio estaba paralizado; los gi-
ros suspendidos; nada se compraba o
se vendía por mayor; los detalles eran
limitadísimos; las aduanas nada produ-
(3) O'Leary — Cori esf^ondencia del Libertador . — Este con-
cepto de la Libertad, desnuda o vestida de harapos, y
rodeada de ruinas o surgiendo de un suelo lleno de ca-
dáveres, como la soñó Coto Paúl, ha sido funestísimo
para todos los pueblos de Hispano - América; pues todo
aquél que arruina y mata, se ha creído con derecho a con-
siderarse un libertador; y toda revolución ha venido
siempre a libertar la República.
EL GENDARME NECESARIO 197
cían, porque eran niu}- raras las entra-
das de buques; nada se recaudaba por
la contribución directa 3' los deudores
se aprovechaban del desorden y alega-
ban las dificultades para vender los fru-
tos así como su abatido precio». (1)
En 1828 el General Briceño Méndez,
Intendente entonces del Departamento de
\'enezuela, dice: «El gran mal que tene-
mos aquí es la miseria. No puede descri-
birse el estado del país. Nadie tiene nada
3' poco ha faltado para que el hambre se
haya convertido en peste». (2)
El Doctor Álamo, Jefe de la Al-
ta Policía, escribía al Libertador por los
mismos años: «Continúa cada vez más
la miseria en Caracas, de un modo que
no alcanza la ponderación; basta de-
cirle que hasta sus amigos, (los de Bolí-
var), los más previsivos, están sin medio;
ningún fruto vale y a ningún precio se
compra nuestros artesanos, con sus
discípulos y oficiales, se han abandona-
do al ocio y aun a las maldades, en térmi-
nos que los presidios y las cárceles están
llenos de hombres que hemos conocido
(1)
Op.
cit.
VIII.
Pág.
-121.
(2)
Op.
cit
.VIII-
-Pág
271
I
198 LAUREANO VALLENILLA LANZ
en otro tiempo de una conducta regular
y laboriosa. Esto da horror, mi General;
de noche se encuentran por las calles
porción de mujeres cambiando silletas,
mesas, cajas, y demás muebles por co-
mida, y casi no se enciende lumbre en
Caracas». (1)
El Gobierno, sin embargo, se manifesta-
ba inflexible con los deudores a fondos
públicos }'■ el Congreso apelaba al triste
expediente de dictar le3'es severísimas
contra los ladrones, castigándolos con la
pena de muerte y condenando a los va-
gos— en cuyo número se contaban milla-
res de hombres que no trabajaban por
no hallar donde hacerlo — a servir por
años como soldados en la marina de
guerra. (2)
«La Ley contra los deudores tiene
bastantes adversarios — decía el Intendente
Briceño Méndez — y merece meditarse,
porque como hoy todos son deudores, y
la mayor parte son tramposos, es temi-
ble excitar su indignación». (3)
(1) Op. cit. II— Pág. 379.
(2) V. Cuerpo de Leyes de Co/owé/a— Edición Espinal,
—1840.— Pág. 524 y siguientes.
(3) O'Leary— VlII-pág. 273.
EL GENDARME NECESARIO ]99
Muchos de esos tramposos eran hom-
bres de grande importancia social y po-
lítica. El Doctor Francisco Aranda,
por ejemplo, qne se encontraba en 1828
«sin poder cumplir varios compromisos
en que entró para comprar y mejorar
una hacienda; «ahora — dice Briceño Mén-
dez— se encuentra con todos los plazos
vencidos y estrechado por sus acreedo-
res, de tal modo que 3-0, en mi pobreza
he tenido que prestarle 2.000 pesos para
que no lo pusieran en la cárcel. El es
hombre de bien y quiere pagar». Entre
tanto, se negaba el doctor Aranda a acep-
tar el puesto de Ministro Juez de la
Corte, que Bolívar le ofrecía, «para
que no le censuren el que siendo un
tramposo esté dando sentencias contra los
que están en su mismo caso». (1)
III
El Libertador, había creído también
que el mal no estaba sino en la falta
de cumplimiento de las leyes, o en
su lenidad, y desde que pisó tierra
(1) Op. cit VIII. — 296. — Esto explica el origen de las
ideas económicas del Doctor Aranda y su filiación en
el Partido Agrícola que más tarde se refundió en el li-
beral. En igual caso se hallaron Tomás Lander y otros
que formaron en la oposición liberal en 1840.
200 LAUREANO VALLENILLA LANZ
venezolana en 1826, comenzó a dictar
medidas tremendas, qne en mucho con-
tribuyeron a desprestigiarle, en un pueblo
donde la popularidad se alcanzaba entonces
con la impunidad para todos los delitos.
José Tomás Boves fué el primero que em-
pezó a demostrarlo elocuentemente. ( 1 )
Desde Coro dijo al General Urdaneta:
«Parece como si se quiere saquear la
República para abandonarla después.
Cada día me convenzo más por lo que veo
y oigo en el país, que la hermosa orga-
nización de la República lo ha convertido
en otra gran Sierra Morena. No hay
más que bandoleros en ella. — Bsto es
un horror!!! y lo peor de todo es, que
como un mártir, voy a batirme por la
santidad de las le3'es)). (2)
Bra cierto: A^enezuela entera vivía del
fraude en todos sus formas; 3^ podían con-
tarse los empleados que tenían las manos
puras de peculado. Había Departamentos
como el de Maturín (que comprendía las
provincias de Barcelona, Cumaná, Matu-
rín 3' Margarita), «donde los males de
(1) Restrepo. — Historia de Colombia. T. II. Earalt.
Resum. de Hisl. de Venezuela 1.
(2) O'Leary.— rar/ai del Libertador.— y.yiX\—V&g. 299
y siguientes. — Lo subrayado está así en el texto.
EL GENDARME NECESARIO 201
la paz, lo han arruinado más que los de
la guerra; donde un enjambre de emplea-
dos absorbe cantidad inmensa de nume-
rario que no produce su Erario agoni-
zante. Un Tribunal de Cuentas sin
cuentas que examinar Y por des-
gracia— agregaba el secretario Doctor Re-
venga— no tiene datos el Libertador para
creer exagerados estos informes».
La severidad de las leyes — como suce-
de en la historia de las instituciones
jurídicas — es la prueba más cierta de la
fuerza de los vicios que ellas pretendían
corregir. (1)
El decreto de S de marzo de 1827 regla-
mentando la Hacienda Pública, dictado
por el Libertador, castigaba con la pena
de muerte a los desfraudadores de las ren-
tas del Estado: «por pequeña que fuese
la cantidad sustraída»),
"Cada vez se va haciendo más profundo
el abismo en que nos hallamos — decía
Bolívar a Páez el 20 de marzo. En Cu-
maná y Barcelona continúan las insu-
rrecciones. Tres o cuatro cantones de
aquellas Provincias se han puesto en
(1) Bougle. — Les idees ¿galilaircs. — Giraud. — Dtoil /mu-
íais au moyen age. — I, pág. 190.
202 LAUREANO VALLENILLA LANZ
armas contra sus jefes. El General
Rojas (Andrés) me da parte de todo
ésto, aconsejando al mismo tiempo tome
providencias muy enérgicas y muy re-
sueltas». (1)
Ya había empezado a tomarlas sin es-
perar el consejo. A la rebelión de al-
gunas tropas acantonadas en Valencia,
respondió el Libertador con su acostum-
brada energía: «Los individuos qne
aprehendan de Dragones, Artillería y
Anzoátegui comprendidos en la rebelión
de Valencia, serán fusilados en el acto
que los tomen las partidas que Vá.
mande 3' mande también el coronel Alcán-
tara de los \'^alles de Aragua; de suerte
que los que sean aprehendidos en los
Llanos vengan aquí, y los que Uds. cojan
en el territorio que les he señalado sean
fusilados en el acto». (2)
Estas sublevaciones de la tropa obe-
decían a la falta de paga y al temor
de que se les embarcara para el sur
de Colombia, de donde bien sabían
que no se dejaba regresar a los oficiales
(\) O'Leary pág. 367.-^1/ Genera/ Páez — Caracas 20 de
marzo de 1827.
(2) Op. cit.— pág. 361.
EL GKNDARMK NECESARIO 203
de color por temor a las constantes insu-
rrecciones, íl)
«Estamos en una crisis horrorosa, —
escribía días más tarde — no ha quedado en
la República más que un punto de
apoyo, y este mismo punto ha sido ata-
cado por todas partes, hasta el caso que
Ud. lo ve, pues ya las tropas de Co-
lombia han perdido el prestigio que me
tenían, según lo que se ha visto con
esos soldados de \^alencia por una simple
sospecha de que los querían embarcar^^ .
Y eran esos los hombres, peligrosos por
su audacia, por su valor y por sus tenden-
cias, contra quienes se daban órdenes de
fusilamiento sin fórmula de juicio. Fatal
necesidad, tan fatal como el resultado que
debía producir.
Convencido el Libertador de que era
necesario desplegar una «energía cruel,
para entonar el Gobierno» (2) no se
detenía en las medidas de represión y
castigo, por más duras que fuesen:
«Ya he dado orden de que fusilen a
todos los rebeldes, y cuatro que han ve-
nido aquí se fusilan hoy. . . . Yo me he
(1) Op. cit VIII. páp. 211. El Coronel niego Tbana al
Libertador.
(2) Op. cit. — Correapondencia del Uberladot . XXXI
— pág. 371-372.
204 LAUREANO VALLENILLA LANZ
mostrado inexorable en esta circuns-
tancia con respecto a todo, todo. He
mandado castigar de muerte a los cri-
minales y a meter en la cárcel los
deudores del Estado». (1)
«Yo estoy resuelto a todo: por libertar
a mi patria declaré la guerra a muerte,
sometiéndome por consiguiente a todo
su rigor; por salvar este mismo país
estoy resuelto a hacer la guerra a los
rebeldes, aunque caiga en medio de sus
puñales. Yo no puedo abandonar a
Venezuela al cuchillo de la anarquía; debo
sacrificarme por impedir su ruina». (2)
Las consecuencias de ese rigorismo
son fáciles de deducir, en un pueblo
donde la causa de la independencia no ha-
bía tenido prestigio; donde la gran ma-
yoría no sólo analfabeta sino bárbara,
apenas concebía otra patria que el pe-
dazo de tierra donde había nacido; ni
podía tener otra idea de libertad que la
de una absoluta licencia, limitada úni-
camente por el temor a un Jefe. Por
todas partes circulaban las más peregri-
nas especies, sobre todo en los llanos,
donde era general la creencia de que
(1) Op. cit., pág. 373.
(2) Op. cit., pág. 365.
EL GENDARME NECESARIO 205
el Libertador «estaba embarcando a las
pardos para pagar a los ingleses la deu-
da de la República, añadiendo que las
jóvenes también debían recojerse para esta
entrega». (1)
El peligro era inmenso, porque aquel
pueblo no era de ningún modo seme-
jante a las indiadas sumisas de la Nueva
Granada, del Ecuador y de Bolivia. (2)
«Gente feroz y perezosa— dijo Morillo —
que aun en los tiempos de paz había
errado en caravanas por la inmensa ex-
tensión de las llanuras, robando y sa-
queando los hatos y las poblaciones
inmediatas», habían llegado al com-
pleto desarrollo de sus instintos regresivos
en catorce años de anarquía.
(1) Op. cit. II. Pág. 87. — Páez al Libertador desde,
Achaguas el 31 de marzo de 1827:
Es curioso observar cómo esla fábula surge en cad^
conmociói), hasta aun después de haberse abolido la es-
clavitud. En 1859 era general el convencimiento de que
se iba a restablecer la esclavitud «los pobres creían que se
les quería vender a los ingleses para con sus carnes hacer
jabón y con sus huesos cachas de cuchillos, bastones y
sombrillas». V. Laureano Villanueva. — Biografía de Zamora,
pág. 2^\. — Gil Fortoul. — Histoi ia Conslilucioiial de l^eiie-
zíiela. — II pág. .i89. — Lisandro .A.lvarado. — Historia de la
Revolución Fedtral en l^enczue/a. — pág. -48. — Se ve cómo
al través de todas las pseudo- transformaciones consti-
tucionales, el medio social continuaba siendo el mismo. ¿Por
qué habían de cambiar sus productos?.
(2) La diferencia de evolución entre esos países y el
nuestro, es «asunto de mapa> — como decía el doctor
Rafael Núñez— y de raza, además. Ya lo veremos.
206 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Se refería especialmente a los llaneros
el General español; pero hay que tomar
en cuenta, además, que en la masa de
la población urbana, tampoco preponde-
raba el indio reducido, ni el mestizo
«de carácter dulce 3^ bondadoso», sino el
mulato de imaginación ardiente; indivi-
dualista, nivelador, trepador 3^ anárquico,
«raza servil 3^ trepadora», como la calificó
el argentino Sarmiento, en la cual parece
que la disgregación de los caracteres
somáticos de las razas madres corres-
pondiera, como una consecuencia nece-
saria, a la disgregación de los caracte-
res psicológicos, relajando los lazos que
deben unirla a la una o a la otra,
para producir un tipo aislado, sin ideas
ni sentimientos colectivistas, sin espíritu
de sociabilidad, confiando siempre en sus
propias fuerzas para allanar los obs-
táculos que se opongan a su elevación.
Terreno admirablemente preparado para
recibir y hacer fructificar violentamente
los principios demoledores 3^ niveladores
del jacobinismo imperante.
IV
Ya no había esclavos. Desde 1812,
patriotas y realistas habían de hecho y
EL GENDARME NECESARIO 207
de derecho realizado la emancipación, y
todo retroceso hacia la antigua discipli-
na constituía un grave peligro para el
partido que la pretendiera. «Los ponen
en libertad completa — escribía el General
Don Pablo Morillo, criticando a los patrio-
tas— los llaman ciudadanos y entran a ser
capitanes, coroneles y generales,... y
aunque el país en que se hallen vuelva
a ser ocupado por las armas del Rey,
entran a reclamarlos sus amos o se dis-
persan por los campos y aumentan el
número de foragidos». (1)
«No hay medios — continúa el Gene-
ral español — de reducir de nuevo al tra-
bajo a unos hombres regostados con la
vida militar», porque «es moralmente im-
posible que un hombre que haya disfruta-
do de la libertad viva tranquilo y sosegado
en la servidumbre .... su calma es la de
los volcanes que se encuentran en quietud
mientras se reúnen los materiales que
algún día deban formar la explosión más
horrorosa». (2)
Perseguidos por las autoridades rea-
listas, sometidos por la fuerza al tra-
(1) Rodríguez Villa. Biog^. Documentada del General
Morillo.— Vo\. III, Doc.
(2) Ibid. Ibid.
14
208 LAUREANO VALLENILLA LANZ
bajo de las haciendas o a la dura dis-
ciplina del ejército peninsular, se unían
a los libertos y huían a los llanos,
donde «iban reuniéndose en pequeñas
partidas, proclamando la Independencia
que era la voz con que podían conti-
nuar robando» , después de haber comen-
zado su obra de depredaciones procla-
mando al Re}' de Hspaña.
Los patriotas, por su parte, esta-
ban en la imperiosa necesidad de aco-
jerlos en sus filas 3- de recompensar
sus servicios, sin pensar siquiera en las
consecuencias, porque para ellos no exis-
tía ni debía existir entonces otro propó-
sito que el de vencer al enemigo, y reali-
zar la Independencia, crear la Patria y
aquellos hombres eran tan venezolanos
como los otros. Otra ventaja de carácter so-
cial había para los patriotas convirtiendo
los esclavos en soldados. En 1819 ordena
el Libertador la conscripción de cinco mil
esclavos jóvenes y robustos, para aumen-
tar el ejército. El Vice-Presidente Santan-
der hizo observaciones legales sobre esta
medida por la multitud de brazos útiles
que se arrancaba a la agricultura; pero el
Libertador mandó cumplirla, «manifestan-
do ser altamente justa para restablecer la
igualdad civil y política, porque man-
j
EL GENDARME NECESARIO 209
tendría el equilibrio entre las diversas
razas de la población. La raza blanca
era la que había soportado el peso de
la guerra». ( 1 )
Realizada la Independencia, surge,
junto con los prejuicios de clase y la
necesidad de la conservación social, el
poderoso móvil de los intereses mate-
riales; y al tiempo que el Congreso res-
tablece en cierto modo la esclavitud, con
la Ley de Manumisión, las opiniones
de los realistas concuerdan en absoluto
con la de los patriotas, clamando con-
tra el peligro que representaba la li-
bertad de los negros.
«Bolívar, como un déspota insolente —
escribía el furibundo realista José Do-
mingo Díaz — - dispone de vuestras pro-
piedades en la libertad de vuestros es-
clavos; os condena a la miseria despo-
jándonos de vuestra principal riqueza, y
os prepara males cuya espantosa pers-
pectiva es necesario considerar en silen-
cio». (2)
Y el General Pedro Briceño Méndez
decía al Libertador en 1828: «Los es-
clavos están perdidos. No hablan más
(1) Restrepo. Historia de Colombia. T. III, pág. 19.
(2) Recuerdos de la Rebelión de Caracas, pág. 317.
210 LAUREANO VALLENIIXA LANZ
que de derechos, y se han olvidado ente-
ramente de los deberes». Y opinaba por
establecer la disciplina antigua para no
favorecer <(la holgazanería, los vicios y
la insubordinación de aquella clase soez
y brutal que puede sernos peligro-
sa». (15)
V
Si hasta 1824 no existía para Bolí-
var otra necesidad primordial que la de la
Independencia, fué a partir de aquella
fecha la reorganización social el pensa-
miento que iba a prevalecer por com-
pleto en la mente del Grande Hombre.
Pero sus altas nociones de justicia \'
de moral; su pulcritud, jamás puesta
en duda ni por sus peores enemigos;
su educación y su estirpe, que le ale-
jaban de una igualdad que por largos
años todavía iba a ser una pura abstrac-
ción, todo contribuía a poner al Liber-
tador en choque abierto con los hechos
emanados del determiuismo histórico,
condenándolo necesariamente a la más
absoluta impopularidad.
(15) O'Leary. Op. cit,, VII. pág. 274.
EL C.ENDAKMK NHCESARIO 211
Entonces no se recordaron más sus
glorias; sus enemigos, antiguos realistas
en su gran mayoría, llegaron a discutir
públicamente los grandes beneficios de la
Independencia y se revivieron en la me-
moria del pueblo los hechos sangrientos de
1814, sin una sola atenuación. Y al
tiempo que su prestigio decaía 3- se iban
hacinando por todas partes los elementos
reaccionarios que debían producir la diso-
lución de la Gran Colombia, al General
José Antonio Páez, quizás maliciosa-
mente, se le exhibía como el repre-
sentante legítimo del - pueblo de Ve-
nezuela, como el Jefe nato de las gran-
des mayorías populares — valiéndonos de
la jerga de nuestros jacobinos — como el
representativo de su pueblo, como el ge-
nuino expolíente del medio social profun-
damente transformado por la revolución.
Desde su señorío de Apure escribía al
Libertador en 1827: «Aquí no se me ha da-
do a reconocer ni como Comandante Gene-
ral, y si se me obedece es más por costum-
bre \- conformidad que por que yo esté fa-
cultado para mandar; es porque estos
habitantes me consultan como protector de
la Religión, pidiéndome curas y composi-
ciones de Iglesias; como abogado, para
que decida sus pleitos; como militar, para
212 LAUREANO VALLENILLA LANZ
reclamar sus haberes, sueldos, despachos
y grados; como Jefe, para que les admi-
nistre justicia; como amigo, para que los
socorra en sus necesidades, y hasta los
esclavos a quienes se dio libertad en
tiempos pasados y que algunos amos im-
prudentes reclaman, se quejan a mí, y
sólo aguardan mi decisión para continuar
en la esclavitud o llamarse libres». (1)
¿De cuál Constitución republicana y
democrática podían emanar tan amplias
atribuciones?
Bl viajero que comparó a Páez con un
Kan de tártaros, con un Jeque árabe, es-
tuvo en lo cierto. Y al asemejarle a
Artigas, asentó un paralelo entre los
pueblos de llanuras que produjeron los
dos grandes caudillos. (2)
A la elevada e.structura moral de Don
Simón Bolívar, no podía ajustar esta in-
vestidura semi -bárbara.
(1) OXeary. Correspondencia II Páez al Libertador
desde Achaguas 31 de marzo de 1827 El año 22, había
escrito Páez a Santander "yo he sido uno de los altos
representantes acostumbrado a obrar por sí yo
mandé iin cuerpo de hombres sin más lej-es que mi
voluntad, yo prabé moneda e hice todo aquello que
un señor absoluto puede hacer en sus Estados.
(2) Mollien-Voyage dans la Republiciue de Colombie
en 1823.— T. It pgás. 2U2-20.5 — Cct h>)mnie, qui pouvait
jouer sur les rives de l'Oréiioque le role d'Artigas, sur
celles de la Plata, reste fidéle a Bolívar, dont les uja-
niéres afifables et généreuses l'out gagné.
EL GENDAKMK NECESARIO 213
VI
Pero por fortuna para Venezuela, el Ge-
neral Páez llegó a ser un verdadero Hom-
bre de Estado. Concepto éste que con-
siderarán extraño aquellos que se figuran
aún, que la ciencia de gobernar se apren-
de en los libros 3' nq_se dan cuenta de
las^^nseñanzas positivas de la Historia.
Se nace hombre de gobierno como se
nace poeta. Cuando se lee con criterio
desprevenido la vida de Páez; se recuer-
da su origen humilde, su falta absoluta
de instrucción, el género de guerra que
le tocó hacer y en la cual se destaca
más como un jefe de horda, como un ca-
pitán de bandoleros, que como un militar
en el rígido concepto del vocablo, su ac-
tuación en el gobierno regular del país,
en medio de aquel desorden orgánico, de
aquella espantosa anarquía creada por
la guerra y acentuada por el desbara-
juste político y administrativo de la Gran
Colombia, es digna de los mayores en-
comios, y parecería un hecho singular si
la historia no presentara a cada paso
ejemplos semejantes.
Cuando los hijos de Tancredo de Hau-
teville invadieron la Italia meridional,
214 LAUREANO VALLENILLA LANZ
como verdaderos salteadores de caminos,
y Roberto Guiscar, el más valiente y
atrevido de todos ellos se conduce «como
un legítimo ladrón», según reza la O ^-
nica de AmahLs^ citada por Demo-
lins — (1) «admira cómo al establecer defi-
nitivamente su dominio se transforman
en hombres de gobierno, haciendo rena-
cer el trabajo, desenvolviendo la cul-
tura, amparando la propiedad, cons-
tituyendo la gerarquización social, y.
sustituyendo, en fin, el orden a la anar-
quía» «Aquellos rudos batalladores —
dice Lenormant — que en sus comienzos
no se ruborizaron de ejercer un oficio
de verdaderos salteadores, y que eran en
realidad absolutamente iletrados, fueron
después admirables promotores del pro-
g-rtso V de las luces. Favorecieron con
amor en sus estados 3- en su corte las
artes y las ciencias sin hacer distingos
en su protección entre católicos, griegos
y musulmanes, convirtiéndose ellos mis-
TTLOS PTT_Jinmhres~ cultos, excitando el
talento, recompensando el mérito y la
capacidad en cualquier clase, en cual-
quier raza y en cualquier religión en que
se manifestasen)'. (2)
(1) ,Les Grandes Routes de P suples, t. II. psg. 321.
""(2) '..L,a Grande Grece. t. II. pag. 415. '
EL GENDARME NECESARIO 215
Acá, en nuestra América, el eminente
publicista argentino Alberdi, escribía en
1852 refiriéndose a su país, en sus
célebres Bases de la Constitución: «Los
que antes eran repelidos con el dictado
de caciques^ hoy son aceptados en el
seno de la sociedad de que se han
hecho dignos, adquiriendo hábitos más
cultos, sentimientos más civilizados. Esos
jefes, antes rudos y selváticos, han cul-
tivado su espíritu \' carácter en la es-
cuela del mando, donde muchas veces
los hombres inferiores se ennoblecen e
ilustran. Gobernar diez años es hacer
un curso de política 3^ de administra-
ción». (1)
«Nada es más justo — dice Proal — que
el régimen en el cual los ciudadanos
todos, por medio del trabajo, el mérito
y el patriotismo pueden alcanzar las más
altas posiciones. Pero es lo cierto que
los mejores ministros y los mejores Pre-
sidentes no han sido siempre los letra-
dos ni mucho menos los oradores. En
los Estados Unidos se ha presentado el fe-
nómeno de que antiguos obreros han lle-
gado a ser hombres de estado eminentísi-
mos. F'ranklin fué impresor; L4ricoln^_car-
(1) Organización de la Confederación Argentina. — t. I.
p 126. Edición de Besanzon, 1858.
216 LAUREANO VALLENILLA LANZ
nicer.o: Horacio Mann, labrador; Johnson,
sastre \^ Grant, curtidor como Félix Faure,
el Presidente de Francia. . . . Los pueblos
de raza latina, que tan apasionadamente
aman la elocuencia, se figuran que sólo
el don de la palabra confiere todas las
suficiencias y en especial el talento de
gobernar. De allí el número siempre
creciente de oradores profesionales, de
abogados y profesores que llenan las
asambleas, a pesar de que la histo-
ria de todos los pueblos civilizados está
diciendo que han sido los industriales
y comerciantes, los ingenieros, los agri-
cultores, los antiguos administradores
antes que los oradores brillantes, quienes
han producido los políticos más avisados,
los gobernantes más aptos; porque re-
gularmente los oradores no son más que
artistas de quienes puede decirse: verba
et voces, prcBtei'-eaqiie nihil. Muchos
oradores experimentan la necesidad de
hablar como los cantores la necesidad
de cantar y los músicos la de tocar su
instrumento, sin cuidarse de las conse-
cuencias de sus palabras, ni de la pre-
cisión de sus ideas, ni de la exactitud
de sus afirmaciones. Virtuosos de la
palabra, aman la tribuna, como un músi-
co ama su violín, con el único propósito
I
EL GENDARMK NECESARIO 217
de arrancarle bellos acordes. El don
de la palabra no puede tomarse como
una señal inequívoca de mérito; él no
implica lo más necesario en un hombre
de gobierno: un juicio recto y la expe-
riencia de los hombres y de las cosa?;
se puede muy bien hablar de todo, sos-
tener con éxito las tesis más contradic-
torias, y carecer al mismo tiempo de
las cualidades más elementales de un
buen gobernante». (1)
El General José Antonio Páez, que
apenas sabía leer en 1818, '<y hasta que
los ingleses llegaron a los llanos no
conocía el uso del tenedor y del cuchillo,
tan tosca y falta de cultura había sido
su educación anterior» apenas comenzó
a rozarse con los oficiales de la Legión
Británica, imitó sus modales, costum-
bres y traje y en todo se conducía
como ellos hasta donde se lo permi-
tían los hábitos de su primera edu-
cación» (2). Y este rudo llanero, colocado
a la cabeza del movimiento separatista
de \'enezuela, con los escasos elemen-
tos cultos que se habían salvado de la
guerra ' y con los muy contados que vol-
(1) Proal. — La Criminaiilé Poliliquc. Preface. págs.
XXII-XXIII.
(2) (^ita que hace el misuu) General Páez en su Au-
tobiografía. V. I, pág. 142 y sigts. de un libro escrito por
218 LAUREANO VALLENILLA LANZ
vían de la emigración, tuvo el talento,
el patriotismo 3- la elevación de carácter
suficientes, no para «someterse a la cons-
titución»— como han dicho sus idólatras,
— porque su poder fué siemüre el mismo,
sino para proteger con su autoridad
absoluta, el establecimiento de un gobier-
no regular, que fué para aquella época
el más ordenado, el más civilizador y
el de mayor crédito que tuvo la América
recién emancipada. E, institivamente,
dando así más sólidos fundamentos a su
preponderancia política, llegó a ser el
más fuerte propietario territorial del
país, como si hubiera adivinado aquel
célebre aforismo de John Adams, uno de
los fundadores de los Estados Unidos,
comprobado hasta la saciedad por la
historia de todos los pueblos: «Aquellos
que poseen la tierra tienen en sus manso
los destinos de las naciones», (l)
uno de los oficiales de la Legión Británica, titulado. Re-
lOlleclions 0/ a seriñce of three during tlie uar-of-exlcrmi-
nation in the República oj Venezuela of Colombia. — Lon-
don, 1828.
(ll Citado por Loria. Les Bases Economicjues del a
Coustitulion Sociale, p. 370. donde el célebre .«¡ociólopTO
italiano estudia ampliamente las relaciones de la propie-
dad con la constitución política de los pueblos. «Un he-
cho verdaderamente característico — dice — es que estas
verdade.s evidentes, ignoradas de los economistas moder-
nos fueron perfectamente comprendidas por muchos es-
critores de los siglos pasados, y cita entre otros al inglés
James Harrington. quien en presencia de lo que ocurría
en bU patria para 1655 afirnióique isi la propiedad mone-
EL GENDARME NECESARIO 219
Hay que tomar en cuenta, además,
que la influencia del Libertador tuvo
que ser poderosa sobre la mentalidad
de los Caudillos. Respetándole, admi-
rándole, deslumbrados, mejor dicho, por
su genio y por el grandioso ideal de la
Independencia, acostumbráronse desde
temprano a ver con cierta consideración a
los hombres de superioridad intelectual.
Este rasgo lo observó 0'Lear\- en el
General Páez: «En presencia de perso-
nas a quienes él suponía instruidas, era
callado y hasta tímido, absteniéndose de
tomar parte en las conversación o de
hacer observaciones». (1)
No puede decirse por lo tanto de nues-
tros Caudillos lo que Ayarragaray ob-
serva de los argentinos: «más dispuestos
naturalmente al motín que a las ocupa-
ciones sedentarias y técnicas que reclama
un gobierno regular toda iniciativa
o personalismo intelectual desaparece
bajo el cacique político que ejerce el do-
minio indisputado». (2) La organización
taria no tiene importancia relativamente a la constitución
política, la propiedad rural según el modo como esté
repartida, determina el equilibrio político y produce un
gobierno de naturaleza análoga^, p. 36><.
(1) Narración, I. pag. 441.
(2) La Anarquía Argentina y el Caudillismo.
220 LAUREANO VALLENILLA LANZ
de la República de Venezuela eu 1830,
es la prueba más elocuente de que bajo
la autoridad del General Páez, los hom-
bres intelectuales de la época, cuales-
quiera que hubiesen sido sus pasadas
opiniones, tuvieron la absoluta libertad
de sus iniciativas. «Por instinto, antes
que por reflexión — como acertadamente
lo observa Gil Fortoul — tendía a desem-
peñar el papel de ciertos reyes constitu-
cionales prefiriendo ejercer solamente las
funciones de aparato, mientras no sur-
gía algún gran conflicto nacional, y
descargando sobre sus Ministros la diaria
tarea gubernativa». (1)
Si el desarrollo del progreso no fué
mayor; si desde entonces no se echaron
las bases de un gran desenvolvimiento eco-
nómico que reparara en algunos años los
espantosos estragos de la guerra, prepa-
rando el país para la inmigración eu-
ropea, como lo pensó el Libertador , la
culpa no fué del Caudillo que tuvo siem-
(1) Hisl. Cons/iíucional-t,llp.l42-
Hacía cciiitraste esta admirable conducta de nuestro
rudo llanero, con la del ilustrado General Francisco
de Paula Santander, E¡ Hombre de las Leyes, quien, para
la tnÍ8Uia época, ejercía, la Presidencia de la Nueva Granada
(hoy República de Colombia). Mientras que el primero iter-
ponía su poderosa influencia para contener los odios y atraer
a .sus antiguos adversarios, el General Santander arras-
EL GENDARME NECESARIO 221
pre la virtud de dejar hacer a las
clases dirigentes, sino de la falta de
verdadera cultura, de sentido práctico
y de sentido histórico que caracterizó
a todos los hombres de la época, y de la
creencia que todavía, desgraciadamente,
persiste en el ambiente intelectual, de que
la resolución de todos los problemas so-
ciales, políticos, y económicos consistía en
la práctica de principios abstractos que
la mayor parte de aquellos hombres cono-
cía por doctrinas fragmentarias de los en-
ciclopedistas y de los jacobinos franceses.
Todos ellos, o-odos y lihciales^ solicitaban
el remedio de nuestros males profundos en
la libertad del sufragio, en la libertad de
la prensa y, sobre todo, en la alterna-
bilidad del poder supremo, sin detenerse
a pensar que el ejercido entonces por
el General Páez en la República,
así como el de los caudillos regio-
nales, era intrasmisible porque era per-
sonalismo; no emanaba de ninguna doc-
trina política ni de ningún precepto
trado por sus pasiones políticas perseguía y fusilaba sin
piedad a sus enetnig'os «No hubo perdón ni para las muje-
res. A la antigua querida de Bolívar, doña Manuela Saénz,
sindicada derecibir en su casa a los conspiradores, la destie-
rran para el Ecuador», vengando asi antiguos rencores.
Bien entendido que ti gran talento de estadista del General
Santander no produjo ningún beneficio de trascendencia
al progreso moral y material de su país.
222 LAUREANO VALLENILLA I.ANZ
constitucional, porque sus raíces se
hundíau en los más profundos ins-
tintos políticos de nuestras masas po-
bladoras, engendrados por la herencia y
por el medio, y amalgamados en el
candente crisol de la Revolución.
LOS PRINCIPIOS CONSTITUCIO-
NALES DEL LIBERTADOR
LA LEY BOLIVIANA (I)
Estuvo como siempre muy interesante
en su conferencia del jueves último el
eminente Profesor de Derecho Consti-
tucional. Era imposible que quien lia es-
crito la Historia Constitucional de \^ene-
zuela fuera a reducir sus enseñanzas al
simple comentario de principios generales
y abstractos, sobre los cuales existe una
bibliografía tan extensa como conocida.
Como sociólogo, el doctor Gil Fortoul
sabe que las constituciones no son obras
artificiales, que ellas se hacen a sí mismas
])ürque no son sino expresiones del ins-
(1) Este estudio fué inspirado al autor por una conferen-
cia dictada eti la Hscuela de Ciencias Políticas de Caracas,
por el doctor José Gil Fortoul, catedrático de Derecho Cons-
titucional, y apareció en su mayor parte en el Nuevo Diario
N"? 1.735, 29 de octubre de 1917.
15
224 LAUREANO VALLENILLA LANZ
tinto político de cada pueblo en un mo-
mento dado de su evolución; y que por so-
bre los preceptos escritos existe un
derecho consuetudinario que se impone fa-
talmente, a despecho de los ideólogos fabri-
cantes de constituciones, definitivamente
condenados por la ciencia positiva.
Con tales convicciones era natural que
el Profesor comenzara por comentar al
único constitucionalista, al único esta-
dista original y genial que ha producido
la América Española: el Libertador Simón
Bolívar. Emancipado de los prejuicios
de su época, cuando todavía los discípu-
los de Rousseau 3^ de Mabh', creían que
«hacer un pueblo era lo mismo que fa-
bricar una cerradura»', 3- que «las socie-
dades eran en las manos del legislador
lo que la arcilla en las del alfarero», Bolí-
var reveló desde su célebre manifiesto de
Cartagena de Indias en 1812 el más pro-
fundo desdén por aquellos legisladores
que, (dejos de consultar los códigos que
podían enseñarles la ciencia práctica del
Gobierno, seguían las máximas de los
buenos visionarios, que imaginándose
repúblicas aéreas, procuraban alcanzar la
perfección política, presuponiendo la per-
fectibilidad del linaje humano». Su in-
tuición genial de sociólogo le hizo ver
LA LKY BOLIVIANA 225
desde entonces «que la excelencia de un
Gobierno no consiste en su teoría, ni
en su mecanismo, sino en ser apropiado
a la naturaleza y al carácter de la nación
para quien se instituye. El sistema de Go-
bierno más perfecto es aquel que pro-
duce mayor suma de felicidad posible,
mayor suma de seguridad social y ma\'or
suma de estabilidad política». Y no \iíí.-
hldha de cíirác/er nacional^ concepto enton-
ces casi absolutamente desconocido, para
estampar una simple frase. Cuando en An-
gostura recomendaba a los legisladores es-
tudiar la composición étnica de nuestro
pueblo, opinaba, como muy bien lo dijo el
doctor Gil Fortoul, de igual modo que
pudiese hacerlo I103' cualquiera de los
grandes sociólogos, que consideran las le-
yes de la herencia como uno de los factores
de mayor cuenta en la constitución y en
el desenvolvimiento de las sociedades, y
por consiguiente en los instintos políticos
que sirven de base a las instituciones
efectivas.
Si es cierto que fué Aristóteles quien
]X)r primera vez consideró el Gobierno
como «una obra de la naturaleza, o como
la resultante del crecimiento natural de
la sociedad», ese concepto había sido com-
pletamente olvidado; y es ahora en estos
226 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
Últimos tiempos, después de toda una
centuria de sofismas inspirados en la
teoría tan funestamente interpretada del
contrato social, cuando la opinión de
Aristóteles ha vuelto a prevalecer so-
bre una base científica positiva. Por
eso admira la precisión con que el
Libertador, a principios del siglo XIX,
hablara de la influencia que nesaria-
mente debían tener en la constitución
de Venezuela, la raza, el clima, el medio
físico V telúrico, la situación geográfica,
la extensión territorial, el género de vida,
y como complemento de esos factores pri-
mordiales, la religión, las inclinaciones,
(instintos y tendencias), la densidad de
población, el comercio, las costumbres y
cuantos rasgos especiales obran en cierto
modo automáticamente en la existencia
y en el destino de las naciones.
Cuando nuestros «sofistas» — que des-
graciadamente han abundado en todas las
épocas de la existencia nacional — acep-
tando la teoría clásica del hombre abs-
tracto creían que al romper los lazos polí-
ticos con España, rompían también los
vínculos psicológicos hereditarios, y que
al decretar la igualdad política y civil
destruían los prejuicios de casta, funda-
mento secular de la gerarquización coló-
LA LKV BOLIVIANA 227
nial, el Libertador, aconsejaba a los
constituyentes de Angostura tuvieran
presente (pie «nuestro pueblo no es el
europeo, ni el americano del norte; que
más bien es un compuesto de África }-
de América que una emanación de
Ivuropa, pues que hasta la España misma,
deja de ser europea por su sangre afri-
cana, por sus instituciones 3' por su
carácter»'. ^ Ha sido muchos añosdespués
cuando se ha dicho que África comienza
en los Pirineos, y que grandes pensa-
dores como Joaquín Costa han hablado
de la europeización de España). ¿Cómo
podíamos romper con ese pasado en cuyo
seno se había engendrado nuestra nacien-
te nacionalidad? Esas ideas del Libertador
parecen haber inspirado a algunos escrito-
res modernos, Crane y Moses entre otros,
cuando formulan la teoría de la influencia
hereditaria en la forma de las institucio-
nes políticas: «La larga sumisión de un
pueblo a un orden político determinado,
cualquiera que sea, engendra hábitos y
una manera de obrar que viene a ser una
especie de instinto político que contri-
buve poderosamente a determinar la forma
de las instituciones y la dirección de
los progresos políticos». Por eso pedir;, el
Libertador que .se dictase «un código de
228 LAUREANO VALLENIIJ.A LANZ
leyes venezolanas». Todavía lo esta-
mos esperando, afirmó el doctor Gil
Fortoul. Y se explica esa tardanza, por-
que nuestros constitucionalistas no han
sido en todas las épocas sino copistas
con más o menos talento, y quienes care-
ciendo de sentido práctico y de sentido
histórico, no han hecho en \'enezuela
como en toda la América, desde México
hasta la Argentina, sino el papel del
Loquero, de que hablaba el Libertador en
aquel admirable apólogo: «Yo considero
al Nuevo Mundo —decía en 1828 — como
un medio globo que se ha vuelto loco y
cu vos habitantes se hallan atacados de fre-
nesí, y que para contener este flotamiento
de delirios y de atentados, se coloca en
el medio un Loquero con un libro en
la mano para que los haga entender su
deber».
II
En ninguno de los elementos componen-
tes de nuestra sociedad política encontraba
Bolívar los instintos que pudieran con-
ducir conscientemente a los legisladores
a adoptar ciertos principios republicanos
que hasta entonces — excepción hecha de
los Estados Unidos— eran puramente teó-
ricos. Por eso quiso desde los prime-
I, A I.KV BOLIVIANA 229
ros iiioineiitos, que se estableciese un
gobierno estable para ([ue hubiese «la me-
nos frotación posible entre la voluntad
general y el poder legítimo». Allí se
ve como una necesidad imperiosa la ins-
titución del Presidente «boliviano» que
se ha realizado en Hispano-América, a
despecho de todas las constituciones que
han establecido el principio contrario;
porque, conforme a las leyes del deter-
minismo sociológico, ni en el español,
ni en el indígena, sea cual fuere el
grado de civilización en que le encon-
traron los conquistadores, ni en el afri-
cano, se hallaban los instintos políticos
que determinan la alternabilidad del po-
der supremo.
El Principio Boliviano ha sido en to-
da la América espaüola un canon in-
variable de la constitución efectiva. El
Presidente «boliviano» se ha impuesto a
despecho de los ideólogos, cu3'a obra ha
sido siempre funesta para la tranquilidad,
la prosperidad y la evolución nacionalis-
ta y civilizada de estos pueblos. Por eso
decía el argentino Alberdi, poco después
de la caída de Rosas: «En Sud-Amé-
rica el talento se encuentra a cada pa-
so; lo menos común que por allí se
encuentra es lo que impropiamente se
i
230 LAUREANO VALLENILLA I.AXZ
llama sentido coiuíin, buen seiitidu o
juicio recto. Xo es paradoja sostener
que el talento ha desorganizado a la
República x-\rgentina. . La presunción
de nuestros sabios a medias ha ocasio-
nado más males al país que la falta de
ilustración de nuestros caudillos .... El
simple buen sentido de nuestros hom-
bres prácticos es mejor regla de gobier-
no que las pedantescas reminiscencias
de Grecia y de Roma. Se debe huir
de los gobernantes que mucho decre-
tan, como de los médicos que prodigan las
recetas. La mejor administración como
la mejor medicina es la que deja obrar
a la naturaleza. .. .Conviene distinguir
Tos talentos en su clase y destinos cuan-
do se trata de colocarlos en los empleos
públicos. Un hombre que tiene mucho
talento para hacei^ folletines, puede no
tenerlo para administrar los negocios del
Estado. Comprender 3' exponer por la
palabra o el estilo una teoría de gobier-
no es incumbencia del escritor de talento.
Gobernar según esa teoría es comunmen-
te un don instintivo que puede existir
y a menudo existe en hombres sin ins-
trucción especial.»
Los ideólogos de toda la América
preconizando la panacea de las contitu-
LA I.KV BOLIVIANA 231
cioiies escritas, Imii contrariado la obra
de la naturaleza; y considerando como
un crimen de lesa Democracia todo lo
que lio se ciñera a los dogmas abstrac-
tos de los jacobinos teorizantes del de-
recho político, nos han alejado por mu-
cho tiempo de la posibilidad de acordar
los preceptos escritos con las realidades
gubernativas, estableciendo esa constante
y fatal disparidad entre la ley y el he-
cho, entre la teoría y la realidad, entre
la forma importada del extranjero y las
modalidades prácticas de nuestro dere-
cho político consuetudinario; en una
palabra, entre la constitución escrita y
la constitución efectiva.
En Venezuela, como en toda la Amé-
rica española, la Ley Boliviana traduci-
da en preceptos, es la única que hu-
biera podido prevalecer con provecho
para la estabilidad política, el desarrollo
social y económico }'■ la consolidación
del sentimiento nacional, si los ideólo-
gos no le hubieran opuesto sistemáti-
camente los principios anárquicos que
han legitimado en cierto modo las am-
biciones de los unos y los impulsos
desordenados de los otros, dando bande-
ra a las revoluciones. Sin embargo, esa
ley — como hemos dicho — se ha cumplí-
232 LAUREANO VALLENILLA I.AN'Z
do en casi todos estos países, y al ejem-
plo de IMéxico bajo Porfirio Díaz, se-
ñalado por el doctor Gil Fortoul, pode-
mos agregar el de la República Argen-
tina, donde después de la caída de Rosas
continuó por largos años predominando el
régimen que los escritores de aquel país
llaman la caudillocracia, hasta el gene-
ral Julio Roca, considerado por sus
condiciones de hombre de Estado en un
medio hondamente modificado por el desa-
rrollo económico y la inmigración eu-
ropea, como una superestructura del caudi-
llo primitivo; y quien «durante treinta
años ofició de pontífice en la política nacio-
nal, estableciendo lo que podríase titular el
unipersonalismo presidencial, que en len-
guaje corriente mereció el nombre de
jiHÜato)), y practicando la Le}- Bolivia-
na hasta en la facultad de nombrar el
sucesor, mediante el sistema de hacer
triunfar siempre el candidato oficial, a
lo cual han dado los argentinos el nom-
bre de posteridades presidenciales. Este
método de dejar el sucesor — dice el es-
critor que nos suministra estos datos —
tiene en mira la consolidación del uni-
personalismo por tiempoindeterminado.
En Colombia, cuya constitución geo-
gráfica no ha sido propicia al caudillis-
LA LKY BOLIVIANA 233
nio ( 1 ) y donde el germen teocrático
del conqnistador español f ratificó y se
perpetnó en la mezcla con la teocracia
indígena que enjendró la montaña, la
anarquía establecida como sistema por
los federalistas de Río Negro, los más
idealistas de toda la América, no llegó
a detenerse en su obra de disgrega-
ción sino cuando se cumplió la Ley
Boliviana en el eminente Rafael Núñez,
político spenceriano, quien como Julio
Roca ofició también de pontífice por
largos años en la política nacional; y
aunque aparentemente separado de la
Presidencia de la República dirigía el
Gobierno desde su retiro del Cabrero.
(H E~ un axioma de sociología, basado en la influen-
cia del medio geográfico, el postulado de que en Hispa-
no-Améric;í el Caudillismo surgió de las patas de los
caballos. iLa influencia del caballo ha sido tal. que en
lo.s países que no les poseen en abundancia como Boli-
via y el Ecuador (olvidó la Nueva Ciranada) las indiadas
conservan su carácter secular» — Sarmiento — Conflicto y ar-
monía de las razas de América. Acevedo-Díaz, h -Los
Ntieslros. Donde hubo caballos y llanuras hubo caudillos.
Por eso hemos afirmado que si los llanos de Casanare
abarcaran las tres cuartas partes del territorio de la
actual Colombia y Bogotá hubiera .sido cotuo Huenos Aires
y Caracas, accesible a la invasión de las hordas gauchas
y llaneras, muy otra habría sido la evolución de aquel
país; y en vez del General Santander, hombre de letras,
que había abandonado la carrera sacerdotal para afiliarse
al ejército patriota al estallar la revolución, otro Páez
habría i-ido el hombre más representativo de la Nueva
Granada al digregarse la Gran República de Colombia.
234 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Ante la disgregación localista, ante
el parroquialismo anárquico sancionado
por la constitución de Río Negro, que
al cabo de veintisiete años había disuel-
to casi el organismo nacional, un po-
lítico positivista como el Dr. Núñez,
vio claramente que la única cabeza vi-
sible de la unidad colombiana era enton-
ces el Arzobispo de Bogotá, porque adon-
de no llegaban las órdenes del gobierno
nacional llegaban las del Prelado; y no
cre3'endo o creyendo poco en la influencia
divina crej^ó ciegamente en la de la Iglesia
católica y con ella se alió para restablecer
en su Patria la estabilidad política y la
tranquilidad social, apo3^ado en la in-
mensa ma3'oría del pueblo compuesto
de indios y de mestizos sedentarios. Y
entonces se vio con qué fuerza se per-
petúan los instintos políticos de los pue-
blos determinando la forma efectiva y
práctica de sus instituciones. Los con-
quistadores españoles encontraron a la
raza indígena que habitaba la mayor
parte del territorio de la actual Repú-
blica de Colombia, en una etapa avan-
zada del desarrollo social; pueblo ya
sedentario y agrícola, pose3'endo todos
los hábitos que enjendra la montaña, se
hallaba sometido a un gobierno regular
LA I.KV BOLIVIANA 235
en el cual el Za(|ue, jefe secular de
Cundiuaniarca, compartía el poder con
el Gran Sacerdote de Iraca, llamado
Lama; (l) y a través de todas las mo-
dificaciones impuestas por el régimen
colonial y de todas las ilusorias influen-
cias del republicanismo y del jacobinis-
mo que trajo consigo la revolución de
la Independencia, es la unión del jefe
secular con el jefe sacerdotal, el Zaque
y el Lama representados en pleno siglo
XIX por el Dr. Níiñez y el Arzobispo
Paúl, la que viene a reconstituir el or-
ganismo social de la Nación, adominar la
anarquía, establecer el orden é im-
ponerse por encima de todas las ideo-
logías constitucionalistas. Y no ha ha-
bido en nuestra América un solo go-
bernante ni un solo caudillo sobre el cual
se haya exagerado más el ditirambo,
« sus amigos llevaron la pasión por
él hasta deificarlo; Xúíiez es cofuo Dios,
iodo lo crea, cantaba un bardo», y el Dr.
Miguel Antonio Caro, «la primera virtud
y la primera ilustración de Colombia, pro-
clamó la infalibilidad absoluta del Dr. Xú-
ñez cuando aseguró que no se había equi-
vocado nunca» (2) lo cual demuestra,
(.1) Humboldt— Voyape óc T, \ I, p, 70,
(2) Carlos R. Restrepo — Orienlacióii Republicana.
236 LAUREANO VALLEXILLA LAXZ
como hasta en nniy altas mentalidades,
inflingen los instintos teocráticos del
pueblo colombiano.
En Urugua\', Paraguay, Ecuador,
en todas o casi todas las Repúblicas
hispano-americanas, el orden social, la
estabilidad del Gobierno, el progreso 3^
la prosperidad económica, no han sido
efectivos sino cuando ha preponderado
por largos años un hombre prestigioso,
consciente de las necesidades de su pue-
blo, fundando la paz en el asentimien-
to general y sostenido por la voluntad
de la mayoría a despecho del principio
alternativo. (1) Y este hecho histórico ha
sido más claro y preciso en aquellas
Repúblicas donde las masas populares
han llegado a tener, desde la guerra
de Emancipación, una ingerencia abso-
luta en los negocios públicos, por me-
dio de sus hombres representativos,
porque no son en estas como en otras
naciones, las oligarquías, influidas por
las ideas importadas, quienes represen-
tan el instinto político de los pueblos.
En el Perú, el general Ramón Cas-
tilla, a quien García Calderón compara
(l)— V. la notable obra de Francisco García Calderón, el
primer libro en que con un criterio sociológico se halla sin-
tetizada la evolución de las Democracias Latinas de América.
LA LEY BOLIVIANA 237
con Páez, surtí'ido como nuestro gran
caudillo de las iunieiisas llanuras, nó-
made \' jefe de legiones: }• que más que
a su herencia indígena y asturiana de-
bió al medio en que pasó su juventud,
la resistencia y la astucia que le ele-
varon por sobre todos los caudillos pro-
vinciales, fué durante veinte años «el
enérgico director de la vida nacional»,
a pesar de todos aquellos que tomando
por pretexto la Constitución Boliviana,
protestaron contra el héroe venezolano
a quien debieron la independencia. Sin
gran cultura, parecía instruido a fuerza
de ser astuto. Conocía intuitivamente
el valor de los hombres y la manera
de gobernarlos, poseyendo en alto gra-
do el don de mando. . . .Sencillo en sus
ideas, conservador en el orden político,
respetaba el principio de autoridad. Co-
mo Bolívar y San Martín, odiaba la
anarquía, y en medio del tumulto re-
volucionario, comprendió la necesidad de
establecer un gobierno fuerte. Después
de veinte años de revueltas intestinas, el
gobierno del general Castilla marca para
el Perú el comienzo de un nuevo período
de estabilidad admiuistrativa, en el cual se
desenvuelve el comercio, aumentan las
rentas públicas, se consolida el crédito
238 LAUREANO VALLEMLLA LANZ
y se transforma, en fin, la vida econó-
mica del país. El gobierno del general
Castilla — dice García Calderón, cnyos
conceptos reasumimos — termina pacífica-
mente: de 1844 a 1860 dirigió con mano
de hierro la política nacional; y nadie an-
tes que él había logrado darle al país se-
mejante continuidad .... Como García Mo-
reno en el Ecuador y Portales en Chile,
el general Castilla afirma la paz, esti-
mula la riqueza, protege la instrucción,
crea nna marina e impone al país una
nueva Constitución. Su acción no es
solamente política, sino también social:
libertando a los esclavos y a los indios,
prepara la futura democracia. Los pe-
riódicos de la época condenaron su ab-
solutismo. «La fórmula del General es:
L'Eíaf c''esí inoi — escribía don José Ca-
simiro Ulloa, en 1852. Castilla fué du-
rante quince años — termina diciendo Gar-
cía Calderón — el dictador ueccsaiio en
una República instable». (1)
En Chile, que se ha tenido como una
excepción en América, se han cumpli-
do, como lo hizo notar el doctor Gil
Fortoul, las profecías del Libertador en
su carta de Jamaica. Pero Chile es una
(1) F. García Calderón, Op. cit p. 96
I.A LKY BOLIVIANA 239
República aristocrática, donde la masa
verdadera del pueblo, el rolo, vive «como
vivieron sus padres desde los tiempos
innienioriales de la colonia, en inquili-
fiajr, vale decir, en la más absoluta su-
misión política, social y económica»,
mientras que un centenar de familias
patricias, viene de padres a hijos, ejer-
ciendo de manera exclusiva las funcio-
nes del Gobierno. Chile ha merecido
las alabanzas del mundo entero por su
cordura en medio del inmenso desbara-
juste en que ha vivido la América.
«Pero entre el humo del incienso que
los iniciados prodigan a la I sis chilena
— ^ha dicho un grande escritor — se cree
adivinar que el manto republicano, de-
mocrático y americano, envuelve el cuer-
po siempre acurrucado de la colonia, que
se ha detenido en la transformación y
que se ha contentado con cubrirse de
regias vestiduras sin cambiar aún las
ropas interiores» (1). De modo que en
el pueblo modelo de nuestra América,
la constitución escrita se halla también
muy distante de la constitución efectiva
y práctica; y el tiempo dirá lo que habrá
de suceder el día en que la procesión
de la democracia, que Tocqueville salu-
( I ) Ernesto yuesada, La rpoca de Rosas, p. 333.
240 LAUREANO VALLENILlvA LANZ
daba con religioso recogimiento, porque
marcha triunfante al porvenir, atraviese
también a Chile y sacuda de su modorra
colonial el alma rudimentaria del ro/o.
Xo obstante esta organización aristocrá-
tica tuvo también Chile su «hom-
bre sistema», su Presidente «bolivia-
no», en el ilustre Portales. «En la his-
toria de nuestras administraciones — dice
un historiador chileno — ha}^ un hombre
que lleva el título de mmistio por ex-
celencia: ese hombre es Portales. Co-
mo si la autoridad hubiese sido hecha
para él, o él hubiese nacido para la au-
toridad, bastóle ejercerla para que sus
contemporáneos y las generaciones pos-
teriores lo considerasen como la encar-
nación misma del poder., . .No fué un
hombre instruido en el sentido propio
de esta palabra, su educación escolar
fué somera. . . .No se ejercitó en la tri-
buna. .. .Fué ante todo un gran carác-
ter; por eso había en él un poderoso
sentimiento de lo justo y una voluntad
inquebrantable siempre pronta para las
resoluciones arduas; con esto tenía bas-
tante para dominar muchas voluntades.
No conocía gran cosa los libros; pero co-
nocía admirablemente a los hombres». (1)
(l) Cita de Quesada, Op. cit., p. 318-
LA LKY BOLIVIANA 241
¿Ko pueden aplicarse esos rasgos a
muchos de los hombres que han domi-
nado y que aún dominan en algunas de
las Repúblicas hispanoamericanas y quie-
nes por la sola virtud de su carácter
establecen la paz, el orden, el crédito,
el progreso y todo lo que constituye «la
mayor suma de tranquilidad social y la
mayor suma de estabilidad política», que
los filósofos del constitucionalismo han
solicitado vanamente en sus cánones
fundamentales?
III
Los hombres que como el Libertador
poseyeron la amplitud de criter¿^/*sufi-
ciente para romper con los dogmas y soli-
citar, no la mejor constitución sino la que
más convenía a pueblos morgánicos re-
cién emancipados de una larga tutela
monárquica, tenían que chocar con los
que contrariamente creían «que bastaba
decretar para crear»; y tomando en serio
el papel de representantes de pueblos
que ni siquiera sospechaban la existen-
cia de sus legisladores, como sucedió
con los del Rosario de Cúcuta, se die-
ron a la tarea de fabricar una consti-
tución cuando todavía el territorio de
242 LAUREANO VALLENILLA LANZ
la Gran República se hallaba casi todo
en poder de sns antiguos dominadores.
La demostración más evidente del em-
pirismo, de la ideología, de la carencia
absoluta de sentido práctico y de sen-
tido histórico que caracteriza a la ma-
yoría de los legisladores de América,
está en el empeño que tuvieron no só-
lo de establecer un sistema tan com-
plicado como el de la república repre-
sentativa en medio de la guerra, que es
la negación de todos los derechos, sino
el de pretender, además, muchos de ellos,
el" implantamiento de la federacióu, que
no venía a ser otra cosa que la san-
ción legal de la anarquía parroquial y
caudillesca, autorizando la insubordina-
ción y la desobediencia al único poder
necesario y eficaz en aquellos momentos
en que el fin primordial era el de ven-
cer a los enemigos y alcanzar la- inde-
pendencia por cuantos medios fuesen
posibles: ese poder único, personal, des-
pótico como todo poder militar en tiem-
po de guerra, estaba encarnado para
Colombia en el Libertador. Lo demás
eran quimeras que obstaculizaban la
misma causa que estaban defendiendo.
«La sociedad guerrera ideal — dice Bou-
glé — es aquella que obra fácilmente co-
LA LEY BOLIVIANA 243
mo un solo hombre; aquella en la cual,
las órdenes vivamente concebidas por
un centro cerebral único, son rápida-
mente trasmitidas hasta los extremos
del cuerpo social e inmediatamente eje-
cutadas. La sociedad militar, plegándo-
lo todo a las necesidades del combate,
y subordinando las necesidades de los
civiles a las de los combatientes, es ne-
cesariamente una. como son uniformes
sus reglamentos. En una palabra, mien-
tras una sociedad industrial 3- pacífica
se presta a la descentralización, una
sociedad militar debe ser rigurosamente
centralizada». (1) Lo que se requería
entonces eran unidades iguales dirigi-
das por un jefe único, }• no organismos
independientes pudiendo marchar por sí
solos.
Por más que en 1821, la causa rea-
lista hubiese perdido casi por completo
la opinión pública — pues es bien sabido
que no sólo los americanos que habían
combatido tan tenaz \' heroicamente la
Independencia, sino que las propias tro-
pas peninsulares «se pasaban por pnn-
/as)) como decía el General Carlos Sou-
blette, empleando un término llanero;
I
(1) Les ídt'es Egalilaires, p. 228.
16
244 r.AUREANO VALLENIiJ.A LANZ
por más que ya se veía eu casi todo
el territorio de Colombia casi seguro el
triunfo de la Patria, la verdad era que
éste no podría consolidarse sino cuando
en la extensión del Continente no
quedase un solo cuerpo de ejército
realista, como lo comprobó el Liberta-
dor con su campaña del Perú, adonde
fué, no arrastrado únicamente por su
ambición de gloria, sino para asegurar
la existencia de la Gran República que
era su obra y su pedestal. Lo nece-
sario para alcanzar aquel propósito no
era una Constitución, que al nacer de-
bía necesariamente morir por asfixia
en aquella atmósfera incandescente; no
era una asamblea deliberante, sino
nn ejército aguerrido, teniendo a su
servicio la sociedad entera, dominado
por una sola voluntad, fanatizado por
la gloria y el prestigio indiscutible e
indiscutido de un hombre superior, que
con el poder de su genio había con-
ducido la revolución por derroteros in-
sospechados para los mediocres.
Nadie podrá discutir, por otra parte,
que aun después de haber desaparecido
del continente el último soldado realis-
ta, la América española continuaba en
el mismo estado de guerra. Extinguí-
LA LKY BOLIVIANA 245
do el poder de la Metrópoli, la lucha
civil continuaba y continuaría por largos
años a impulsos de los mismos odios
tradicionales exasperados por la guerra,
bajo cualquier denominación y arropán-
dose con cualquier bandera, pero per-
petuando la anarquía que hacía nece-
saria la preponderancia del poder per-
sonal, la existencia del Gendarme Ne-
cesario. «Una ley rígida, precisa, con-
cisa, he aquí la primera necesidad del
género humano; he aquí lo que es ne-
cesario antes y por encima de todo
para formar un núcleo de hábitos, de
costumbres, de ideas. Todos los actos
de la vida deben ser sometidos a una
regla única, en vista de un fin único.
Si este régimen impide la libertad de
pensar, no es un mal; o mejor dicho,
aunque fuera un mal, es la base in-
dispensable de un gran bien; es lo que
forma el substratum de la civilización
y lo que fortalece la fibra todavía tier-
na del hombre primitivo.»
«Los siglos de monotonía, de igual-
í dad, de sometimiento, han tenido su uti-
lidad: ellos formaron el hombre para los
siglos en que debía ser libre, indepen-
diente y original.»»
246 LAUREANO VALLENILLA LANZ
«Ksta necesidad histórica que se desen-
vuelve en el tiempo y que Bagehot ha
descrito magistral mente, la vemos to-
davía hoy en plena acción.») (1) Y el
ilustre sociólogo italiano, que formuló
sus teorías cuando la paz reinaba en el
mundo civilizado y los ideólogos del
pacifismo creían ya en su eterno pre-
dominio, las habría visto confirmadas
hasta la saciedad en la gran guerra
que acaba de azotar al genero humano,
echando por tierra todas aquellas vanas
ilusiones, surpervivencias inconscientes
del racionalismo.
«Hoy mismo en la guerra — escribía
Sighele en 1897 — que a pesar de sus
transformaciones es aún el residuo atá-
vico más grande y más natural de la
época primitiva, nosotros conservamos la
táctica antigua, es decir: la obediencia
ciega de todos a uno solo para alcanzar
un fin único y supremo: la victoria.
Sentimos y sabemos que si la discipli-
na no fuera de hierro, que si el co-
mando no fuera absoluto como la obe-
diencia, el fin no sería jamás alcanza-
do. Lo más notable es que en este
orden de ideas, todo el mundo reconoz-
(1) Scipio Sighele. Psychúlogif des Sedes, p. 89.
LA l.KV BOLIVIANA 247
oa para el éxito feliz de una guerra
la necesidad de un jefe único, l^na
pluralidad de espíritus deliberantes no
])uede menos que ser perjudicial, pre-
cisamente porque desaparece el unísono
y se desvanece la uniformidad necesa-
ria en una agrupación de hombres que
deben concordar como uno solo para
tratar de llegar al fin determinado. Con
razón afirmaba Macaulay, que si con
frecuencia un ejército era vencedor bajo
las órdenes de un capitán incapaz, ja-
más se había visto que alcanzara la
victoria bajo la dirección de una asam-
blea deliberante: este monstruo de mil
cabezas ha producido siempre efectos
desastrosos. »
IV
Por esa causa es más resaltante la
pretensión de los que en nombre de
ciertos dogmas abstractos quisieron po-
nerle trabas al poder discrecional del
Libertador. Abstraídos o cegados por
las teorías no consideraban para nada
el medio 3- el momento en que preten-
dían legislar y gobernar; y casi siempre
de buena fe trabajaban por coartar el
poder único, per.soual, absorbente, ceu-
248 LAUREANO VALLENILLA LANZ
tralizador y despótico, impuesto por las
circunstancias 3^ por la suprema nece-
sidad de vencer. Cuando Bolívar pedía
unidad, los ideólogos no sólo dictaban
una declaración de derechos, sino que
clamaban por la federación, que no era
en definitiva sino la sanción legal del
desmiga j amiento comunista, del parro-
quialismo estrecho y miserable que ser-
vía de fundamento al régimen colonial.
Pretendiendo ser revolucionarios, refor-
madores avanzados, no eran simplemen-
te sino tradicionalistas. Recuérdese lo
que escribía el general Pablo Morillo
al Gobierno de España, desde Bogotá,
el 3 de agosto de 1816: «Este virrei-
nato tenía un gobierno insurgente cen-
tral constituido por la fuerza y regado
con la sangre de un pueblo candido 3-
opuesto al sistema de centralización, que
por mano del caribe Bolívar establecie-
ron los jacobinos por la fuerza.» (1)
iVsí se explica por qué fué tan popular
en toda la América la palabra federa-
ción. Los pueblos no podían compren-
der la teoría, la doctrina, el sistema; pero
el mecanismo federal, no en el sentido de
unión, de alianza, de integración, sino en
(1) Rodríguez Villa. Uiog. de Morillo. III, p. 181.
LA LEV BOLIVIANA 249
el de separación, aiitagoiiisiiio, coiiiu-
iiisnio, rivalidad de campanario, corres-
pondía perfectamente a la manera tra-
dicional y única de vivir, al sentimien-
to parroqnial, al amor entrañable por
el pedazo de tierra nativo, única
patria qne ellos podían concebir enton-
ces; porqne las otras, las grandes, las
que debían surgir de los senos ardien-
tes de la guerra donde los héroes es-
taban forjando el elemento primordial
de la nacionalidad, que es la Historia; (1)
aquellas que todavía eran una simple
abstracción, una concepción vaga e im-
precisa, más difíciles de comprender y
de amar mientras más extensas; aque-
llas Repúblicas que sólo existían al
terminar la guerra contra España como
ficciones oficiales, organismos todavía in-
conexos, no podían despertar ningún
sentimiento preciso, ninguna emoción
concreta en el alma de pueblos primi-
tivos.
En aquella lucha de Bolívar con los
constitucionalistas y los federalistas, se
hallan precisamente definidos los dos
movimientos, las dos tendencias, los dos
términos de la evolución que fatalmen-
(1) «La Patria es ante toflo la Historia déla Patria». — K.
h'agiiet.
250 LAUREANO VALLENILLA LANZ
te han seguido todos los organismos:
desintegración e integración. Integra-
ción de las células hasta llegar por
etapas sucesivas a constituir el organis-
mo animal, cuya más perfecta repre-
sentación es el hombre; e integración
de razas, de pueblos y de clases hasta
llegar por una evolución análoga a la
constitución de organismos sociales su-
periores o de super-organismos que son
las actuales nacionalidades, (l) Al movi-
miento de desintegración, primera etapa
de las naciones hispano-americanas al
romper sus lazos con la Metrópoli y cuyo
movimiento fué exactamente el mismo
que se realizó en toda Europa al desplo-
marse el Imperio romano, lo bautizaron
con el nombre de Federación; y juzgando
con inconcebible ligereza fenómenos tan
complicados como los que generan la for-
mación de las sociedades, la mayoría de
nuestros historiadores han atribuido aque-
lla tendencia tan lógica, tan espontánea,
tan ajustada a las leyes de la biología social
que bien puede calificarse de puramente
instintiva, a la influencia de los prin-
cipios adoptados por la constitución de
los Estados Unidos, al simple espíritu
(1) V. Reue Wonirís. — Philosophie des Sciences Sociales
y.— Chap III,
LA I.KY BOLIVIANA 251
de imitación del sistema adoptado por
las antiguas colonias inglesas que se
hallaban entonces en el mismo trabajo
de integración que las nuestras, trabajo
que todavía, al cabo de cien años, no ha
terminado para ellas.
Xada es más sorprendente, si se ad-
vierte, que el sistema federal conside-
rado hasta por el mismo Bolívar como
el sumun de la perfectibilidad política,
como la más elevada concepción a que
habían llegado los apóstoles de la de-
mocracia, coincidiera con las tendencias
instintivas de pueblos primitivos, sin
otra idea colectiva que la del clan o la
tribu de la que apenas estaban separa-
dos por unas cuantas generaciones, y
no poseyendo sus clases superiores otras
tradiciones que las del municipio caste-
llano con casi todas las prerrogativas de
autonomía e independencia, de que go-
zaban en la Península antes del régimen
centralizador y despótico establecido por
los reyes austríacos. (1 )
La obra de los constituyentes de Cu-
cuta tenía que ser efímera, porque era
fatalmente contradictoria. No se limi-
I
(1) V. nucbtro estudio sobre «La Ciudad Coloniali,
publicado en Cultura Venezolana, números 1 y 4 de ju-
nio, setiembre-octubre de 1918.
252 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
taron a decretar la unión de las tres
secciones que iban a constituir la Gran
República, que era lo único racional en
aquellos momentos, sino que conside-
rándose, según la teoría del sistema re-
presentativo que tenían en la mente,
como los delegados legítimos de la vo-
luntad y de los derechos de unos pue-
blos que ni siquiera tenían noticias de
la existencia de aquella Asamblea, cre-
\^eron que «no llenarían a cabalidad su
cometido» si no dictaban una Consti-
tución. Y como los revolucionarios fran-
ceses que les servían de modelo, su obra
tuvo el mismo carácter de «apresura-
miento febril, de improvisación, de con-
tradicción, de violencia y de debilidad,
queriendo a la vez legislar racional-
mente para el porvenir, para la paz,
y legislar empíricamente para el pre-
sente, para la guerra.» (1) Estos dos de-
signios se mezclaron en los espíritus y
en la realidad; por e.so no hubo ni
unidad de plan, ni continuidad de mé-
todo, ni una sucesión lógica en las pre-
tendidas modificaciones del edificio so-
cial. Cualquiera que hubiese sido el
sistema adoptado tenían que caer ne-
(1) V. .\\\\Si\<\. — Hisl. PoHlíí/ue de la Revolulión l'ran-
caisc. Advertisstriiieiit, p. VII.
i.A lp:v hoi.iviana 253
cesariameiite en la niisiiia contradicción.
Pues si la federación, sancionando la
tradición colonial anárquica }• disolven-
te, contrariaba y anulaba la acción del
poder centralizador y único impuesto no
sólo por las necesidades de la lucha,
sino por la de integrar los elementos
que debían constituir la nacionalidad,
con virtiéndola de una simple ficción
oficial en una realidad tangible: el sis-
tema centralista, pretendiendo uniformar
aquellos pueblos sometiéndolos al domi-
nio impersonal de la ley, de iina ley
que no era de ningún modo la expre-
sión concreta de sus instintos políticos,
ni de las imperiosas necesidades del
momento, tenía que ser fatalmente bur-
lado y basteardado a cada paí;o, no
quedando en pié, como se vio claramen-
te en la revolución de Páez en 1826,
sino la suprema voluntad del Caudillo,
del Jefe Único, que imp(mía con dere-
cho el sometimiento absoluto v la obe-
diencia ciega
Los que criticaron al Libertador, los
que en su ceguera llegaron a calificar-
le de déspota, de autócrata, de tirano
y atentaron contra su vida crcN'endo
realizar un acto de justicia y de amor
a la libertad, no sólo están condenados
254 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
por la historia sino que la ciencia mis-
ma los clasifica como seres perniciosos
para la sociedad, que «con palabras in-
flamadas, con discursos y escritos in-
cendiarios, caldeando los espíritus y
creando una atmósfera de electricidad,
producen explosiones de emotividad, de
sugestiones y de impulsos criminales.» (1 )
Envenenados por aquel desbordamien-
to de sofismas y de utopías que desató
sobre el mundo la revolución francesa,
no se daban cuenta de que provocando
la desobediencia y la rebelión contra la
única autoridad posible en aquellos mo-
mentos, retardaban la evolución lógica
que han seguido todos los pueblos 5- a la
cual no podían sustraerse los hispano-
americanos, partiendo de la disgregación
a la unidad hasta llegar a constituirse
en verdaderas nacionalidades bajo la
autoridad del César que engendra la
anarquía. Alazel ha sentado este prin-
cipio comprobado hasta la saciedad por
la Historia: «El absolutismo ha fun-
dido el molde de las nacionalidades ac-
tuales, unificando su administración eco-
nómica, civil y militar.» (2)
1 1 I l'roal. /.a CrímifiaHít' Poliliqtic.
(2) La Syner¡^ie Sociale.
h.\ I.KY BOLIVIANA 255
V
Ivl genio penetrante del Libertador
solicitó en su Constitución Boliviana,
en una Mouai qu'ia sin coinna, someter
a una ley, sistematizar un hecho rigu-
rosamente científico, necesario y fatal
como todo fenómeno sociológico, insti-
tuyendo su Presidente vitalicio con la
facultad de elegir el sucesor. La his-
toria de todas las naciones hispano-
americanas en cien años de turbulen-
cias }• de autocracias es la comproba-
ción más elocuente del cumplimiento de
aquella ley por encima y a despecho de
todos los preceptos contrarios escritos en
las constituciones. Desde la Argentina
hasta México, ningún pueblo de Amé-
rica se ha sustraído al cumplimiento
de la Ley Boliviana. Desde Rosas,
bajo cuyo despotismo sanguinario se
unificó la gran República del Plata,
hasta Porfirio Díaz, que dio a su Patria
los años de mayor bienestar y de mayor
progreso efectivo que recuerda su his-
toria, todas nuestras democracias no han
logrado librarse de la anarquía, sino
bajo la autoridad de un hombre repre-
sentativo, capaz de imponer su voluntad,
de dominar todos los egoísmos rivales y
\
256 LAUREANO VALLENILLA LANZ
ser, en fin, como lo dice García Calderón
refiriéndose al General Castilla, el dic-
tador necesario^ en pueblos qne evolu-
cionan hacia la consolidación de su in-
dividualidad nacional.
Por lo demás, es bien sabido que
ningún sistema de gobierno, ninguna
Constitución puede ser permanente e in-
mutable. Todas son transitorias, cam-
biantes, como la sociedad misma sometida
del mismo modo que todo organismo a las
^ leyes de la evolución. Un investigador tan
serio y tan justo como Alaine ha de-
mostrado que muchas de las cosas que
en el sistema democrático se consideran
como ciertas y definitivamente estable-
cidas, no tienen sino el carácter de una
experiencia y de un ensayo. (1)
El caudillismo disgregativo y anárqui-
co que surgió con la guerra de la In-
dependencia y que el Libertador domi-
nó y utilizó en favor de la Emancipa-
ción de Hispano-América, estableciendo
desde entonces en Venezuela lo que han
llamado los .sociólogos solidaridad mecá-
nica por el engranaje y subordinación de
los pequeños caudillos en torno al caudillo
central, representante de la uuidad na-
(1) S. Maine. Le Gonvernemenl Populaire.
LA I.KV BOLIVIANA 257
cional, y fundada en el compromiso in-
dividual, en la lealtad de hombre a
hombre; no se transforma sino muy
lentamente en solida) idad orgánica cuan-
do el desarrollo de todos los facto-
res que constituyen el progreso mo-
derno vaya imponiendo al organismo
nacional nuevas condiciones de existen-
cia y por consiguiente nuevas formas
de derecho político.
Aquellos que han calificado de anti-
republicanas las ideas del Libertador, y
que empíricamente han creído en la
existencia real de los moldes clásicos
del constitucionalismo democrático, ig-
noraron seguramente que en la más
republicana de las constituciones que
han existido en el mundo; en la que
ha servido de modelo a los partidos
más radicales de la América española,
en la Constitución de los Estados Uni-
dos— como lo observa un eminente so-
ciólogo norte-americano — «se encuentran
al lado de elementos puramente demo-
cráticos, elementos de un carácter abso-
lutamente opuesto. Así, en lo que con-
cierne a los poderes atribuidos al Eje-
cutivo, está generalmente admitido que
la Constitución americana es más mo-
nárquica que la del Reino Unido de la
258 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
Gran Bretaña. Y si algún día las ideas
democráticas, actualmente en boga, lle-
garan a cambiar, como ha sucedido en
otras épocas en que las opiniones polí-
ticas han sufrido una especie de trastrue-
que, se vería con asombro que la Cons-
titución de los Estados Unidos, no ten-
dría necesidad sino de muy ligeras mo-
dificaciones para adaptarse fácilmente a
teorías absolutamente diferentes», (l)
El eminente autor de ese libro, que
debiera hacerse circular con profusión
en nuestra América, donde aun exis-
ten, desgraciadamente, tantas ■ mentali-
dades trastornadas por las viejas teorías
y donde el jacobinismo hace todavía sus
víctimas, termina con estos conceptos
tan elocuentes como precisos el capítulo
destinado a analizar los principios detno-
ciáiicos de la Constitución americana:
«Por más desagradables que puedan ser
observaciones de este género a los lec-
tores con tendencias ultra-democráticas,
ellas sacan a plena luz la gran verdad
de que no es en la democracia, ni aun
en su mayor parte, donde hay que ir a
buscar la fuente de las instituciones
(1) C. Ellis Stevens, Les Sources de la Consiitution
des États Unis, ps. 2,i5 — 256. Trad. francesa de I.ouis Vos-
sion. París 1897.
LA LKY BOLIVIANA 259
americanas. Desde el punto de vista
histórico o fríamente científico, se debe
estar siempre dispuesto, en este género
de estudio, a examinar las cosas hon-
radamente y sin temor alguno, tal cual
ellas son y no como aparentan ser, o
como debieran serlo de acuerdo con las
hipótesis de los teorizantes de la po-
lítica.»
La Revolución de la Independencia
tenía que producir en toda la América, con
más o menos intensidad, una profunda re-
novación social. No era, como dijo Fustel
de Coulanges hablando de las revolucio-
nes en la Ciudad Antigua, una clase de
hombres que reemplazaba a otra clase en
el poder; sino que puestos a un lado los
viejos principios, nuevas reglas de go-
bierno debían regir las sociedades hu-
manas. Desaparecida la sujestión de la
realeza, el pueblo aspiró a restaurarla
bajo una nueva forma. Los jefes sur-
gieron por generación espontánea y no
pudiendo llamarlos reyes, los llamaron
Caudillos; pero es curioso observar que
todos esos caudillos fueron calificados
de tiranos por sus adversarios. Y por
más peligrosas que los hombres de cien-
cia consideren hoy las comparaciones
entre las revoluciones modernas 3- las
17
260 LAURKANO VALLRNILLA I<ANZ
de los pueblos de la antigüedad clási-
ca, nosotros encontramos en la obra in-
superable del eminente historiador francés
que hemos citado, conceptos que cuadran
perfectamente a nuestra evolución po-
lítica: «La aparición de la palabra
tirano en la lengua griega, marca el
nacimiento de un principio que las gene-
raciones precedentes no habían conoci-
do, la obediencia del hombre al hom-
bre.... La obediencia a un hombre, la
autoridad dada a este hombre por otros
hombres, un poder de origen y de
naturaleza absolutamente humanos, ha-
bía sido desconocido a los antiguos
eupatridas, \ no fué concebido sino el
día en que las clases inferiores, arro-
jando el _yugo de la aristocracia, solici-
taron un gobierno nuevo. Por todas
partes estos tiranos, con más o menos
violencia, tuvieron la misma política.
L"n tirano de Corintio pidió consejos un
día a un tirano de Mileto sobre la
mejor manera de gobernar; éste, por
toda contestación cortó las espigas de
trigo que sobrepasaban las otras. Su
regla de conducta era la de abatir las
cabezas elevadas y dominar la aristo-
cracia apoyándose en el pueblo.» (1)
{\) Fiistel <íe Conlaiiges. La Cilé Antiqíic. ps. .^23 — J4.
I<A r.KV BOLIVIANA 261
García Calderón ha hecho en su in-
teresante obra ya citada al hablar de
los Caudillos y la Democracia, esta sín-
tesis admirable: «La historia de estas
repúblicas se reduce a la biografía de
sus hombres representativos. El espíri-
tu nacional se concentra en los «cau-
dillos», jefes absolutos, tiranos bienhe-
chores. Ellos dominan por el valor, el
prestigio personal, la audacia agresiva.
Ellos representan a lo vivo las demo-
cracias que los deifican. Si no se estu-
dia a Páez, a Castilla, a Santa Cruz,
a Lavalleja, es de todo punto imposi-
ble explicarse la evolución de Vene-
zuela, del Perú, de Bolivia, del Uru-
guay.»
«Los dictadores como los reyes feu-
dales—dice en otro lugar — abaten a los
«caciques» locales, a los generales de
provincia; así lo hicieron Porfirio Díaz,
García Moreno, Guzmáii Blanco. ... Y
las revoluciones se suceden a las revo-
luciones hasta la aparición del tirano
esperado que domina, durante veinte o
treinta años, la vida nacional.»
Esos hombres, ejerciendo una autori-
dad tutelar han realizado durante cien
años en toda la América el principio
262 LAUREANO VALLKNILLA I.ANZ
fundamental de gobierno formulado por
el Libertador desde 1815:
«Los Estados americanos han menes-
ter de los cuidados de gobiernos pater-
nales que curen las llagas y las heri-
das del despotismo y la guerra.»
Y no ha habido en América uno solo
de los llamados partidos políticos que
no sustentara en el hecho el mismo prin-
cipio, por más que en la teoría, cuan-
do han estado en la oposición clamaran
contra la tiranía, contra la autocracia^
contra el personalismo, amparándose en
el principio contrario de la alternabili-
dad, el único de todo el andamiaje
ideológico de los tiempos pasados que
ha quedado en pie, para servir de ban-
dera a las revoluciones, o para producir
alteraciones funestas al orden social }'
violentas soluciones de continuidad en
la marcha regular que reclama la exis-
tencia de naciones que no han perfec-
cionado aún su organismo; que aparte
ilusiones presuntuosas, ideologías y op-
timismos generosos, la realidad les im-
pone, so pena de desaparecer en la anar-
quía y en la ruina, la preponderancia
del «hombre necesario».
LA LKY HOI.IVIANA 263
Por un gravísinic) defecto de educa-
ción }• hasta por la pereza mental ca-
racterística de nuestra raza, el criterio
fatalista confundicndüse con el providen-
cialisnio que atribuye a los conductores
de pueblos condiciones extrahumanas,
es el que ha prevalecido entre nosotros
tu la apreciación de los acontecimien-
tos históricos y en el juicio que gene-
ralmente nos formamos respecto de lo
que sucede a nuestro alrededor. Por
eso atribuimos únicamente al azar, a la
suerte^ lo que es efecto de leyes socio-
lógicas al mismo tiempo que de la re-
flexión, de la voluntad y del carácter
individual de los hombres que en un
momento dado saben imprimir a la so-
ciedad que gobiernan el movimiento que
la salva de las grandes crisis porque
conocen mejor que los otros, aquello
que más conviene a su estabilidad y a
su bienestar. Por eso existe y preva-
lece, no el providencial, sino el ente
sencillamente humano, el «hombre del
momento» que supo prever el mal,
tuvo las energías necesarias para con-
jurarlo y el tacto de unificar y uti-
lizar las fuerzas vivas de la socie-
dad para alcanzar un fin útil y per-
manente.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS
NUESTROS partidos "históricos, que
nacieron con la guerra civil de la
Independencia porque desde enton-
ces se dividió la población urbana de \e-
nezuela en dos bandos llamados primero
godos y pairioías y que después de cons-
tituida la República se titularon godos
y liberales, no profesaron doctrinas po-
líticas definidas sino cuando los unos
sostenían las banderas del Rey de Es-
paña y los otros luchaban por obtener
la Independencia.
Los godos^ comerciantes en su ma3'or
parte, letrados y burócratas, habían tenido
necesariamente que sostener el régimen
colonial, unos por mantenerse en sus
puestos, otros por ampliar sus prerro-
gativas absorbidas casi por completo por
el mantuanismo revolucionario y los
primeros por el interés de perpetuar el
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 265
iiiouopolio al cual debían su prosperi-
dad, pues es bien sabido que el co-
mercio colonial de Venezuela se desarrolló
al favor de la célebre Compañía Gui-
puzcoana, que hizo dasaparecer la libre
exportación de los productos naturales
establecida desde tiempo inmemorial entre
los puertos venezolanos y los de Veracruz,
Canarias y las Antillas extranjeras,
recibiendo en pago el numerario, que
enriqueció en breve tiempo a la aris-
tocracia territorial, y que luego ab-
sorbió por completo la compañía mo-
nopolista, y años más tarde el comercio
de Cádiz, tan pertinaz y poderoso ad-
versario de la Independencia de Vene-
zuela, que fue él quien organizó a sus
expensas la expedición comandada por el
General Morillo en 1815. «Jamás — di-
ce Heredia — había salido de España para
la América expedición más brillante y
numerosa, como que era el último es-
fuerzo de los comerciantes de Cádiz por
medio de la Junta de reemplazos, que
suplió todos los gastos»'.
Al través de todos los acontecimientos
de nuestra historia puede observarse la
continuación de esa lucha entre agriculto-
res y comerciantes. Cuando terminó la gue-
rra de Independencia, perdidas las úl-
266 I.AURKAXO VALLKXILLA LANZ
timas esperanzas de restaurar el antiguo
régimen, ]os ^odos o realistas, que casi to-
dos se habían ya pasado a las filas patrio-
tas, amparados por los preceptos constitu-
cionales que otorgaban igualdad de dere-
chos a todos los nacidos en el territorio,
primero de la Gran Colombia y luego de
Venezuela, sin tomar para nada en cuenta
sus antiguas opiniones, se acogieron a la
sombra de Páez, el Caudillo poderoso, y
unidos a los patriotas enemigos del Li-
bertador y de la unión Colombiana, en-
traron como factores en todos aquellos
sucesos que tuvieron como consecuencia
la disolución de la Gran República y la
reorganización de Venezuela.
Pero era humanamente imposible para
los hombres que durante veinte años se
habían destrozado en una de las más
tremendas guerras que registra la his-
toria, olvidar sus odios profundos por el
simple hecho de una transformación po-
lítica; y la lucha continuó formidable,
al impulso de las mismas causas remo-
tas, modificadas naturalmente por la de-
saparición de España como elemento de
combate y por el empuje de las clases
populares a las cuales había abierto la
revolución el camino de la ascensión
política y social. Kl odio, exasperado
LOS PARTIDOS IIISTí^RICOS 267
por la crudeza y la prolonj^ación de la
guerra con todo su cortejo de fusila-
mientos, prisiones, confiscaciones, de una
y otra parte, pasó como herencia inalie-
nable de padres a hijos. . . ; ( 1 ) y cuando
las clases populares arrastradas por sus
instintos de asesinato y de pillaje con-
tinuaban recorriendo la extensión inmensa
de nuestras llanuras, cometiendo los mis-
mos crímenes a que estaban habituados y
que son característicos de los pueblos pas-
tores en todas las latitudes, legitimados
ahora en cierto modo por las prédicas del
jacobinismo criollo; en las ciudades los dos
bandos antagónicos, cambiando las pri-
mitivas banderas \' disfrazándose con ro-
pajes constitucionales, se extremaban en
la tarea funesta de trasplantar de Europa
V de los Estados Unidos las más avanzadas
(1) En Venezuela, por regla g'eneral se tiacía ^odo o
liberal, según que el ascendiente hubiere sido realista o
patriota; y no solo los calificativos eran tradicionales, sino
qne los colores de las divisas eran las mismas de los dos
bandos que lucharon durante la guerra. La bandera ama-
rilla fue la de los patriotas. Páez, Autobiografia, Vol. \. p,
1.59 (En Nota). lEn la plaza principal (de San Fernando
<le .^pure) encontramos la cabeza del honrado, del valiente,
del finísimo caballero Comandante Pedro Aldao, puesta por
escarnio en una pica de orden de Boves, que la remitió
desde Calabozo como trofeo .M apearla para hacerle hono-
res y darle Sepultura cristiana, encontramos dentro de ella
un pajarilloque había hecho en la cavidad su nido j- tenía
dos hijuelos. El pájaro era amarillo, color distintivo de los
patriotast.
268 LAURKANO VALLENILLA LANZ
doctrinas políticas sin pensar nunca en las
posibilidades de aplicarlas.
'LiOS godos ^ como para borrar el recuerdo
de haber luchado en favor de la domina-
ción española, exageraban en teoría sus
principios radicales, disputándoles a sus
contrarios el calificativo de libélales. Ellos,
en su mayoría, no habían pertenecido-
corno se ha venido creyendo, a la aristo-
cracia colonial, casi desaparecida en la bo-
rrasca de la Revolución y cuyos escasos
restos se hallaban en la miseria; eran como
hemos dicho, los representantes de la
burguesía, de la clase media de la co-
lonia (blancos del estado llano), cons-
tituida principalmente por una oligar-
quía de tenderos, de canastilleros — como
se decía entonces — favorecidos por la
Constitución del año 30, que sólo con-
cedía derechos electorales a los que po-
seyesen rentas, lo cual les facilitó la auda-
cia inconcebible de aplicar a Páez, Jefe
nato de la Nación, el principio exótico de
la alternabilidad republicana, eligiendo
para presidir la República, al Doctor José
María Vargas, sospechado con razón de
realismo, por haber vivido en Puerto
Rico durante los dias más crudos de la
guerra (1). Apoyándose también en las
(1) Rste era el gran argutuento que los adversario?-
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 269
doctrinas económicas de la escuela libe-
ral de Manchester, reaccionaron contra
la legislación colonial que tasaba el in-
terés del dinero y perseguía la usura
como un crimen, sancionando la célebre
Ley de 10 de Abril del año 34 sobre
Libertad de Contratos, la cual produjo
en su ejecución «asonadas y motines» y
contribuyó a fomentar la oposición al
Gobierno, pues aquella le}', favoreciendo
el capital, daba al comercio, y por tanto
a los godos^ una preponderancia mucho
mayor que en la época colonial. Al mismo
tiempo se sancionaban las le^es más rigu-
de Vargas oponían a su candidatura en aquellos días.
En hoja suelta se publicó el 19 de octubre de 1834, una
carta de uno de los antiguos realistas que aún perma-
necían en Puerto Rico, expresando su satisfacción por ver
figurando entre los electores de aquel año a los realistas
Juan José Vaanionde, José de Jesús Goenaga, Juan Pablo
Huizi, Juan Manuel Cagigal. incluyendo entre ellos a
Valentín Kspinal y a Wenceslao Urrutia quienes segura-
mente Hevai-íati a {'argas a la fresidencia y con esa
adelantaría mucho España. Los adversarios de Vargas
lo llamaban tel Candidato Extranjero» y en otro impreso
de 22 de julio se leen estos conceptos: «Vea Venezuela
qué suerte la esperaría si ocupara la Presidencia del Es-
tado un hombre elevado por la aristocracia, por los ene-
migos de la Independencia }• de nuestros invictos cau-
dillos....• Kl mismo Doctor Vargas le dice a Páez el 23
de juHo de 1835: iMucho siento observarle que juzgo muy
necesaria la presencia de los Consejeros militares (que
eran proceres de la Independencia) en el Consejo. Cuando
todo se convierte en pretextos, cuando se critica al go-
bierno de godo o compuesto de hombres diversos de los
anliguos patriotas. .. . los Generales Carreño y Piñango
me parecen muy útiles y aún indispensables en el Con-
sejoi. (Doc. para los Anales de Venezuela, 2? período,
t. 2). Ya insistiremos sobre estos puntos, al hablar de la
evolución de los partidos de la Independencia.
270 LAUREANO VALLF.NILLA LANZ
rosas: contra el abigeato, al cual estaban
habituados los llaneros, y contra los cons-
piradores, sin tomar en cuenta que el pri-
mer conspirador había sido Páez, alzándose
contra el Gobierno de Colombia y que la
misma República de \'enezuela había sido
el resultado de una conspiración contra el
mismo Gobierno. (Advertimos que este
concepto de conspiracic)n , lo tomamos en
el sentido puramente legal y abstracto,
pues en el concepto histórico y socio-
lógico la revolución del año 26 como
la del 30, están perfectamente justifica-
das). Todas aquellas le^-es cuya sanción
era la pena capital, se cumplían rigurosa-
mente, y con la mayor frecuencia, porque
del año 30 al 47, que comprende el período
mal llamado conservador, no hubo un solo
día de paz en Venezuela. Partidas de ban-
doleros infestaban los desiertos y asaltaban
los hatos y las poblaciones del llano como
en los tiempos coloniales; 3^ en la Gaceta de
Venezuela de aquellos años, pueden leerse
las causas y las sentencias, que no sa-
bemos cómo no han sido jamás men-
cionadas por los liberales ni como alegato
en contra del partido siodo. En ellas se ve
que no sólo eran llaneros; mulatos ni
zambos los que componían aquellas ga-
villas; muchos eran obreros, artesanos,
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 271
agricultores sin trabajo, a quienes acom-
pañaban multitud de esclavos y de ma-
numisos que huían del dominio de sus
amos, al cual querían someterles jueces
y autoridades que sobre todo en las Provin-
cias llaneras violaban constantemente la
ley de manumisión en favor de los propie-
tarios. (1)
II
Obsérvese, además, que la justicia co-
lonial no había sido ni pudo ser nunca
rigurosa en \'enezuela. No obstante la
abundancia de delincuentes, fueron raras
las ejecuciones a muerte, y en ninguna
población hubo verdugo oficial. Desde
los tiempos más remotos los hatos lejanos
habían sido refugio seguro de cuantos
huían de la justicia (2). El mismo Páez
fué uno de estos fugitivos. Ahora, en me-
dio de aquella anarquía que engendró la
guerra y la impunidad que fatalmente
debieron poner en práctica los patriotas
para ganar prosélitos, la aplicación ri-
gurosa de aquellas leyes tenía que ser
(1) Véase la «Colección completa de las leyes, decretos
y resoluciones sobre raatiiimisión». Caracas 1846.
(2) V. Depoiis. — l'oyage a la par He oriéntale de la Te-
rre-Firme, etc. — Huniboldt. — Voyage. — Archivo Nacional.
Reales Proi'isiones.
272 LAUREANO VALI.KXII.LA LAXZ
considerada por el pueblo como una
iniquidad, como una gran crueldad, como
una espantosa injusticia. «Un delito ge-
neralizado — ha dicho Tarde — vuélvese
pronto un derecho». Páez mismo había
autorizado el abigeato, cuando facultó a
los llaneros para que por su propia
cuenta se hiciesen pago de sus haberes
militares con los ganados pertenecientes a
los realistas. Y ellos, naturalmente, decla-
raron entonces realistas a «todos los que
tenían algo que perder», como en tiempos
de Boves y demás foragidos, habían decla-
rado blancos \' patriotas a todos los propie-
tarios. La revolución de Farfán, como se
ha visto y según la propia declaración del
Gobierno, no tuvo otro origen que los azo-
tes dados por un juez de la parroquia Ur-
bana a un sobrino de aquel heroico solda-
do, en cumplimiento de la ley de hurtos.
A una causa semejante obedeció el alza-
miento de Rangel en ltí46.
Repetimos que la impunidad de to-
dos los delitos había tenido que ser la
norma de la Revolución de la Indepen-
dencia, pues no de otro modo pudo
arrebatársele al realismo la popularidad
de que gozó entre los llaneros hasta cuan-
do el General Morillo quiso someterlos al a
rigurosa disciplina del ejército expedido-
LOS l'AKTinoS HISTÓRICOS 273
nario. Porque no era sólo la vida, la que
se garantizaba los venezolanos, «por más
culpables que fuesen» — según el decreto
de Trujillo que jamás ha sido interpretado
en su elevado sentido político — sino que
por los repetidos indultos posteriores pro-
metidos y otorgados por el Libertador en
favor de los más grandes desalmados que
habían cometido todos los crímenes bajo
las órdenes de Boves, Yañes, Rósete, etc.,
se les recibía en las filas independientes
con los mismos grados que habían con-
quistado en los días más espantosos de
la Guerra a Muerte. Ya hemos cita-
do nniltitud de nombres que figura-
ron en las luchas civiles subsiguientes.
En un estado social semejante, con
hombres habituados a todos los peligros,
habiendo actuado en una larga guerra
sembrada de heroísmos, conociendo ya el
camino por donde Páez y tantos otros de
sus conmilitones habían llegado a la cum-
bre, y sin haber estado sometidos jamás a
otra disciplina que a la del caudillo, cuan-
do de pastores se convirtieron en guerre-
ros, ¿qué respeto podían inspirarles aque-
llas leyes que iban contra lo que ellos
creían sus derechos o /as adqiiisicionfs
df iJí lanza ^ como dijo el Libertador?
De allí se originó naturalmente la im-
274 LAUREANO VALLEXILLA LAXZ
popularidad del Gobierno goio y por
consecuencia el prestigio de la oposición
liberal: de allí el «odio y horror a la
oligarquía», que fué el 46 el credo de
Zamora, de Raugel, de Calvareño 3^ de
cuantos guerrilleros proclamaron al Par-
tido Liberal, y en 1859 la Federación.
Ese debía ser y ese era necesaria-
mente el criterio, la conciencia social
de un pueblo semi-bárbaro y militari-
zado en que el nómade, el llanero, el
beduino, preponderaba por el número y por
la fuerza poderosa de su brazo. (1)
Sólo la acción del Caudillo, el Gendarme
Necesario, podía ser eficaz, para mantener
el orden. Venezuela permanecía en aque-
lla misma situación que Don Fernando
de Peñalver describía al Libertador
en 1826: «Es una verdad que nadie
podría negar, que la tranquilidad de que
lia disfrutado Venezuela desde que la
(O "Examinando hoy las tribus de beduinos, que
sin embargo están ya muy avanzadas podemos darnos cuen-
ta de lo que eran las relaciones entre las primitivas.
Un viajero francés, M. Gabriel Charnie, escribía a este
lespectd en La Revuc de Deux Mo'icies, de 15 de agosto
de 1881: «Caer sobre las caravanas cuando éstas no son
aliadas a su tribu; robarse los rebaños, apoderarse de los
bienes, asesinar a los que pretendieren defenderlos, sobre
todo si son habitantes de las ciudades, tales son las virtu-
des que el beduino ostenta en más alto grado. Nosotros
mandaríamos a galeras como ladrones, como salteadores
de caminos, a estos héroes poco nobles de las leyendas
beduinas. J''oya^^e a Syrie. — Cit. de Gumplowicz.— /^("ííí
de Sociologie, p. 186-
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 275
ocuparon nuestras armas, se ha de-
bido exclusivamente al General Páez,
y también lo es que si se alejase de
su suelo, quedaría expuesto a que se
hiciese la explosión, pues sólo falta para
que suceda esta desgracia, que se apli-
quen las mechas a la mina». Pero la
influencia y el poder del General Páez,
conquistados en los campamentos por
sus grandes facultades de guerrero y de
caudillo, se había ido debilitando por el
empeño que tuvieron siempre los letra-
dos de la época, inspirados en doctrinas
puramente especulativas entonces tan en
boga, de poner cortapisas a un poder
personal que no era sino la expresión
concreta de los instintos políticos de
nuestro pueblo. Empujados por esas
mismas abstracciones y viendo en el ejér-
cito regular una base de despotismo,
destruyeron y persiguieron aquellas le-
giones heroicas que habían hecho la in-
dependencia de América, jactándose de
que los habían Jiiandado a trabajar^ y per-
mitiendo que los tribunales de justicia,
compuestos casi todos por antiguos realis-
tas, les arrebatasen, en favor de sus pri-
mitivos dueños, las propiedades con que la
Patria había premiado sus .servicios. (1)
(1) Kutre otros fip:iirrfba como Juez, el Doctor Fian-
276 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Sobre Páez, Jefe del Gobierno, caía nece-
saria mer, te toda la responsabilidad de aque-
llos hechos que le enagenaron por completo
el prestigio y el respeto de antiguos con-
militones.
La autoridad de Páez, como la de
todos los caudillos de Hispano América,
se fundaba sobre la sugestión inconsciente
de la mayoría. El pueblo nuestro que pue-
de considerarse como un grupo social ins-
table^ según la clasificación científica,
porque entonces y aún en la actualidad
se halla colocado en el período de tran-
sición de la solidaridad mecánica a la
solidaridad orgánica, que es el grado en
que se encuentran ho}' las sociedades
legitimas y estables^ se agrupaba instin-
tivamente alrededor del más fuerte, del
más valiente, del más sogaz, en torno
a cuya personalidad la imaginación po-
pular había creado la le3'enda, que es
uno de los elementos psicológicos más
poderosos del prestigio; y de quien espe-
raban la más absoluta protección, la im-
punidad más completa a que estaban ha-
bituados.
cisco Rodríguez Tosta, quien con los Doctores Juati de
Rojas y Toiuás José Hernández de Sauabria, habían com-
puesto el célebre TribuuMl de Apelaciones, nombrado por
Boves el año 14, para sustituir la Real Audiencia.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 277
Es de advertir al mismo tiempo que
todas las leyes políticas, de un radica-
lismo a ultranza, que tendían a alejar-
nos de las formas dictatoriales, sin to-
mar en cuenta el medio anárquico en
que pretendían implantarlas, eran a la
vez reaccionarias C(3ntra el partido boli-
viano, calificado de monarquista, de
teocrático, de pretoriano, porque en me-
dio de la anarquía que como un huracán
se desataba por toda la América, ame-
nazando destruir la obra de la Inde-
pendencia, todavía sin arraigos profundos
en la conciencia pública, tanto el Liber-
tador como muchos de los más altos repre-
sentantes de aquella causa, conscientes
de sus responsabilidades ante la historia,
solicitaban por todos los medios posibles
el implantamiento del orden; y como en
todos los casos de extrema gravedad,
apelaron a remedios heroicos, que real-
mente atacaban el idealismo republicano,
el espíritu democrático de la Revolución,
y los principios políticos considerados en-
tonces como generadores infalibles de la
felicidad humana.
III
Lanzados en ese camino y cuando más se
necesitaba de una mano de hierro capaz
278 LAUREANO VAI.I.ENILLA LANZ
de reprimir el bandolerismo e intimidar
a los demag-Qgos, quienes para ganar
popularidad parafraseaban las doctrinas
abstractas de los filósofos europeos de
la política, mal aprendidas en lecturas
fragmentarias y en pésimas traducciones;
los hombres dirigentes imbuidos también
en aquellas mismas ideas, llegaron al ex-
tremo de anular por completo la acción
del Estado invocando la doctrina del lai-
sser taire y del laisser passer^ que fué el
credo de Soublette, no sólo en lo econó-
mico sino en lo político, sin comprender
que esta doctrina "de la concurrencia ili-
mitada y sin ferno» tan funesta aun en las
sociedades bien constituidas — como lo
afirma Spencer — porque revivía bajo una
forma nueva la vieja teoría de Hobbes,
de la lucha de todos contra todos, no
venía a producir otro efecto en nuestro
medio sino el de otorgar la más absoluta
sanción a la anarquía popular que tantos
desastres iba a continuar produciendo.
No era que los liberales ganaran po-
pularidad con sus docirijias disolventes^
eran los godos quienes inconscientemente,
anulando la acción del Caudillo, «apli-
caban las mechas a la mina» produ-
ciendo aquella explosión que temió Pe-
nal ver el año 26. Pretender sustituir
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 27*)
el prestigio persoual del Caudillo, única
institución posible en nuestro pueblo,
único resorte poderoso de orden social,
con el p/cs/ioiO impersonal de la At'V, de
leyes que no eran la expresión concreta
de las necesidades ni del estado social;
que no correspondían a condiciones de
hecho, ni a las modalidades propias del
ambiente, ni estaban en las costumbres
nacionales, fué el colmo de la imprevi-
sión y del empirismo.
La tendencia de todos los escritores y
hombres políticos de la época era la de
coartar, limitar o anular el poder del Cau-
dillo (1). Los godos en el gobierno como
los liberales en la oposición, buscaban
(1) Uno de los fundamentos más poderosos de la
oposición* liberal en 1840, era el poder ejercido por el
General Páez durante veinticinco años, sin comprender
que aquella influencia deci:<iva no eia ni podía ser la
obra exclu-iiva de la voluntad del Gran Caudillo, sino la
expresión concreta de los instintos políticos del pueblo
venezolano. V es curioso observar que los argumentos
de Antonio Leocadio Guzmán contra la autocracia de
Páez, fueran los mismos que más tarde, godos y liberales
sacaran a relucir en contra de la autocracia del General
Guzmán Blanco, cegados también por el prejuicio de la
alternalidad, o fundándose cueste principio /;(25/>/a«/aí/£)
para encubrir ambiciones personalistas y sustituir a un
autócrata con otro, tras el inevitable período de anarquía
que precede siempre en casi todas las Repúblicas his-
pano-americanas al inplantamiento del Gobernante efec-
tivo, del «Gendarme Necesario» capsz por la superio-
ridad de su carácter y por la fuerza de su brazo de imponer
la paz y hacer progresar la sociedad. México, después de
la caída de Porfiíio Díaz, es el ejemplo más reciente y más
elocuente de esta verdad.
18
280 LAUREANO VALLENILLA LANZ
por diversos caminos los medios de acabar
con lo que ellos llamaban el persona-
lismo. Pero ni los unos ni los otros
llegaron a percibirse de que fomen-
tando la anarquía, perpetuando el estado
de guerra, hacían cada vez más impres-
cindible la necesidad del Gendarme y,
como consecuencia el sometimiento ab-
soluto y la ciega obediencia. Es curioso
observar la ceguedad con que todos traba-
jaban en contra de los mismos fines que se
proponían alcanzar. Xi siquiera sacaron
de la caída del Doctor Vargas, destituido
por una simple asonada, la experiencia
que debió necesariamente aleccionarlos
contra el dogmatismo constitucionalista.
Cre3'eron sinceramente, quizás, que Páez
al despojarse de la investidura presi-
dencial se había despojado también del
poder que emanaba de la constitución
efectiva del país; y apenas sintieron la
debilidad absoluta del régimen que ha-
bían pretendido implantar, corrieron a
rodear al Caudillo implorando su apoyo
y acabando de nuevo su autoridad.
Envaneciéndose de «haber sometido
a Páez al imperio de la Constitución»,
no se daban cuenta de que el poder
personal del Caudillo era la verdadera
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 281
constitución efectiva del país, (1) y que
cou leyes exóticas, pretendiendo establecer
el orden sin contar cou la acción di-
recta y eficaz del «j^cndarnie», no ha-
cían otra cosa que aumentar la anar-
t[uía, sistematizar el desorden y abrir
amplio campo a los agitadores, que in-
vocando también los principios abstractos
V pidiendo el cumplimiento de la Cons-
titución para disfrazar sus resentimientos
personales y sus ambiciones de poder,
lanzarían al fin el país a otra guerra
de exterminio, destruyendo las bases de
una organización económica, social y
administrativa, que pudo desarrollarse
ampliamente bajo la autoridad indiscutida
de un hombre de las excepcionales coq-
dicioues del General Páez.
Y no era que las ideas positivas del
gobierno fuesen entonces absolutamente
desconocidas. Ya hacía muchos años que
el Libertador había recomendado a los
constituí-entes de Angostura, no olvidasen
jamás «que la excelencia de un gobierno
no consiste en su teoría, en su forma.
(1) Ayarragaray. dice, hablando de la República Ar-
gentina: lEl caudillismo fué siempre nuestra constitución
positiva: y en vano la iuipostura de los partidos, o la
ingenuidad de las teorías, pretendieron cubrir con insti-
tuciones importadas las monstruosidades congénitas de nues-
tra constitución política. iI^a Anarquía Argentina y kl
CAl'DILLISMOt.
282 LAUREANO VÁLLENTELA LANZ
ni en su mecanismo, sino en ser apro-
piado a la naturaleza 3^ al carácter de
la nación para qnien se institu3'e. El
sistema de gobierno más perfecto es
aquel que produce ma3^or suma de se-
guridad social 3^ mayor suma de esta-
bilidad política».
IV
l^os godos han echado sobre los libera-
les la responsabilidad exclusiva de aquellos
acontecimientos, atribu3'endo a sus pré-
dicas demagógicas una influencia que no
pudo ser sino muy limitada. Por más
que hemos solicitado en muchos perió-
dicos de la época esos artículos subver-
sivos capaces de «corromper las masas
populares» de «trastornar el criterio
público» no los hemos encontrado.
El Venezolano de Guzmán, El Pa-
triota de Larrazábal, El Torrente de
Rendón, El Reptibluano de Bruzual, que
fueron los órganos principales de la
oposición liberal desde 1840, (1), por más
(1) Tal es la oscuridad que los pseudo-historiadores y
los escritores políticos h;in hecho en torno a los oríge-
nes de ambos partidos, que ya se hace necesario susti-
tuir a las filiaciones vagas, encadenaniietitos históricos y
deteiniinaciones precisas. Por desconocimiento absoluto
LOS l'AkTilJOS HISTÓRICOS 2S3>
subversivos que fuesen, estaban eseritos
en un estilo demasiado elevado para pe-
netrar en la mentalidad rudimentaria de
la reducida minoría (jue alcanzaba a
leerlos. Cuántos ejemplares, además,
podía editar cada uno de aquellos perió-
dicos? En 1S97 decía Novicow: «Hace cin-
cuenta años que las prensas de manos tira-
ban apenas 600 ejemplares por hora» (1).
La influencia de la prensa, según el
mismo sociólogo, no depende hoy sino
del vapor y de la fuerza eléctrica,
c|ue moviendo la prensa IMarinoni puede
imprimir sesenta mil ejemplares por
hora y del bajo precio del papel, que
ha hecho posible el periódico barato. Es
por consiguiente un error atribuir a la
prensa liberal del 46 la profunda con-
moción de aquellos años. Basta a com-
de las leye.s (le la continuidad histórica, se considera que
los viejos partidos datan de 1840 y en esto marchan de
acuerdo casi todos les escritores de ambos bandos. «Cua-
tro fueron los órgranos más característicos de la imprenta
durante aquel interregno genésico de nuestra vida polí-
tica— dice Marco-.^ntonio Saluzzo en f¡.ví9, Esbozos y l'frsio-
nes (p. 9) — y estas cuatro hojas periódicas .sembraron so-
bre las alas de los vientos del Cielo la semilla del fíe-
lecho y déla Libertad. Guzmáii. el Brissnt de Venezuela,
escribía El Venezolano; I^rrazábal, el ático I.arrazábal,
escribía El Patrióla: Bruzual El Republicano: Reiidón,
El Torrrntc.r. (p. l<i). iGuznián electrizaba; i.arrazábal,
encantaba; Bruzual, explicaba; Rendón, predicabai.
( 1 ) Conscíence et volonU sociales, p. 76.
284 LAUREANO VALLENILLA LANZ
probarlo la consideración de que el 46
como el 59 se repitieron exactamente los
mismos fenómenos de los años 13 y 14,
en que no hubo ni tribunos, ni periódicos
incendiarios que sublevaran las masas
populares.
¿Cómo puede achacarse racionalmente,
a la sola propaganda de «El Venezolano» la
aparición de aquellas mismas hordas que
victoreaban el Partido Liberal }• la Fe-
deración con la misma inconsciencia con
que habían victoreado primero a Fer-
nando VII y a Boves y más tarde a
Bolívar y a la Patria? Todos esos mo-
vimientos eran simplemente la continua-
ción de la misma lucha iniciada desde
1810, la propagación del mismo incen-
dio oculto a veces bajo las cenizas o
elevando sus llamas hasta enrojecer el
horizonte, pero siempre implacable en
su obra de devastación y de nivelación.
En 1846 como en 1859 se concentraron
de nuevo las mismas montoneras de
Boves }• de Váñez bajo el brazo vigo-
roso de otro gran caudillo de la misma
fisonomía moral, de las mismas dotes
de mando, del mismo empuje heroico,
del mismo desprendimiento, de los mis-
mos instintos eclocráticos y hasta pode-
r.OS PARTIDOS HISTÓRICOS 285
mes decir que de la iiiisnia raza que el
asturiano leyendario. (1)
Prueba evidente de (|ue en nuestra
evolución igualitaria la influencia de las
ideas no ha sido tan poderosa como se
ha venido creyendo. Antonio Leocadio
Guznián fué siempre un esforzado de-
fensor de la Constitución de 1830, con
su régimen electoral oligárquico, y ja-
más pidió la abolición de la esclavitud,
ni de la pena de muerte, ni de las
penas infamantes; ni siquiera abogó en
provecho propio por la derogación de la
ley de conspiradores que llevaba su
firma y en virtud de la cual estuvo a
pique de que lo fusilaran sus enemigos.
Felipe Larrazábal era un literato ro-
mántico, que imitaba y algunas veces
plagiaba a Lameunais, y nunca manejó
( 1 ) Extraño encontrará» este paralelo aquellos que
afín 'C empeñan eti desconocer las leyes de la continuidad
liisiórica y se figuran que cada generación crea su estado
social. Y conste qiie no venios la Hgura de Ezequiel Zamora,
al tróvés de ningún prejuicio partidario. Pertenecemos a
una familia de liberales federalistas y podemos decir con
orgullo que nuesttos antepasados dejaron bien puesto su
nombre en los campos de batalla y en las luchas civiles.
Por eso afirmamos ron la más absoluta libertad de criterio
que por su raza, pues Zamora era perfectanienle blanco, por
su gran pericia militar, por su desprendimiento, ]>ot su he-
roismo, por la dureza de su carácter y por el influjo que tuvo
en nuestras masas populares a nadie masque a Boves puede
comparársele, aunque siempre nos hayan parecido aibitra-
rios estos paralelos entre personajes coIochcIos en ambien-
tes políticos y circunstancias históricas distintas.
286 LAUREANO VALLENILLA LANZ
el estilo candente ni la sátira envenenada
y soez que pudiera ser grata al grosero
paladar de nuestras turbas urbanas. ' Eta-
nislao Rendón fué siempre un retórico,
oscuro en las ideas y más oscuro aún
en la expresión, gustándole emplear los
términos más extraños para designar
las cosas más corrientes; de tal manera
que es imposible, aún a los más fami-
liarizados con el idioma, leer sus artícu-
los o sus discursos sin apelar al diccio-
nario; lo cual contribuyó sin embargo, a
darle una gran reputación, ya que como
dice Le Dantec «la magia de las pa-
labras ha sido y lo será todavía por
mucho tiempo un móvil poderoso de
nuestras acciones y de nuestros juicios»;
y Rendón, a falta de argumentos tenía
exclamaciones, como cuando en la Con-
vención de Valencia el 58, defendía el
sistema federal diciendo: La Federación
es santa ^ celestial, divinal Sólo Blas
Bruzual tenía pluma y cerebro de com-
bate; sólo él poseía la concepción clara
y los sinceros ideales de su partido
y de su credo. Fué tan honrado como
Rendón, pero más en contacto con la
realidad y con las necesidades del mo-
mento. Todavía vibran en las páginas
de «El Republicano» las tremendas
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 287
diatribas, los conceptos vigorosos, y
encendidos por una convicción y una
fe absoluta en las excelencias de su
credo. Briizual era además liberal de
pura cepa. Había sido siempre patriota,
traía las pasiones de la cruenta lucha
por la Independencia, en tanto que
Guznián, Larrazábal y Rendón eran
hijos de realistas. Pero «El Republi-
cano» no tuvo siquiera residencia fija
y en más de .siete años no publicó sino
e.sca.so número de ejemplares, como puede
verse en la colección que se conserva
en la Biblioteca Nacional.
vSi la rigurosa exactitud de estas con-
sideraciones salva a Guzmán y a los
escritores liberales de las graves res-
ponsabilidades que sobre ellos han hecho
pesar sus adversarios, también les arre-
bata, por falso o infundado, sobre todo
al primero, el título de Fundador del
Partido ÍAhcial.
Las masas populares que habían sido
realistas con Bovcs \' patriotas con Páez
durante la guerra de Independencia,
fueron después liberales con Guzmán y
Zamora el 46, y federales con el mis-
mo Zamora, con Falcón v con Sotillo
el 59.
288 LAUREANO VALLENILLA LANZ
Y en cuanto a las clases superiores, en
lucha desde la Independencia, jamás, en
ninguna época, han estado divididas por
cuestiones de principios. En Venezuela
se ha considerado como una deshonra lla-
marse conservador al punto que uno de los
libros políticos más sensacionales, apareci-
do en la última década del siglo pasado:
Estudios hisió) ico-políticos^ del señor Do-
mingo Antonio Olavarría {Luis Ruiz)^
y que es un apasionado alegato en contra
de las conquistas del Partido Liberal.,
comprueba hasta la saciedad que los godos
fueron siempre más radicales y hasta más
jacobinos que sus contrarios llamados li-
berales. ( 1)
Estudiar con otro criterio aquellos
movimientos, atribuirlos a influencias
doctrinarias exclusivamente, es descono-
cer las causas fundamentales de nuestra
evolución histórica y permanecer en la
errónea creencia de que en Venezuela ha-
yan existido partidos doctrinarios, con
opuestas tendencias, y que nuestras luchas
(I) El señor Olavarría era desceiidietile directo de
don Doniinpo de Olavarría y Olave. tiotable realista, Co-
misario de Gueira del Ejército español de Morillo; y aun-
que por la línea materna era nieto del general Keiiato
Reluche, ftancés, que como tuarino prestó glandes t-ervi-
cios a la Independencia, fué considerado como godo sien-
do, sin enibarfío, un hombre de ideas y de principios ab-
solutamente radicaks.
I,OS I'AKTIDDS IIISTOKKOS 280
intestinas fueron ocasionadas i)or cuestio-
nes constitucionales. «A la hora actual aun
en las naciones sometidas al ré.ü^inieu parla-
mentario— dice Rene W'orms — se distin-
guen por lo menos dos grandes partidos:
los liberales }• los conservadores. Pero és-
tos no son sino rótulos frecuentemente en-
gañosos y que por lo regular designan
cosas muy diferentes según los tiempos
y los países, no sirviendo sino para en-
cubrir con nombres pomposos, ambicio-
nes y rivalidades personales». (1) No de-
cimos por consecuencia nada nuevo, ni
pretendemos que solamente en Venezuela
haya sido una mentira la cuestión de
los partidos doctrinarios. Un periodista
de la vecina República decía hace poco
tiempo, que en Colombia sólo habían
existido dos partidos: el clerical y el
anticlerical. Es una diferencia radical
con Venezuela, donde el clero no ha
tenido jamás influencias políticas.
¿Y cuál fué al fin el resultado de aque-
lla lucha, en favor de las principios
republicanos sancionados en la Consti-
tución? La aparición inmediata del otro
caudillo; la sustitución de Páez con
Mouagas; la alternabilidad del poder
^1) Philiisopliie de Socienies Sociales, I. p. 69.
290 LAUREANO VALLENILLA LANZ
personal, que los odios tradicionales
hicieron violenta, en vez de la suce-
sión legal y pacífica escrita en el có-
digo fundamental. S\ el poder absoluto
de Páez comenzó a consolidarse con su
rebelión del año 26, el de Alonagas
quedó consagrado con el hecho sangriento
del 24 de enero de 1848, nacido de un
movimiento popular.
V
No incurriremos nosotros en el error
de afirmar que el pueblo de \'enezuela
fuese deviociático en el sentido cientí-
fico del vocablo y que las ideas y los
principios democráticos — como errónea-
mente lo afirmó el argentino Sarmien-
to, hablando de su país — hubieran pe-
netrado hasta las capas inferiores de
la población. Las visiones de Rous-
seau descubriendo en las sociedades
primitivas el «igualitarismo», la inde-
pendencia individual, y todos los prin-
cipios proclamados por las sociedades
modernas, no caben ho}^ dentro de un
criterio medianamente ilustrado; «la his-
toria no es una serpiente que se muer-
de la cola». El comunismo arcaico, no
es el colectivismo de nuestra edad pre-
sente; entre uno y otro sólo existe una
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 291
identidad aparente y superficial. Con-
fundirlos equivale a establecer, por ejem-
plo, una semejanza absoluta entre la
coexistencia de una mujer 3' de un hombre
en los pueblos primitivos y el matri-
monio monogámico de la Europa mo-
derna. «En las pobladas errantes e inor- .
gánicas, dice Post, un sabio preocupado
con una teoría pudiera descubrir tanto
la promiscuidad como la monogamia, la
propiedad privada como la propiedad
colectiva» y Bouglé agrega: «la desi-
gualdad como la igualdad.»
El carácter típico de los pueblos pas-
tores, así en X'enezuela como en todos
los países donde existen llanuras y ga-
nados, es la igualdad de condiciones,
la ausencia completa de gerarquiza-
ción social: «Los pueblos pastores o ve-
nidos directamente de pastores, no tie-
nen aristocracia»', íl)
Pero es ese el ideal de la democracia
moderna? «La fórmula de las exigencias
lógicas de igualitarismo es «proporciona-
lidad» no «uniformidad»; igualdad no es
identidad. Si la idea de igualdad ex-
cluye a nuestros ojos las de clase o
(1) Ediuond Deruoulins Les Grandes Roules des Feu-
pies. Commenl la rouie creé le Upe social, t. II passúrs.
292 LAUREANO VALLKNILLA LANZ
especie, implica desde luego las de in-
dividualidad y humanidad; o en otros
términos, cuando se declara que todos
los hombres son iguales, el sentimiento
de que ellos "son semejantes no excluye
el sentimiento de que sean diferentes;
reclamar, como lo quiere la democracia,
la igualdad de las facultades jurídicas,
no es proclamar la igualdad de las fa-
cultades reales. El verdadero concepto
de la democracia es del concurso donde
todas las posibilidades se igualan por el
momento, pero es justamente para apre-
ciar luego mejor los diferentes valores
de las acciones individuales. «La igual-
dad de las posibilidades no está hecha
para borrar, sino muy al contrario, para
poner de relieve la desigualdad de las
potencias..,, cuando se quieren medir
exactamente la diferencia de dos fuerzas
se les hace partir del mismo nivel».
((Cuando la doctrina democrática re-
clama la igualdad civil y jurídica no
niega de ningún modo las diferencias
individuales, sino que quiere, al contra-
rio, tener en cuenta los méritos y los
deméritos personales. Declarar iguales
a todos los ciudadanos ante la le}^, no
es pedir que ella asegure a sus actos,
por más distintos que ellos .sean, iguales
I.OS PARTIDOS HISTÓRICOS 29.^
sanciones; sino al contrario, que ella
proporcione a la dcsi^e^ualdad de las fal-
tas cometidas o de los servicios pres-
tados, las sanciones de que dispone. Lo
mismo sucede cuando se decreta que to-
dos los ciudadanos serán «igualmente
admisibles a todas las dignidades y a
todos los empleos públicos»; se destruye
toda distinción, .según la fórmula con-
sagrada de la Declaración de los Dere-
dios del Hombre^ que no sea «las de
sus virtudes y de sus talentos»; pero es
precisamente con el único fin de poner de
relieve esta distinción, como se borran
todas las demás. El régimen democrá-
tico del concurso, proclamando la igual-
dad de derechos de los ccncurrentes,
tiene justamente por objeto medir las
diferencias de sus facultades». ( 1)
Cuando decimos que las doctrinas li-
berales importadas de Europa por los
hombres de la Revolución, coincidieron
en Venezuela con los instintos nivela-
dores de nuestra población heterogénea
y de las masas llaneras victoriosas, que
dominaron el país después de la Inde-
pendencia, no pretendemos de ningún
modo afirmar que los venezolanos com-
(1) Bouglé, Les Idees és;alilaires.
294 LAUREANO VALLENILLA LANZ
prendieran mejor y apreciaran las ex-
celencias de la doctrina democrática,
por un movimiento deliberado y cons-
ciente. Queremos simplemente compro-
bar que nuestro pueblo estaba más
dispuesto que ningún otro de Hispano-
América, para recibir y transformar en
provecho de sus instintos niveladores,
aquellas ideas que predicadas por las
clases elevadas de ambos partidos, re-
presentaban la reacción contra el régimen
social de la colonia. Las distinciones
que ho}' establecen los sociólogos, in-
terpretando cieutíficaniente la doctrina
democrática, siguiendo la evolución de
las ideas igualitarias, no podían ser apre-
ciadas entonces por los que predicaban
sinceramente el dogma de la soberanía
popular. De allí el gran número de
de idealistas arrepentidos, de jacobinos
chasqueados, que escapaban de la vida
pública para ir a llorar decepcionados
las funestas consecuencias de sus pré-
dicas, o desmentían en el poder, llenos
de escepticismo, los mismos principios
que habían sustentado en la oposición
y en los campamentos revolucionarios.
Compárese la evolución de las ideas
igualitarias en Venezuela y en Colombia,
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 295
por ejemplo, y se verá cjue es entre nos-
otros donde más rápida y profunda-
mente han penetrado hasta his más ba-
jas capas populares; y no obstante ha-
ber sido la vecina República, el país en que
la (^///¿^ liberal llevó su radicalismo a un
extremo adonde no llegaron jamás los
venezolanos ni aún en el período del
40 al 46, cuando nuestro jacobinismo
alcanzó su grado máximo, el pueblo
colombiano permanece todavía inmóvil,
apegado a sus tradiciones, sumiso a la igle-
sia católica, respetuoso a las gerarquías
sociales, sin que los sacudimientos revo-
lucionarios, las guerras civiles, tan
frecuentes como las nuestras, ni las pré-
dicas disolventes de los radicales, entre
quienes se encontraron siempre oradores
v escritores eminentes y disponiendo ade-
más de una libertad absoluta en la
prensa y en los congresos, que llega
hasta la licencia, ha3'an podido despertar
en el mestizo y mucho menos en el
indio, los impulsos niveladores, trepado-
res y demoledores de las poblaciones
llaneras y costeñas de Venezuela. En
Colombia misma se observa una gran
diferencia entre los instintos políticos de
los montañeses, que constituj-en la ma-
yoría de su población, y los de los
19
296 LAUREANO VALLENILLA LANZ
pueblos costeños 3' llaneros que se ase-
mejan más a los venezolanos.
La explicación más racional de nues-
tra rápida evolución igualitaria, no de-
bemos buscarla de ninguna manera en
la influencia exclusiva de las ideas im-
portadas de Europa y profesadas indis-
tintamente por todos los partidos, sino
en la coincidencia necesaria y fatal de
esas ideas con los instintos políticos de
nuestro pueblo heterogéneo y conformado
en su gran mayoría por la vida pastoral.
«Para que una idea penetre en una so-
ciedad, es necesario que exista entre la
naturaleza de aquella y la estructura de
ésta una especie de armonía preesta-
blecida». (1)
Por esa razón hemos afirmado que de
las dos faces de nuestra revolución de In-
dependencia, la más interesante para
el sociólogo no es la lucha contra España.
Quédese para la historia militar el estudio
de las grandes campañas y para la epope-
ya la exaltación de nuestros héroes en la
redención política del continente. Otras
son las conclusiones que el investigador
debe desentrañar de aquella lucha en que
«la mitad de la población combatió contra
|] ) Bouglé, Les Jdf'es r'o-aíi/aius p. S-l.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 297
la otra mitad» durante catorce años, por-
que en esa guerra civil, más social y eco-
nómica que política, se encuentra la clave
de nuestra evolución nacional.
Cuando en otros países de Hispano-
América la revolución de la Independen-
cia se redujo casi a un cambio de autorida-
des y el gobierno supremo pasó sin hondas
modificaciones de las manos de los agentes
de España a las de la aristocracia criolla
habituada a la supremacía social, munici-
pal v económica, en \'enezuela los pri-
meros movimientos revolucionarios co-
mienzan también encabezados por las
ciases elevadas; pero al cabo de catorce
años de cruentísima lucha y por causas
étnicas y mesológicas que particularizan
nuestra evolución, diferenciándola de la de
casi todos los otros pueblos del continente,
se observa con absoluta claridad, que un
profundo movimiento igualitario, que una
verdadera revolución social, se había reali-
zado en el organismo de la antigua Capi-
tanía General. Basta comparar el rango
y la mentalidad de los hombres del 19 de
Abril y del 5 de Julio, con la mentalidad y
el rango de los Caudillos que, por virtud
de sus grandes hazañas vinieron a ocupar
las más elevadas posiciones en la naciente
República y eran en realidad los ge-
298 LAUREANO VALLENILLA LANZ
nuinos expoaentes de la revolución, para
comprender la enorme trascendencia social
de aquella guerra. «La rebelión» que co-
mienza «como un juego de niños» dirigida
por las manos finamente enguantadas del
Marqués del Toro, viene a terminar sobre
una gran charca de sangre y un inmenso
montón de ruinas, como un potro cerril
bajo la mano áspera y brutal del llanero
Páez. Desde entonces la pirámide quedó
definitivamente invertida.
El encumbramiento de Páez que des-
de la humilde condición de peón de un hato
había llegado a escalar el más alto puesto
en la milicia }• en la política, tenía que
producir hondas repercusiones en el seno
de nuestras masas llaneras, anárquicas,
individualistas y semibárbaras. «El honi-
_breque alcanza una alta posición, eleva
con él la clase a la cual perteneció^y sobre
ella refleja los honores que se le trÜDután.
Es por esta causa por lo que la imaginación
popular se complace en atribuir a los gran-
des un origen humilde. A creer en las
levendas, más de un re}' había sido pastor y
conservaba en un lugar oculto de su esplén-
dido palacio, los pobres instrumentos de
su antiguo oficio (1). El hecho de que un
( 1 ) Kouglé. Op. cit.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 299
plebeyo, de que un humilde peón como
Páez en un pueblo profundamente con-
movido por catorce años de guerra y que
profesa liasta el fanatismo el culto del
valor personal, hubiera lleí2;'ado a ser por
la sola virtud de sus hazañas militares,
jio sólo el Jefe Supremo de la República
siiio el hombre más rico, más adulado, más
aplaudido y más temido, debía necesaria-
mente estimular en el espíritu de las cla-
ses populares el móvil psicológico de ele-
varse, de trepar, de asaltar todas las cum-
bres, rotas casi por completo las antiguas y
fuertes vallas que el régimen colonial opo-
nía a la ascensión democrática. Páez,
Jefe Supremo de la Nación, ha significado
mil veces más para la democracia venezo-
lana que todas las prédicas de los jacobi-
nos y todos los «(sacrosantos» principios es-
critos en las Constituciones.
Y nuestras contiendas civiles poste-
riores a la de la Independencia, no han
sido como las de otros países de Hispano-
América, choques de dos oligarquías que
se disputan el predominio político. \'er-
daderas revoluciones sociales, ellas han
sido como las etapas de esta evolución que
al cabo de un siglo ha dado como resultado
el triunfo del igualitarismo, un tanto con-
fuso todavía como engendrado por la vio-
300 LAUREANO VALLENILLA LANZ
lencia, pero comprobando con sus tipos re-
presentativos la recia complexión psicoló-
gica de este pueblo heterogéneo que des-
miente hasta cierto punto, por su facilidad
de adaptación, la teoría de la desigualdad
mental de las razas.
Era el año de 1S59. Acababa de
estallar la Revolución Federal, 3^ uno
de aquellos guerrilleros que andaban me-
rodeando por el Alto Llano llegó una
tarde al pueblo de Parapara. Tendió su
gente a la puerta de iina humilde casa se
introdujo en ella, y colocando la espada so-
bre una mesa se echó en un chinchorro
de moriche a descansar de su incesante
correría. A poco llegó silvando alegre-
mente, con una tinaja de agua en la
cabeza, un muchacho como de catorce
a quince años, en cuya piel blanca 3^
cabellos lacios prevalecía el mestizo, pero
que denunciaba la mezcla con la otra raza
en el belfo, que siempre, a pesar de la es-
pesa barba que llevó más tarde, fué uno de
los rasgos salientes de su fisonomía. Colo-
có la tinaja en un rincón, y echando de
ver la espada se fué rápidamente hacia
ella; la contempló largo rato, 3* toman-
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 301
dola en las umiios, después de cercio-
rarse de que su dueño estaba dormido,
la sacó de la vaina, blandióla como si
estuviese mandando una guerrilla y em-
belesado estaba con ella como si fuese
un precioso juguete, cuando el hombre,
que se había despertado y le veía por
entre los hilos del chinchorro le dijo con
sorna:
— ¿Como que te gusta la carrera militar?
— A mí sí, señor — le respondió el
muchacho.
— Tú quieres irte conmigo?
— Yo sí. Pero eso depende de mi
madre.
A poco llegó ésta, y al escuchar la
proposición del guerrillero se opuso fuer-
temente. Aquel muchacho, que era el
segundo de sus hijos, la ayudaba en las
necesidades de la casa, porque el ma-
yor estaba en la guerra y el padre,
de oficio curandero y de gran reputa-
ción por aquellos contornos, se hallaba
siempre ausente. Pero ante la observa-
ción muy cierta que le hizo el hombre,
de que si no se lo llevaba él se lo llevarían
reclutado /os qocíos , quienes en cualquier
momento entrarían en el pueblo, se re-
signó a verle partir a la grupa del
caballo del guerrillero. ¿Pensaría el Ge-
302 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
ueral Medrano, que aquel muchacho debía
ser más tarde el General Joaquín Crespo,
Gran Caudillo, político sagaz, y dos veces
Presidente de la Repiiblica?
IvO que caracteriza esencialmente la
democracia, ha escrito Robert ^lichels,
el eminente profesor de la Univer-
sidad de Turín, repitiendo una frase cele-
bre, es que bajo su imperio, cada quien
lleva en la mochila un bastón_de mariscaT
(1 ) y hlTblando de Venezuela, un escritor
colombiano, el doctor Ricardo Becerra
parodió ese concepto diciendo, que desde
la guerra de Independencia ¿Ibastón del
magistrado andaba en la capotera del
reclutJL
El verdadero carácter de la democracia
venezolana ha sido desde la Independencia
el predominio individual teniendo su ori-
gen y su fundamento en la voluntad colec-
tiva, en el querer de la gran ma\'oría popu-
lar tácita o explícitamente expresado.
Nuestros instintos absolutamente igualita-
rios, nuestro individualismo todavía indis-
ciplinado, aventurero, irreductible y herói-
(1) Robert Midiels.— A^i Partís PíUi/itjucs. Essai sur
¡es tendt'Hics o¡ií;ariliiqtirs des democralics.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 303
co, hau hecho imposible el predominio de
una casta, de una clase, de una oligarquía
cualquiera que sea su origen; y es bien sa-
bido que la misma Iglesia Católica, redu-
cida a su misión puramente espiritual,
sin influencia alguna en la vida política,
se halla bajo el patronato del Jefe del Es-
tado quien lo ejerce con mayor amplitud
que el monarca español en la época co-
lonial.
El César democrático, como lo observó
en Francia un espíritu sagaz, Eduardo
Laboulaye, es siempre el representante
y el regulador de la soberanía popular.
«El es la democracia personificada, la
nación hecha hombre. En él se sin-
tetizan estos dos conceptos al parecer
antagónicos: democracia y autocracia», es
decir: Cesarismo Democrático; la igualdad
bajo un jefe; el poder individual surgido
del pueblo por encima de una gran
igualdad colectiva, reproduciendo en es-
ta antigua colonia española, por raras
coincidencias sociológicas, el mismo ré-
gimen de gobierno que un ilustre his-
toriador lusitano considera como el ideal
de la raza ibérica, cuando bajo la auto-
ridad de uno solo se fundieron las na-
cionalidades peninsulares, la guerra fué
una escuela de igualación social, el
304 LAUREANO VALLENILLA LANZ
pueblo conquistó las más altas prerro-
gativas, se eliminaron los privilegios,
se abatieron los grandes y se estableció
el más perfecto acuerdo a entre el espí-
ritu nacional y las instituciones surgi-
das naturalmente de la evolución orgá-
nica, que fueron por esa causa la ge-
nuina expresión del genio colectivo,
dando a España la unidad y la fuer-
za necesarias para imponer al mundo
su voluntad y su pensamiento.» (1)
El concepto organicista de que las na-
ciones, como seres colectivos, siguen en
todo un movimiento análogo al de los
seres individuales, se halla ya definiti-
vamente establecido. Ciencia de la vi-
da, la biología abraza también la his-
toria de las sociedades. Los órganos
del cuerpo social aparecen primero co-
mo esbozos rudimentarios, poseyendo
apenas en su conjunto un carácter de
agregación. Sometidos estos diversos
elementos a la acción y a la reacción
de los unos sobre los otros, en esa lu-
cha incesante que constituye la mani-
festación misma de la existencia, van
entonces definiéndose, especializándose
(1) J. P. Oliveira Martíns — //n/. de la Ci:-i¡i:a-
ción Ibérica.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 305
paulatiiianieute, hasta que surge el
principio de coordinación común, cjue
es el principio vital de la sociedad, co-
mo la primitiva agregación celular lo es
del organismo individual. Y de igual
manera que éste, una vez constituido
encuentra dentro de si mismo todos los
elementos necesarios para su desarrollo
por el fortalecimiento de sus órganos, la
sociedad genera también en si un pen-
samiento, un ideal, un interés que vie-
ne a ser a un tiempo mismo el norte
que la dirige y la fuerza interior que
la empuja en su desenvolvimiento 3'
en la afirmación de su personalidad nacio-
nal, por etapas sucesivas que el soció-
logo debe observar con la misma curio-
sidad y el mismo espíritu científico con
que el biólogo estudia la evolución del
organismo individual en las diversas
faces de su desarrollo.
Creer que las nacionalidades actua-
les han salido hechas o constituidas de
un todo de las manos de sus conquis-
tadores, de sus libertadores o de sus
legisladores, como el Universo de las
manos omnipotentes del Creador, según
la leyenda bíblica, es un concepto que
no cabe hoy dentro de un criterio me-
dianamente ilustrado. Organismos o su-
306 LAUREANO VALLENILLA LAXZ
perorganismos, todas las nacionalidades
ya perfectamente constituidas, son el
resultado de un largo proceso, que
ha llegado al momento culminante en
el cual «todas las fuerzas se hallan
equilibradas y todos los hombres com-
penetrados por un pensamiento al que
puede y debe dársele el nombre de al-
ma nacional, porque tiene el mismo
carácter de aquello que en los indivi-
duos llamamos alma.» (1)
He allí expuesto el criterio que, de
acuerdo con los maestros de la socio-
logía, nos guió al escribir estos simples
esbozos dentro de un marco de muy
limitadas proporciones; 3" que ahora re-
cogemos en la creencia de que entre
ellos existe la hilación que puede dar
una idea del proceso seguido por nues-
tra Patria hasta la afirmación de su
individualidad. Vn móvil poderoso ha
precipitado en nuestro concepto esa
(1) Kefimdiiiui.s en estos párrafos los cojiceptos de
los sociólogos llamados oroanicislas. aceptando las asiuii-
lacioiies biológicas, sin caer en las exageraciones de la
escuela spenceiiana. El mismo Rene \Vorms ha modi-
ficado un tanto el criterio conque escribió su notable
obra (hganisiiic el Socictc en 1S%, como puede rerse en
K.n J^hilosopfíic des Si ie>/ces Soiia/es. I, Cli. III. En nues-
tra humilde opinión es Oliveira Martins, en su citado
libro, quien aplica con mayor claridad y en síntesis ad-
mirable, a la evolución social la doctrina organicista: por
eso lo hemos preferido al hacer este resumen.
LOS PARTIDOS HISTÓRICOS 307
evolución, y es la Historia; nuestra
grande historia, la más cruenta, laque
encierra en América ma3'ores sacrificios
por la conquista de la Independencia,
la que cuenta mayor número de héroes
y de estadistas en la Emancipación del
Continente, aquella en cuyo vértice res-
plandece la figura incomparable del
LIBERTADOR, que si es para toda la
América «el símbolo del ideal republi-
cano», es también para los venezolanos
el sínibolo sagrado de la nacionalidad y
de la Patria.
NDICE
Prólogo por el Dr. don flntonio Gómez Restrepo 1
La guerra de Independencia fué uno guerra
civil I
Los Iniciadores de la Revolución 51
Los Prejuicios de Costa. Heterogeneidad y
Democracia 93
La Insurrección popular 120
Psicología de la masa popular 15 1
El Gendarme Necesario 188
Los Principios Constitucionales del Liberta-
dor.—La Ley Boliviana 223
Los Partidos Históricos 264
F I N
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